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domingo, 12 de abril de 2020

Lecturas para un confinamiento: Montaigne

Para estos días de confinamiento nada mejor que recurrir a la gran literatura de todos los tiempos: a Montaigne, por ejemplo y sus portentosos "Ensayos".



Michael de Montaigne (1533-1592)

Ediciones de los "Ensayos" de Montaigne hay varias en español, y desde hace muchos años; sin embargo, una de las mejores, por no decir la mejor, es la versión de Jordi Bayod, publicada por la editorial barcelonesa Acantilado en 2007. Es uno de los tremendos éxitos de esta casa editorial. El suplemento cultural "Babelia" publicó mi reseña de esta obra. A la par que los "Ensayos", Acantilado publicó la monografía del gran Stefan Zweig sobre Montaigne. Conocer a Montaigne a través de Zweig es casi una condición previa para quien no lo conozca ya, y la mejor introducción a la lectura de la obra señera de este gran hombre. 


Espléndido Montaigne



Michel de Montaigne





En 1568, el noble señor Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), de treinta y cinco años de edad, sufrió una caída de caballo que casi le cuesta la vida; estuvo varias horas inconsciente, pero se salvó. Su padre había fallecido hacía poco y el huérfano pasaba por un período de melancolía. Ya recuperado, y con una clara conciencia de la fragilidad humana y la inmediatez de la muerte, Montaigne dejó sus cargos en la magistratura de Burdeos para retirarse a sus posesiones en el Périgord y disfrutar de sí mismo y de sus seres queridos, de una existencia campestre y de su excelente biblioteca en la célebre torre circular de su castillo, en la que solía solazarse leyendo y reflexionando en libertad.
Los Ensayos
También plasmaba sus pensamientos de un modo desusado hasta entonces, al vuelo, saltando de un asunto a otro, según le dictara su ánimo o la imaginación, estimulada por los sucesos cotidianos y por las caprichosas lecturas de las obras de sus autores favoritos. Vivía en perpetuo diálogo con Platón, Epicuro, Séneca o Lucrecio, según le apeteciera, con los que se explayaba sobre el sentido de la vida y de la muerte, o acerca de sí mismo y los demás, de las pasiones, los goces y los misterios de la existencia. Lo mismo charlaba con ellos sobre la amistad que sobre el placer, los cálculos renales, la virtud o el canibalismo.
Montaigne llamaba al fruto de sus meditaciones “ensayos” —inaugurando con ello este género literario—; sus opiniones e ideas quedaban a disposición de familiares y amigosa la vez que le servían para conocerse a sí mismo, “lo más próximo”. En su persona hallaba un mundo, pero también los rasgos esenciales de la condición humana.
Aquel hombrecillo orgulloso y atento, inteligente y lúcido, buen conversador y que, aparte de recluirse entre sus libros, viajó por Alemania e Italia, había recibido de su padre una exquisita educación según principios erasmistas, y aprendió a cultivar su espíritu, sin prejuicios a la hora de pensar. Tolerante y precavido, brilló como una estrella solitaria en medio de la noche de una Francia oscurecida por brutales guerras de religión, en donde el crimen y las pestes eran moneda corriente. Filósofo sin academia, huyó de las abstracciones metafísicas y se limitó a comprender lo tangible y real. “Filosofar es aprender a morir”, suele ser su apotegma más citado, pero significa que primero hay que aprender a vivir con naturalidad, sin temor a ese final que es irremediable; una vida plena y lo más satisfactoria posible, evitando el mal, conducirá a una muerte digna.
Es probable que Shakespeare leyera Los ensayos, que, entre otros pensadores y literatos, influyeron mucho en Descartes y Pascal, Goethe y Emerson. Flaubert depositó el libro en el regazo de George Sand diciéndole: “Léelo de principio a fin y cuando termines vuelve a leerlo, es una maravilla”. Nietzsche sostuvo que en compañía de Montaigne la existencia le resultaría más soportable. Y Proust fue también uno de los más conspicuos herederos de quien, como él mismo, continuó escribiendo su obra hasta la misma hora de su muerte.
Los ensayos aparecieron en vida de Montaigne y gozaron de éxito. Captaron la atención de las mentes más abiertas de la época. Sin descreer de la fe católica ni atacarla, allí se incubaban los gérmenes de la revolución secular, hasta tal punto que, andando el tiempo, la Iglesia incluiría la obra en el Índice de libros prohibidos; el hedonismo, el sentido común humanista, el cultivo de la individualidad y, en suma, la modernidad que despedían chocaban con los intereses de la curia romana, siempre ávida de dogmas.
Zweig: Montaigne
Una culta joven parisina, Marie de Gournay, leyó a sus diecinueve años la segunda edición de Los ensayos y quedó prendada de ellos y del autor, a quien conocería cinco años más tarde y con el que trabó una singular relación. Montaigne, ya casi sexagenario, adoptó a Marie como hija, se convirtió en su guía intelectual y quizás hasta se amaron; lo cierto es que fue ella la encargada de reeditar la obra del maestro al morir éste, lanzando en 1695 una edición póstuma de Los ensayos basada en las anotaciones e indicaciones que dejó Montaigne. Esta edición fue considerada fiel y canónica hasta que, en el siglo XX, Fortunat Strowski estableció una nueva según un ejemplar de la obra descubierto en Burdeos, datado en 1588, con anotaciones manuscritas de Montaigne; entonces la edición de Gourney fue relegada. Sin embargo, especialistas como Antoine Compagnon han optado por reeditarla, entendiendo que es más completa y fiel a la última voluntad de su autor. Ésta es la que ahora publica Acantilado, superando con mucho a cualquiera de las escasas ediciones castellanas de las que disponemos. En resumen, una obra espléndida, editada con esmero, bien traducida y anotada, que tanto sirve al especialista como al lector común.
Junto a la extraordinaria edición de Los ensayos, Acantilado publica en volumen independiente la expresiva y ágil monografía que Stefan Zweig dedicó a su autor, la mejor introducción a su lectura; Zweig, humanista solitario en tiempos de indigencia, nunca se cansó de proclamar la necesidad del pensamiento individual y libre frente a las imposiciones totalizadoras de ideologías y demás locuras gregarias: el íntegro Montaigne fue su modelo. Luis Fernando Moreno Claros



lunes, 20 de noviembre de 2017

"Ética del desorden", de Ignacio Castro Rey // Oleaje filosófico

El suplemento cultural "Babelia" del diario "El País" publicó en su edición del sábado 18 de noviembre de 2017 la reseña del libro Ética del desorden, del filósofo Ignacio Castro Rey con el título: "Filosofía contra un tiempo de urgencia". Dejamos aquí el texto original de la reseña firmada por Luis Fernando Moreno Claros.


Oleaje filosófico




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Al igual que Montaigne en sus Ensayos engarzaba multitud de sentencias de sus autores predilectos —los clásicos de la Antigüedad— como apoyo e ilustración de sus reflexiones, también Ignacio Castro Rey (Santiago, 1952) plaga de agudas citas literarias y filosóficas este monumental ensayo. Como invitados perpetuos en estas páginas densas, en las que se vuelca un pensamiento torrencial, aparecen cientos de apotegmas de filósofos tan esenciales como Spinoza, Hegel, Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger, Hannah Arendt, Ernst Jünger y Alan Watts, entre otros; pero además, abundan los versos de Whitman, Rilke, Tsvietáieva o las sobrias sentencias del Tao-Te-King. Hay recuerdos de películas, el cineasta Aleksandr Sokúrov, es su favorito. Y algo que llama la atención es el resalto de citas de obras de la escritora brasileña de origen ucranio Clarice Lispector. A menudo, en pasajes de alta filosofía, salta la mención de una cita inusitada de La pasión según G.H., novela de Lispector a la que Castro Rey califica de “portentosa”.
         La verdad es que con semejante ensamblaje aforístico el lector culto descubre referencias tangibles a las que aferrarse para entender mejor el absorbente discurso de este filósofo y crítico de arte, ya conocido por su solvencia intelectual gracias a otros libros suyos tales como Sociedad y barbarie (Melusina) o La depresión informativa del sujeto (Grama). Los fragmentos de otros trufan un discurso propio en oleaje, un pensamiento río que llevará a buen puerto al lector que sepa entregarse a su corriente, pero con el suficiente resuello, pues la travesía es ardua.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Sarah Bakewell: "Los existencialismos" y "Una vida con Montaigne".

La filósofa británica Sarah Bakewell publicó en 2016 su esperado nuevo libro: "En el café de los existencialistas" (Ariel), traducido del inglés por Ana Herrera Ferrer (traductora asimismo de libros tan recomendables  como "El exilio imposible" sobre los últimos días de Stefan Zweig  y "De la amistad extrema. Montaigne y La Boètie".

Dejo aquí el texto de la reseña de este título, publicada también en el suplemento cultural "Babelia", del diario "El País" el 11 de octubre de 2016.


Sarah Bakewell
En el café de los existencialistas.
Traducción de Ana Herrera Ferrer.
Ariel, Barcelona, 2016, 528 páginas, 22.90 euros. (Electrónico, 13.99).

Existencialistas
La autora del exitoso Cómo vivir. Una vida con Montaigne (Ariel), la filósofa británica Sarah Bakewell (1963), vuelve con otro libro que no envidia al anterior en rigor e información, aunque esta vez el tema sea más ambicioso —nada menos que una “historia del existencialismo”—, y tenga muchos personajes. Presentado con el atractivo de lo prohibido: el sexo, el café y los cigarrillos, para provocar y atraer a un público mayoritario, en realidad, este gran ensayo trata de ideas y de la filosofía hecha vida —“habitada”, según Iris Murdoch—; por eso importan mucho las biografías de unos pensadores cuyo principal afán fue indagar en el hecho esencial de existir aquí, en el mundo, y comprometerse con lo vivido siendo “auténticos”.
Jean PaulSartre, Simone de Beauvoir y Martin Heidegger son los protagonistas; acompañándolos destacan Albert Camus, Maurice Merleau-Ponty o Raymond Aron, cuyos escritos tuvieron enorme relevancia después de la II Guerra Mundial; aparecen también Hannah Arendt, Simone Weil o Edith Stein. Y sí, es verdad, la filosofía existencialista nació y se desarrolló acompañada de café (o de cocteles de albaricoque), nicotina, amores y música de Jazz, porque quienes la emprendieron eran jóvenes ansiosos de sabiduría y libertad. Debatían en los cafés y vivían a salto de mata, pugnando por transmitir sus novedosas ideas.

martes, 2 de agosto de 2016

El libro más difícil del filósofo más oscuro



El suplemento cultural "Babelia" del diario "El País" publicó el 25 de mayo de 2016 una reseña mía de cuatro nuevos libros sobre la filosofía de Heidegger. Dejo aquí el enlace a la reseña publicada y pongo a continuación el texto con nuevos enlaces.


Heleno Saña
Editorial Verbum, Madrid, 2016, 214, páginas, 24, 99 euros.

Peter Trawny
Traducción de Raúl Gabás.
Herder, Barcelona, 2016, 94 páginas, 12, 50 euros.

Jesús Adrián Escudero
Herder, Barcelona, 2016, 390 y 304 páginas, 28 y 22 euros.



Pocas obras magnas de la filosofía son fáciles de leer, recordemos la hegeliana Fenomenología del espíritu o la Ética, de Spinoza; aunque ya sabemos que “todo lo excelso es difícil”, lo dijo este último filósofo. Pero hay un libro que, a causa de su influencia en el pensamiento contemporáneo y las pasiones contrarias que despierta su autor, destaca de entre los textos laberínticos y desasosegantes: Ser y tiempo, de Martin Heidegger (1889-1976).
Apareció en 1927, cuando su autor, con 37 años, gozaba de gran fama docente. Sus alumnos, obnubilados por su fuerza filosófica, lo apodaban “el rey secreto del pensamiento” y se creían iniciados en una sabiduría oculta, pues Heidegger ensayaba con ellos la búsqueda de un nuevo lenguaje de pensamiento. Con él estudiaron Hans Jonas, Karl Löwith y la jovencísima Hannah Arendt, de quien Heidegger se prendó a primera vista y consiguió hacerla su amante
Era la época en que la I Guerra Mundial trastocó los valores del “mundo de ayer”. Trakl y sus poemas trágicos, Rilke, con sus ángeles negros, Kafka, con sus pesadillas oníricas y Thomas Mann, con su Montaña Mágica y la seducción de lo enfermizo andaban cercanos al latido de fondo de Ser y tiempo.
Heidegger se preguntaba en su libro por “el ser de los entes”; sostenía que “la filosofía habla del ser sin saber lo que es”. Sólo Parménides y Heráclito estuvieron cerca de la verdad del ser; más tarde, Platón, con sus ideas eternas, desvirtuó y enmascaró ese saber primigenio. En suma, la metafísica olvidó el ser centrándose en el estudio de los entes. La nueva filosofía tiene que buscar el ser, pero ¿dónde? “En el Dasein”, según Heidegger. Este término, el más célebre de su jerga, quiere decir ser ahí o estar aquí; se refiere al existente, al ente que está y vive en este mundo y que es el único al que de verdad “le importa su ser”: el hombre. Es a éste a quien hay que interrogar por el ser.
Martin Heidegger, época de Ser y tiempo

Ser y tiempo se centró en el análisis fenomenológico de este Dasein desde cero: ¿cómo es este recipiente del ser? A grandes rasgos, lo que Heidegger descubrió fue que cada uno de nosotros, cada Dasein, habita en este mundo, rodeado de objetos y junto con los otros; hemos sido arrojados a la existencia, estamos desamparados, sin dioses, junto al abismo de la nada y cara a la muerte —de ahí el famoso apotegma: “el hombre es un ser para la muerte”—. Nos atenazan la angustia y el miedo, pero nuestra vida es “cuidado” y podemos encararla desde la “autenticidad” o mantenernos en la “inautenticidad”. Si el hombre o Dasein se deja seducir por la masa de los mediocres será como “todo el mundo”, mas si cobra conciencia de su finitud y vive con gallardía forjando su individualidad, será único y el dueño de su vida.
Son unas levísimas pinceladas, pero hasta dar con ellas en Ser y tiempo hay que pasar por una maratón: el libro es laberíntico. Ortega afirmó con elegancia que “la claridad es la cortesía del filósofo”; Heidegger fue harto descortés en este punto. José Gaos, el primer traductor de Ser y tiempo al castellano —traducción farragosa la suya—, sentenció lo contrario que su maestro: “la claridad es el desprestigio del filósofo”: otra vez Heidegger.
Ser y tiempo se leyó como una antropología, como la descripción en clave expresionista del ser humano enfrentado al absurdo. Cada nuevo lector lo entendió a su manera, sólo Heidegger aseguró que no lo había entendido nadie. El resto de su obra posterior la concibió como un “giro” que se desligaba de Ser y tiempo. La lectura en libertad del libro lo hizo fructificar, tal vez demasiado.
Hoy, con el debate de fondo sobre la militancia nazi de Heidegger y su admiración por Hitler, leer Ser y tiempo es casi una rareza. O se lee sólo para abominar de su autor, como es el caso de Heleno Saña, quien descuartiza las ideas de Heidegger en su último libro; a su entender, Ser y tiempo debe ser leído en clave política porque en él se incuba el gérmen del antihumnismo y el nazismo del filósofo. Peter Trawny, con una retórica descabellada, ensaya sobre la sentencia heideggeriana: “Quien piensa a lo grande yerra también a lo grande”. Sostiene que Heidegger “erró” al abrazar el nazismo y callar sobre el Holocausto; Trawny se enreda en un galimatías en defensa de lo indefendible y concluye con una tesis poco edificante: “Quien intenta habitar en el pesamiento de Heidegger tiene que abandonar las expectativas de responsabilidad y culpa”. Este es justo el tipo de hombre que algunos críticos ven descrito en Ser y tiempo: el yo sin culpa ni responsabilid para con los otros, libre para actuar y dominar: el macho alfa, el dictador.
De otro tenor es el espléndido trabajo de Jesús Adrián Escudero: una guía de lectura, única en castellano, que desde ahora tendrá que acompañar a cuantos quieran saltar con red entre los distintos abismos de Ser y tiempo. Glosas al texto y atinadas precisiones a su terminología acompañan a una interpretación novedosa y pragmática del libro. Escudero lo encuadra dentro de la literatura filosófica del cuidado de sí mismo. Aristóteles, Séneca o Montaigne, maestros en el arte de vivir y del aprecio por la propia persona, asomarían en sus páginas. Benévola visión del libro más dificil del filósofo más oscuro.