jueves, 17 de octubre de 2019

Benjamín Fondane: El filósofo de la inquietud


Edición y prólogo de Gonzalo Torné
Introducción de Alejandro Roque Hermida
Hermida Editores, Madrid, 2019, 232 páginas, 19 euros.


Benjamin Fondane
Fichte afirmaba que el tipo de filosofía que uno elige depende de la clase de hombre que se es, del carácter. Kant, de temperamento templado, instauró una filosofía estrictamente racional; y el bombástico Hegel, la glorificación de lo absoluto: lo real es racional, y lo racional real. El saturniano Schopenhauer fue pesimista cósmico, e imaginó una voluntad irracional que nos domina mientras nos masacramos los unos a otros: la razón no evita el sufrimiento—sostenía—que es lo radical, porque existimos sufrimos. En esta línea prosiguieron Kierkegaard y Nietzsche, que vieron en la existencia angustia y tragedia. El poeta, dramaturgo y filósofo Benjamin Fondane (Wechsler de nacimiento, 1898-1944), judío rumano, leyó con pasión a estos dos iconoclastas de la razón, y quedó seducido por su lucidez trágica.
Con 25 años Fondane se instaló en París, se casó con la francesa Geneviève Tissier y, en 1938, obtuvo la nacionalidad gala. Aunque empezó a escribir en rumano desde muy joven bajo el pseudónimo de B. Fundoianu, más tarde escribió siempre en francés. Trató con dadaístas, surrealistas y artistas de todo género (Man Ray lo inmortalizó en un célebre retrato dadá). Fundó una compañía de teatro y estuvo al frente de una revista literaria. Fue traductor, crítico de cine y hasta dirigió una película surrealista («Tararira») durante una breve estancia en Argentina.
Interesado en la filosofía, sin ser un académico, ganó fama como polemista. Su encuentro con el filósofo ruso Lev Shestov (Atenas y JerusalénApoteósis de lo infundado) fue decisivo. A raíz de conocerlo se convirtió en su discípulo más acérrimo. En Shestov, vio Fondane la encarnación del existencialismo más puro, de esa «tradición oculta de la filosofía», como la denomina el excelente traductor Gonzalo Torné en su esclarecedor prólogo, a la que sólo han pertenecido los «raros» del pensamiento.