sábado, 24 de octubre de 2020

Stefan Zweig y Joseph Roth, «Cinco pistas»


Recupero aquí un texto que escribí para "Babelia" en 2015, para la serie titulada «Cinco pistas», a raíz de la publicación de varios libros sobre Stefan Zweig, Joseph Roth y la relación de amistad que hubo entre ambos.



Cinco pistas sobre … Stefan Zweig y Joseph Roth: amistad, genio y exilio 

Aparece en castellano la correspondencia entre Zweig y Roth junto a dos ensayos que reconstruyen las peripecias de ambos escritores en el exilio. Por: Luis Fernando Moreno Claros 


 1. Súbditos del Imperio perdido. Stefan Zweig (1881-1942) nació en Viena, en el seno de una familia judía acaudalada; autor de éxito, fue un enamorado ejemplar de la gran cultura y la libertad. En 1930 trabó amistad con Joseph Roth (1894-1939), nacido en Brody (Galitzia); agudo periodista que por entonces se forjaba una carrera como escritor. Les unió la admiración mutua y la nostalgia del Imperio austrohúngaro, símbolo para ambos de la Europa multicultural y unida, la patria del pensamiento y el sentimiento. La I Guerra Mundial los despertó de aquel sueño de paz y equilibrio; el terror nazi desatado contra los judíos los empujó al exilio. 


 2. Autores geniales. Zweig y Roth fueron creadores extraordinarios. Del primero son célebres sus colecciones de relatos psicológicos y las novelas —La impaciencia del corazón o Novela de ajedrez, por ejemplo (extraordinarias)—. Del segundo destacan La marcha Radetzky y Job (excepcionales). Zweig fue un maestro de la biografía: María Antonieta o Fouché (apasionantes); y de retratos paradigmáticos como los de Nietzsche, Hölderlin y Casanova. Roth fue un periodista genial, con artículos sociales amenos y modélicos. El relato de su viaje por la Rusia soviética destapó la tristeza del estalinismo; el conmovedor ensayo Judíos errantes dio pie a su amistad con Zweig. 


 3. La mutua admiración. La amistad se apoya en la simpatía y la admiración, la afianzan el trato y el respeto, se alimenta de pequeños y grandes favores; la envidia sobra en su escenario. En los buenos tiempos, Roth y Zweig intercambiaron ideas: hay mucho de Zweig en algunas novelas de Roth y a la inversa. En los malos tiempos, Zweig apoyó cuanto pudo a Roth, siempre ahogado por las deudas y el alcoholismo; necesitaba dinero y aquél se lo dio a espuertas junto a buenos consejos que el amigo, desmañado y trágico, desoía. Roth murió alcoholizado poco después de escribir El santo bebedor. 


 4. El suspicaz y el confiado. Roth, más desconfiado y pesimista que Zweig, vapuleado por la penuria laboral y la escasez económica, vio con antelación lo que les aguardaba a los judíos con los nazis —“esa panda de mierdecillas y asesinos”—. Zweig, refinado y culto, era más inocente: creía en el triunfo del humanismo. Se identificaba con Erasmo de Rotterdam, el pacífico; no creyó que el populismo hitleriano triunfaría en Alemania. Pero ganó, y Zweig tuvo que huir hacia ninguna parte. Cerca del amargo final todavía escribió El mundo de ayer y el ensayo sobre Montaigne, otro de sus ídolos humanos fortalecedores. 


 5. Novedades literarias. Aparece la correspondencia entre los dos amigos, contiene más cartas de Roth que de Zweig. La acompaña el libro de Prochnik, imprescindible para conocer bien el exilio al que marcharon Zweig y su joven segunda esposa: Lotte Altmann. ¿Qué pasos dieron los cónyuges hasta acabar en Brasil y suicidarse? Y Ostende, un libro radiante en el que Weidermann rememora un episodio hermoso del exilio alemán: el veraneo de los proscritos en la blanca costa belga; Zweig, Roth, Irmgard Keun (amante del segundo), Ernst Toller y otros intelectuales germanos pasaron allí alegres días —los últimos— en aquel ominoso verano de 1936. 



 


Joseph Roth & Stefan Zweig: Ser amigo mío es funesto (Correspondencia 1927-1938). Edición de Madeleine Rietra y Rainer Joachim Siegel. Epílogo de Heinz Lunzer. Traducción de J. Fontcuberta y Eduardo Gil Bera. Acantilado, Barcelona, 2014, 432 páginas, 25 euros. George Prochnik: El exilio imposible. Stefan Zweig en el fin del mundo. Traducción de Ana Herrera Ferrer. Ariel, Barcelona, 2014, 416 páginas, 24,90 euros. Volker Weidermann: Ostende. 1936, el verano de la amistad. Traducción de Eduardo Gil Bera. Alianza, Madrid, 2015, 150 páginas, 16 euros.











miércoles, 30 de septiembre de 2020

Algunas novedades literarias del otoño de 2020

Algunas novedades de este otoño de 2020.

Pese a la apestosa pandemia que cae sobre todos, las editoriales nacionales siguen valientemente su marcha. Dejo aquí un breve apunte de algunas novedades que han llegado a este blog durante estos días:

La editorial barcelonesa Acantilado publica Poder y resistencia, de Ilija Trojanow, una sustanciosa y estremecedora novela sobre los horrores del totalitarismo comunista. La traducción del alemán es del afamado traductor Roberto Bravo de la Varga.


Dos personajes, Konstantín y Metodi,  se erigen en símbolo respectivamente de la resistencia y del poder. Al término de la II Guerra Mundial, grupos denominados «antifascistas» ayudados por el Ejército Rojo de Stalin derrocaron al régimen dictatorial en Bulgaria. Así sentaron las bases para fundar la República Popular Búlgara, constituida en 1946 como un Estado satélite de la  Unión Soviética. El dominio comunista perduró con altibajos hasta la caída del muro de Berlín, en 1989. Poco después, se introducía el "capitalismo" en el país y los antiguos dirigentes comunistas fueron sustituidos por gobernantes en apariencia liberales y demócratas (pero «demócratas» occidentales). En esa época se promulgaron leyes que garantizaban a los antiguos presos políticos el acceso a las actas de los procesos que se les habían incoado durante el régimen comunista, a causa de los cuales fueron condenados a años de cárcel, presidio, vejaciones y torturas. 

Konstantín, un antiguo preso del régimen, acusado falsamente (como la gran mayoría de presos políticos) de atentar contra los intereses de la nación y del Estado, intenta conseguir las actas de sus procesos —cuál era la causa verdadera de  la acusación que pesó contra él— y descubrir a sus verdugos. Las peripecias con las que tropezará darán la pauta al lector de cómo fue el régimen que lo condenó y de cómo pervive la mentira en la «nueva normalidad» del país. Por otra parte, Metodi, un antiguo gerifalte comunista, tiene que enfrentarse también a su pasado (de carcelero y torturador) cuando un buen día aparece en su lujosa mansión una joven que dice ser hija suya: su madre habría sido una de las víctimas de Metodi… La historia de ambos personajes va intrincándose cada vez más y, con ella, va afianzándose la trama de la novela. Una novela que condensa la realidad cruel de aquellos años de miseria moral auspiciada por un régimen totalitario. 


Ayn Rand fue una autora que siempre odió los regímenes totalitarios y en sus célebres novelas alertó contra su fuerza destructiva. Deusto Ediciones está publicando la obra entera de Ayn Rand. Esta aguerrida mujer, escritora y filósofa, nacida en San Petersburgo y nacionalizada norteamericana (1905-1982), creó una filosofía de vida basado en ideales de heroísmo y responsabilidad individuales, así como una teoría política que casa mal con el colectivismo idealizado propalado por el comunismo. Ayn Rand desmontó las teorías colectivistas y totalitarias poniendo en guardia a la sociedad sobre los males que traen consigo: sin ir más lejos, la anulación del individuo y de la persona como criatura pensante y autónoma. Ayn Rand fue tildada de «fanática» del capitalismo y del individualismo. En 1936 publicó su aclamada novela Los que vivimos (muy divulgada en España en los años 60 en la célebre colección Reno, de Plaza & Janés); más adelante obtuvo grandes éxitos con obras como El manantial (1943) y La rebelión de Atlas (1957). 

Aparece ahora una novela temprana de Ayn Rand poco (o nada) conocida en el ámbito hispanohablante: Himno. Fue publicada en 1938. Un prólogo y un epílogo esclarecedores, además del facsímil de la obra con notas y marcas de la mano de la autora, consolidan una bella edición. 

Himno presenta una sociedad distópica en la que los individuos ya no cuentan; el yo personal, el ego (tal fue el nombre provisional de la novela antes de su publicación) queda diluido en favor del "nosotros" impersonal colectivo.

Una voz narrativa describe cómo es esa sociedad en la que se ha prescindido por completo del yo, en la que no existe libertad para el individuo, en la que un consejo de sabios momificados lo decide todo sobre todos. Rand adujo que no se planteó describir la situación de la Unión Soviética de manera abstracta, sino que iba más allá en su relato, y su crítica podía adaptarse a cualquier sociedad totalitaria… No quería radiografiar la esencia del totalitarismo soviético sino de todo totalitarismo; con ello, Rand creó una de las novelas distópicas más inquietantes de todos los tiempos; ¿metáfora de un futuro ya casi inmediato?


Otro libro de carácter muy distinto pero que es muy esclarecedor y, desde luego, cura de tentaciones totalitarias colectivistas y mesiánicas (o que debería curar) a poco que se adentre uno en us páginas, es Eso no estaba en mi libro de la Revolución Rusa, del profesor Javier Barraycoa Martínez, publicado por la editorial Almuzara


De una forma muy amena, escrito con suma claridad y con erudición divulgativa, el experimentado autor realiza un efusivo y exhaustivo trabajo de esclarecimiento. Los tópicos sobre la Revolución Rusa que todavía circulan por periódicos y revistas o que divulgan algunos admiradores acérrimos de aquella tragedia de doble cara caen por el empuje efectivo de las revelaciones de Javier Barraycoa. Hay muchas anécdotas sobre los líderes de la revolución, tan sangrienta y terrible como pocas. Nada escapa al escalpelo racional y erudito de del erudito autor: la mistificación de la revolución, y sus falsos presupuestos; la orgía de terror y crueldad que granjeó en la Rusia posterior a los zares. Los líderes: ¿quién fue de verdad el tan aclamado líder Lenin?; el vulgar y terrible Stalin, tan cruel y necio como Hitler. Un hombre manifestador y autoritario que lo único que hizo en su vida fue sembrar el mal. Las hambrunas y los genocidios a los que el régimen condenó a millones de ciudadanos. Las armas políticas utilizadas por los revolucionarios: las celebres 'purgas' de Stalin, el Gulag… Cárceles, torturas, exclusión y exterminios absolutos de cualquier disidente, fuera quien fuese. El ateísmo de la revolución que fue sustituido por inexplicables cultos esotéricos más nocivos que la religión popular que los revolucionarios se empeñaron en abolir (y que no abolieron nunca del todo). El extremismo radical de las revolucionarias que teorizaban sobre la condición  de las mujeres o del antisemitismo. En La Unión Soviética todo estaba planificado, todo controlado y todo era un desastre… Un libro estupendo para entender una vez más qué fue en realidad el régimen criminal comunista que se instauró en Rusia durante décadas y su nefasta influencia posterior (y presente) en tantas naciones. 

De la Rusia Soviética y su siglo  trata también la excelente biografía escrita por Alexandra Popoff sobre un hombre magnifico que en un principio creyó en las bondades del régimen comunista pero que finalmente se desencantó de él, y hasta sufrió persecución: el periodista y escritor Vasili Grossmann: lleva por título: Vasili Grossmann y el siglo soviético (Crítica).  El célebre autor de la inmensa novela Vida y destino y de otra gran novela de denuncia estalinista Todo fluye es visto sin prejuicios por su biógrafa, con suma objetividad y, desde luego, con admiración. El «Tolstói soviético», lo llama la autora. En verdad la gran epopeya de Grossmann Vida y destino puede compararse a Guerra y paz, de Tolstói (reseña en "Babelia" de esta novela).


Vasili Grosmann (1905 -1964) se formó como ingeniero pero abandonó su trabajo en los años 30 del pasado siglo para dedicarse en exclusiva a escribir, primero como periodista. Cuando estalla la Segunda Guerra trabajó como corresponsal de guerra del Ejército Rojo. Fue famoso entre las tropas por sus crónicas llenas de vida y acción de las batallas de Moscú, Stalingrado, Kursk y Berlín (desde donde cubrió las información del fin de la guerra). Fue uno de los primeros periodistas en descubrir en persona el horror de los campos de exterminio nazis. Sus testimonios escritos sobre el horror de Treblinka, una vez liberado el campo, sirvieron como pruebas criminales en los juicios de Núremberg. Grossmann, judío también él, perdió a su madre masacrada por los nazis. Después de la Segunda Guerra Mundial la fe de Grossmann en el régimen soviético mermó y se trocó en desconfianza. Nunca entendió el giro antisemita que dio el Estado soviético, auspiciado por Stalin y sus secuaces. Tampoco pudo comprender las masacres estalinistas (¡matar de hambre a tantos pueblos que habían creído en él!). Aunque Grossmann no sufrió arresto por parte de las autoridades sí que se lo silenció y sus dos obras maestras fueron censuradas por «antisoviéticas». La policía política del régimen, el KGB, impidió su publicación. Hasta mucho después de la muerte de Grossmann no pudieron ver la luz, y lo hicieron en Occidente una red de disidentes clandestinos. Hasta 1988 no apareció en Rusia Vida y destino, alcanzando un gran éxito. 


De las persecuciones de judíos por parte del régimen criminal de Hitler trata la polémica novela del joven escritor alemán Takis WürgerStella, editada por la editorial Salamandra en traducción de Ana Guelbenzu. Ha causado una enorme polémica en Alemania a causa de la manera novelada y hasta «frívola», según dicen, de tratar un asunto espinoso basado en casos históricos reales. Stella es el nombre de una mujer que vivió en Berlín realmente y que, empujada por las circunstancias —sus padres estaban en manos de la Gestapo— se dedicó a denunciar a judíos alemanes escondidos. Ella fue la causante de que familias enteras fueran deportadas a los campos de concentración y de que la mayoría de sus miembros fuera exterminada. 

Pero la realidad es una cosa, y otra, cómo la cuenta la novela de Würger. De manera muy cinematográfica —la historia está pensada más en una sucesión de imágenes fílmicas que en una sucesión de hechos descritos—, se narra la historia de un joven suizo, Friedrich, hijo de familia acaudalada, que llega a a Berlín en 1942, cuando la ciudad está inmersa en su segundo año de guerra mundial. Allí reina la escasez, dominan Hitler y la Gestapo, los torturadores andan sueltos por los bares de alterne y por las grandes avenidas y los cafés, y el mercado negro funciona de maravilla para la gente que tiene dinero y puede costearse los caprichos más caros. Friedrich queda obnubilado por la ciudad, y ya el primer día, a raíz de asistir a una clase de dibujo —el muchacho pinta y se supone que es artista, o quiere serlo; pero en realidad es sólo un diletante—, ya el primer día, decíamos, conoce a Stella (al principio con otro nombre). Ésta es una chica rubia y aria en apariencia, porque en verdad resultará que es judía. Ambos jóvenes comienzan una historia de amor, viviéndola a todo lujo en el hotel berlinés en el que no falta de nada gracias a la fortuna del joven aprendiz de artista. Friedrich está intrigado porque ha oído decir que por las noches recorren la ciudad camiones secretos y se llevan a los judíos berlineses hacia no se sabe dónde… Le intrigan también los secretos de su novia. Ésta desaparece misteriosamente unos días y luego regresa con signos de tortura, ¿qué ha pasado?




En suma, la novela se deja leer (excelente traducción de Ana Guelbenzu), pero es difícil olvidarse mientras se la lee de que en verdad el autor quiere que veamos una película un tanto excesiva y como hecha ad hoc para contar una historia que resulta ciertamente inverosímil. Hay un leve recuerdo a Adiós Berlín y a la película Cabaret, pero la exageración de esta novela mata el encanto que sí tenían aquellas obras, mucho más incitantes e insinuantes que siniestras.  Stella no es una buena novela. Los personajes son clichés cinematográficos, la historia es retorcida, el protagonista es demasiado bobo; la chica delatora de judíos es poco creíble (en la realidad lo fue, y muy letal)… No obstante, a los amantes de Tarantino o de la literatura pseudo-culta basada historias de nazis y del holocausto es posible que les guste. 


Mucho más convincente en su estilo y hechura es la novela El segundo jinete (Maeva) de la austriaca Alex Beer, una joven promesa de la literatura negra, inserta sin ocultación en la estela del escocés Philipp Kerr y el alemán Volker Kutscher.           

Como ellos, también Beer inventa un detective enclavado en una época histórica rebosante de conflictos y contrastes; esta vez no es Berlín, sino la Viena de 1919. El ambiente en el que se desarrolla la acción recuerda mucho al Berlín de los años veinte del pasado siglo de Kutscher, y el detective creado por Beer recuerda al detective Bernie Gunther, de Philipp Kerr, salvando las distancias, claro, y unas «distancias» no muy largas. También el nuevo detective August Emmerich vive en una realidad personal trágica: cree que tiene una familia, pero esa ilusión se esfuma rápidamente cuando el marido verdadero de su compañera sentimental regresa del frente desuñes de haberle dado por muerto durante años. Aparte de ocuparse de su abrumadora situación personal, Emmerich tiene que resolver el caso de unas misteriosas muertes; puesto en faena dará con el recuerdo de horribles crímenes de guerra en la Primera Guerra Mundial y con una supuesta venganza. El abrumado, pero probo e inteligente detective lleva a cabo sus pesquisas en aquella aterradora Viena ahíta de hambre, deslomada por la disolución del Imperio Austro-Húngaro. La historia es muy entretenida, al uso de este tipo de historias, y abocada probablemente a ser éxito de ventas entre los amantes del género. 










  

jueves, 24 de septiembre de 2020

Goethe científico

 Goethe científico

 

Henri Bortoft

La naturaleza como totalidad. La visión científica de Goethe

Traducción de Antonio Rivas

Atalanta, Vilaür, 2020, 544 páginas, 32 euros.

 

 

J. W. Goethe

La metamorfosis de las plantas

Traducción de Isabel Hernández

Atalanta, Vilaür, 2020, 168 páginas, 24 euros.

 

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), el Miguel de Cervantes alemán, autor de Fausto—el Quijote de las letras germanas—, poeta, dramaturgo y novelista, aspiraba a ser el «hombre total» a la manera de los clásicos: la persona completa a la que nada de lo humano le es ajeno. De ahí que se propusiera conocer tanto el alma —el espíritu— como la materia de la que estaban hechos sus congéneres; pero igualmente también se propuso desentrañar el medio en el que nacemos crecemos y morimos: el mundo, la naturaleza, el espacio de la vida, del florecimiento y de la caducidad de lo vivo.





         Goethe quiso abarcarlo todo desde el punto de vista intelectual: tanto el arte como la ciencia. Escribió Las penas del joven Werther en su juventud. La pasión por una mujer casada de un joven exaltado e idealista descrita en esa novela de juventud le granjeó fama inmediata y perdurable. Pero él no quería  ser conocido sólo como escritor de novelas y de poemas. El puesto de relativo poder (y también de relumbrón) que le otorgó su gran amigo el duque de Weimar en la corte de esta pequeña ciudad alemana, poblada de grandes personalidades del mundo de las letras, el arte y las ciencias, le proporcionó el ocio necesario para consagrarse a viajes y estudios; viajó a Italia donde descubrió el arte de la Antigüedad en persona y donde se dedicó a estudiar la naturaleza través de la observación y la pintura. Goethe era un talentoso pintor de la naturaleza. Dejó acuarelas bellas de paisajes italianos. En Italia fue donde se desarrolló su amor por la belleza de las plantas.


La amistad que le unió a grandes hombres de su época, literatos, filósofos y científicos (los hermanos Humboldt, sin ir más lejos) otorgaron a Goethe, en su magnífico refugio de Weimar, epicentro intelectual de Alemania, las circunstancias óptimas para llevar una vida entregado a la theoría, es decir, el conocimiento y la ciencia, una vida que, según decía Aristóteles, es la mejor de cuantas puedan desearse.

 

         Escritor de cientos de poemas maravillosos, de novelas y dramas, Goethe se negaba a pasar a la historia universal sólo como genial Dichter [creador de obras literarias] —como decíamos—, abiertamente aspiraba, además, a que se le contase entre el palmar de los grandes científicos de la humanidad. Botánica, biología, zoología, mineralogía, óptica, eran ciencias a las que se dedicó con pasión; tanto más que a la literatura, una actividad que, andando el tiempo, pasó incluso a ser considerada por él como una actividad secundaria. Cuentan que, a menudo, prefería hablar del intestino de las ranas que de política o de literatura. La observación de la naturaleza y de sus manifestaciones, de sus transformaciones y avatares, era para Goethe tan sustancioso como la más interesante de las tragedias en el teatro de Weimar. 


Imbuido de una concepción filosófica de la naturaleza y de la vida que podría definirse como «panteísta», Goethe tocaba muchos palos en todo lo que tuviera que ver con la observación y la experimentación; quería saberlo todo cual eximio diletante, y sus concepciones, proclamadas sin el miedo a los científicos de profesión eran muy singulares e imaginativas (sin por ello caer nunca en la extravagancia o el delirio). Para Goethe, el mundo constituía un todo, el universo le parecía una entidad gigantesca dotada de cuerpo y espíritu, de conciencia. Consideraba que cada cosa tiene su razón de ser en el origen. Buscar las raíces comunes de lo diverso era una de sus ideas fundamentales que compartía, por ejemplo, con los primeros filósofos presocráticos. 


         



Goethe trató a grandes figuras del idealismo alemán, Hegel y Schelling, por ejemplo; también trató al gran Arthur Schopenhauer (aunque con éste se llevó mal porque Goethe era un optimista acérrimo, pero también porque Schopenhauer le discutió teorías científicas y apuntaba mucho talento). Estaba en el ambiente de la época observar la naturaleza como lo hicieran los grandes filósofos de épocas pasadas, desde los mencionados presocráticos de Grecia hasta Descartes, Hume o Kant. Goethe la veía como la manifestación variadísima y viva de un inmenso poder manifestándose como fenómeno a través de ella; ese poder ya no era el Dios cristiano, y ni siquiera el Dios de Voltaire, era el Deus sive natura del judío holandés Spinoza. Goethe, como Hegel, se declaraba «spinozista».  Estudiar las pasiones humanas —como hizo Spinoza— le parecía tan importante como estudiar los minerales y las plantas, los animales y las mareas; o las manchas del sol y las transformaciones de la luz, pues todo está en contacto. Todo forma parte de la misma entidad divina: la totalidad de espíritu (actualmente se dice «consciencia») y materia.


Estos dos libros magníficos que ahora publica la editorial Atalanta muestran la faceta de Goethe como científico en todo su esplendor. El amplio estudio de Henri Bortoft (1938-2012), científico británico, ecléctico e independiente, parte de algunas de las ideas más señeras que Goethe tenía sobre la naturaleza para profundizar y esclarecer teorías científicas actuales. Los hombres de ciencia contemporáneos de Goethe nunca lo tomaron en serio como científico. Lo trataban con condescendencia debido a que era un gran poeta o porque tenía poder en la corte de Weimar, pero lo miraban con superioridad en cuanto se salía de su especialidad: la literatura y el arte. 

Para Bortoft, en cambio, las intuiciones que guiaron el proceder científico de Goethe lo sitúan como un avanzado científico de su tiempo. En esta obra minuciosa y ambiciosa, tan bien editada por Atalanta, y en excelente traducción de Antonio Rivas, el originalísimo profesor de física que fue Bortoft repasa las teorías que Goethe esbozó o publicó sobre todas las materias científicas que le interesaron; así encontramos sus ideas sobre la luz y el color —Goethe escribió y publicó una monumental Teoría  de los colores, que lo posicionó en contra de Newton—, sobre el mundo animal y los fenómenos atmosféricos y naturales; sobre la consciencia y la inconsciencia de la naturaleza; sobre las plantas y los árboles; o sobre los planetas y las estrellas;… y en definitiva, las ideas que manifestó sobre múltiples aspectos del mundo considerado un organismo y una totalidad llena de sentido. Goethe creía con Spinoza que Dios es sólo una hipótesis en la que se refugia el no saber. Sin declararse «ateo» literalmente, creyó en el «Deus sive natura» proclamado por el filósofo judeo-holandés en su Ética. Dios es también la naturaleza, y ambos hablan en un lenguaje que es comprensible mediante la razón humana y mediante la observación aplicada de los fenómenos naturales. Pero con Goethe como base, Bortoft repasa también las teorías científicas de Newton ,  Galileo o Humboldt, es decir, realiza su particular repaso por la historia de la ciencia. El libro está lleno de sorpresas para amantes de la ciencia, pero también para el público no especializado al que sólo le mueve la curiosidad. Y, por supuesto para todo admirador de Goethe que se precie.


            De observación y especulación —razonada— está compuesto el hermoso libro que recoge los escritos de Goethe sobre las plantas. La metamorfosis de las plantas que ahora publica Atalanta cuenta con bellas ilustraciones y fascinantes fotografías de Gordon L. Miller, autor asimismo de la edición americana que publica Atalanta en castellano. Esta espléndida edición ilustra con vistosas fotografías los ejemplos botánicos que Goethe da en sus textos. El lector puede seguir paso a paso y con sumo detalle las observaciones botánicas que hizo el gran autor hace más de 200 años. La obra original Intento de explicar una metamorfosis de las plantas se publicó en 1790; veintisiete años más tarde, Goethe revisó la edición y añadió más textos dando forma a la versión definitiva de La metamorfosis de las plantas, una obra poco o nada divulgada en los países de habla hispana. 


Estudiosos de Goethe han visto La metamorfosis de las plantas como una «poética natural», dado el cuidado y el cariño con los que Goethe describió los resultados de sus observaciones de los elementos y detalles florales. La impresionante idea que movió todas las investigaciones de Goethe consistía en asumir que cada planta es el desarrollo de una única hoja primordial, de una planta primera o Urpflanze. En cada planta se descubren trazos recónditos o evidentes de aquella unidad primera que lo constituye todo… Esta concepción era revolucionaria en su época, y hoy, ante el desprecio con que el ser humano trata mayoritariamente a la naturaleza, parece hasta «subversiva» en el sentido positivo del término, porque es innovadora y provocadora a la vez. Según Goethe, ¿cuándo habrá de comprender la humanidad que todo está en todo, que a cada ser humano le une a la naturaleza un hilo invisible que proclama también su fraternidad con los demás seres, y su inmortalidad cara al infinito? 


L. F. M. C.





miércoles, 15 de julio de 2020

Walter Kempowski: "Todo en vano"

Walter Kempowski en 2005
Por fin se publica en España una novela del escritor alemán Walter Kempowski (1929-2007); se trata de la magnífica Todo en vanoque vio la luz en 2006 en Alemania, apenas un año antes del fallecimiento de su autor. La excelente versión castellana es del veterano traductor y escritor Carlos Fortea.

Hay que felicitar a la editorial "Libros del Asteroide" por tan excelente iniciativa. Kempowski fue un escritor bastante conocido en el ámbito gemanoparlante en la segunda mitad del siglo XX; no tiene una obra extensa, pero sí digna de ser recordada, en primer lugar por la maestría de su prosa—puro alto alemán del norte—; y en segundo lugar, por el tema que abordan sus novelas principales: las vivencias de la gente corriente durante la Segunda Guerra Mundial en la parte norte de lo que fue la antigua Prusia oriental.  Con especial dedicación se centran dichas novelas en el drama que la invasión de los rusos supuso para miles de alemanes, que vieron cómo sus ciudades eran destruidas sin piedad y cómo las tropas rusas sedientas de sangre llegaban para arrasar todo cuanto encontraban a su paso, asesinando a todo bicho viviente y violando a cuanta mujer o niña se cruzaba en su camino. Aquéllas fueron experiencias traumáticas, crímenes de lesa humanidad, que no han encontrado demasiado eco en la literatura de posguerra, ni en Alemania ni en otros países y mucho menos en Rusia. Pero Kempowski sí que dio voz a las víctimas de esa tragedia. Y halló el eco que merecía. Reconocer las víctimas alemanas no menoscaba la memoria ni el sufrimiento de otras víctimas, léase las que causó el ejército alemán al invadir la Unión Soviética, o Polonia, o las víctimas  del Holocausto. 

A los "alemanes" en bloque (así, de manera abstracta) se les consideró "culpables" por haber seguido a Hitler con los ojos cerrados, y de haber desatado la guerra; se les halló culpables de los horrendos crímenes en Rusia y de matar a millones de judíos; de ahí, que el hecho de que sufrieran  consecuencias (en forma de destrucción y de muerte, de miseria y violencia extrema) al final de la guerra se viera como una represalia incluso hasta bien merecida. Los historiadores europeos de la posguerra ignoraron lo que quisieron ignorar, silenciaron lo que quisieron silenciar. Sobre todo, los crímenes sioviéticos Al fin y al cabo, la Unión Soviética, junto con Inglaterra y Estados Unidos, había liberado a Europa del "fascismo". En aquella época era «políticamente correcto» olvidar y silenciar los crímenes cometidos por las tropas soviéticas en Alemania para no incomodar a los vencedores.

Kempowski no cayó en esa trampa. Sus familiares, oriundos de Rostock (una de las ciudades que quedó convertida en ruinas al final de la guerra), sufrieron la invasión de las hordas rojas. Y Kempowski lo contó. De manera extraordinaria narró la desesperación de los hombres y de las mujeres que murieron en aquel infierno, así como las desventuras de quienes pudieron escapar del infierno en el éxodo, a menudo también mortal, en busca de refugio en el interior de Alemania. Los rusos no perdonaron tampoco a los refugiados. Sólo los alemanes que tuvieron la suerte de dar con los vencedores norteamericanos obtuvieron algo de piedad. Al menos los norteamericanos se mostraban más humanitarios que los soviéticos, unos verdaderos carroñeros. 

Todo en vano
A la espera de que la editorial Libros del Asteroide se anime y continue publicando las seis novelas que componen el ciclo Die deutsche Chronik [Crónica alemana]—¡ojalá lo haga!—, que es una espléndida saga familiar, de momento nos alegramos de  leer en castellano esta estupenda Todo en vano.

Kempowski vuelve en esta novela, ya postrera, a la memoria de aquel éxodo que padecieron tantas familias alemanas. Perdieron su hogar y a sus seres queridos mientras huían despavoridas de los asesinos con uniforme de soldado del ejército de Stalin.

La señora Von Globig, de noble cuna, joven y bella, casada con su apuesto marido, que se encuentra en Italia cumpliendo como militar al servicio del Reich alemán; una anciana tía, que lo domina todo en la casa (carácter huraño y típico de gente alemana que enseguida comulgó —de corazón— con el nazismo), el hijo de la señora de la casa, así como un criado polaco y dos criadas ucranianas, son los protagonistas de una narración de trama sencilla, pero tan intensa como una obra teatral de Shakespeare; tan bien escrita y tan bien ambientada que uno cree leer uno de esos maravillosos relatos del gran Eduard von Keyserling, un escritor crepuscular que también era oriundo de la Alemania del norte, siempre nublada, de veranos cortos e intensos en su luz y color. Como Keyserling también Kempowski funde de nostalgia su relato, pero más allá de la nostalgia están los hechos agobiantes de la vida y el hecho brutal de la guerra que todo lo destruye, memoria y vida.

La novela se ambienta en una primavera inestable, con los caminos todavía nevados o llenos de barro. La acción transcurre a medias en la casona solariega de la familia Von Globig, y a medias en el camino al éxodo, una vez que se sabe que llegarán los rusos, que no habrá perdón, y que se ha dado la orden de ¡sálvese quien pueda!

Los personajes y la trama son magníficos. Los recuerdos del pasado se mezclan con las circunstancias del presente en la mente de la señora de la casa, una aristócrata fina, un ser entrañable y noble, que vive aislada del mundo mediante sus ensueños y singulares pensamientos. Pero todos los personajes, desde el niño hasta el más extraño de cuantos visitantes van apareciendo por la hacienda de los Globig en su huída de los rusos, están muy bien caracterizados, basados todos ellos en personajes que realmente existieron y que no escaparon al agudo olfato del gran narrador que fue Kempowski.


Merece la pena, desde luego, esta gran novela; no dejará a nadie indiferente. Pero no se esperen grandes hazañas ni grandes hechos de los personajes; su drama consiste aquí en verse atrapados, impotentes, por el rodillo triturador de la Historia. En hallarse inmersos, sin libertad para actuar, en la mayor tragedia de todas: esa guerra mundial que avanza implacable e imparable y que desquiciará y destrozará su apacible mundo cotidiano.