miércoles, 15 de julio de 2020

Walter Kempowski: "Todo en vano"

Walter Kempowski en 2005
Por fin se publica en España una novela del escritor alemán Walter Kempowski (1929-2007); se trata de la magnífica Todo en vanoque vio la luz en 2006 en Alemania, apenas un año antes del fallecimiento de su autor. La excelente versión castellana es del veterano traductor y escritor Carlos Fortea.

Hay que felicitar a la editorial "Libros del Asteroide" por tan excelente iniciativa. Kempowski fue un escritor bastante conocido en el ámbito gemanoparlante en la segunda mitad del siglo XX; no tiene una obra extensa, pero sí digna de ser recordada, en primer lugar por la maestría de su prosa—puro alto alemán del norte—; y en segundo lugar, por el tema que abordan sus novelas principales: las vivencias de la gente corriente durante la Segunda Guerra Mundial en la parte norte de lo que fue la antigua Prusia oriental.  Con especial dedicación se centran dichas novelas en el drama que la invasión de los rusos supuso para miles de alemanes, que vieron cómo sus ciudades eran destruidas sin piedad y cómo las tropas rusas sedientas de sangre llegaban para arrasar todo cuanto encontraban a su paso, asesinando a todo bicho viviente y violando a cuanta mujer o niña se cruzaba en su camino. Aquéllas fueron experiencias traumáticas, crímenes de lesa humanidad, que no han encontrado demasiado eco en la literatura de posguerra, ni en Alemania ni en otros países y mucho menos en Rusia. Pero Kempowski sí que dio voz a las víctimas de esa tragedia. Y halló el eco que merecía. Reconocer las víctimas alemanas no menoscaba la memoria ni el sufrimiento de otras víctimas, léase las que causó el ejército alemán al invadir la Unión Soviética, o Polonia, o las víctimas  del Holocausto. 

A los "alemanes" en bloque (así, de manera abstracta) se les consideró "culpables" por haber seguido a Hitler con los ojos cerrados, y de haber desatado la guerra; se les halló culpables de los horrendos crímenes en Rusia y de matar a millones de judíos; de ahí, que el hecho de que sufrieran  consecuencias (en forma de destrucción y de muerte, de miseria y violencia extrema) al final de la guerra se viera como una represalia incluso hasta bien merecida. Los historiadores europeos de la posguerra ignoraron lo que quisieron ignorar, silenciaron lo que quisieron silenciar. Sobre todo, los crímenes sioviéticos Al fin y al cabo, la Unión Soviética, junto con Inglaterra y Estados Unidos, había liberado a Europa del "fascismo". En aquella época era «políticamente correcto» olvidar y silenciar los crímenes cometidos por las tropas soviéticas en Alemania para no incomodar a los vencedores.

Kempowski no cayó en esa trampa. Sus familiares, oriundos de Rostock (una de las ciudades que quedó convertida en ruinas al final de la guerra), sufrieron la invasión de las hordas rojas. Y Kempowski lo contó. De manera extraordinaria narró la desesperación de los hombres y de las mujeres que murieron en aquel infierno, así como las desventuras de quienes pudieron escapar del infierno en el éxodo, a menudo también mortal, en busca de refugio en el interior de Alemania. Los rusos no perdonaron tampoco a los refugiados. Sólo los alemanes que tuvieron la suerte de dar con los vencedores norteamericanos obtuvieron algo de piedad. Al menos los norteamericanos se mostraban más humanitarios que los soviéticos, unos verdaderos carroñeros. 

Todo en vano
A la espera de que la editorial Libros del Asteroide se anime y continue publicando las seis novelas que componen el ciclo Die deutsche Chronik [Crónica alemana]—¡ojalá lo haga!—, que es una espléndida saga familiar, de momento nos alegramos de  leer en castellano esta estupenda Todo en vano.

Kempowski vuelve en esta novela, ya postrera, a la memoria de aquel éxodo que padecieron tantas familias alemanas. Perdieron su hogar y a sus seres queridos mientras huían despavoridas de los asesinos con uniforme de soldado del ejército de Stalin.

La señora Von Globig, de noble cuna, joven y bella, casada con su apuesto marido, que se encuentra en Italia cumpliendo como militar al servicio del Reich alemán; una anciana tía, que lo domina todo en la casa (carácter huraño y típico de gente alemana que enseguida comulgó —de corazón— con el nazismo), el hijo de la señora de la casa, así como un criado polaco y dos criadas ucranianas, son los protagonistas de una narración de trama sencilla, pero tan intensa como una obra teatral de Shakespeare; tan bien escrita y tan bien ambientada que uno cree leer uno de esos maravillosos relatos del gran Eduard von Keyserling, un escritor crepuscular que también era oriundo de la Alemania del norte, siempre nublada, de veranos cortos e intensos en su luz y color. Como Keyserling también Kempowski funde de nostalgia su relato, pero más allá de la nostalgia están los hechos agobiantes de la vida y el hecho brutal de la guerra que todo lo destruye, memoria y vida.

La novela se ambienta en una primavera inestable, con los caminos todavía nevados o llenos de barro. La acción transcurre a medias en la casona solariega de la familia Von Globig, y a medias en el camino al éxodo, una vez que se sabe que llegarán los rusos, que no habrá perdón, y que se ha dado la orden de ¡sálvese quien pueda!

Los personajes y la trama son magníficos. Los recuerdos del pasado se mezclan con las circunstancias del presente en la mente de la señora de la casa, una aristócrata fina, un ser entrañable y noble, que vive aislada del mundo mediante sus ensueños y singulares pensamientos. Pero todos los personajes, desde el niño hasta el más extraño de cuantos visitantes van apareciendo por la hacienda de los Globig en su huída de los rusos, están muy bien caracterizados, basados todos ellos en personajes que realmente existieron y que no escaparon al agudo olfato del gran narrador que fue Kempowski.


Merece la pena, desde luego, esta gran novela; no dejará a nadie indiferente. Pero no se esperen grandes hazañas ni grandes hechos de los personajes; su drama consiste aquí en verse atrapados, impotentes, por el rodillo triturador de la Historia. En hallarse inmersos, sin libertad para actuar, en la mayor tragedia de todas: esa guerra mundial que avanza implacable e imparable y que desquiciará y destrozará su apacible mundo cotidiano.  








lunes, 1 de junio de 2020

Panorama de ideas desquiciadas: Jean-François Braunstein

Panorama de ideas desquiciadas




Este libro trata de tres temas generales que hoy están de moda en occidente: género y sexo, derechos de los animales y eutanasia. Desde los años sesenta y setenta del pasado siglo, profesores de filosofía y psicólogos norteamericanos publicaron trabajos sobre estos asuntos, e impartieron clases universitarias en las que se debatían cuestiones tales como si el sexo determina el género o sucede al revés; si los animales son equiparables a los seres humanos en todo; o si es un derecho fundamental de la persona morir bien cuando ya no se puede vivir dignamente. 
La filosofía se ha vuelto loca
         Las ideas de algunos de esos filósofos y filósofas que entonces empezaban a despuntar han ganando enorme influencia en la sociedad actual. Nombres como el de Peter Singer o Martha Nussbaum son conocidos hasta por quienes no se interesan en la filosofía. Menos lo son John Money, Judith Butler o Tom Regan, y sorprende conocerlos, porque estos pensadores, dejándose llevar por su afán racionalista, lógico y científico, han producido ideas que causan verdadero espanto a quien tiene la paciencia y el valor suficientes para ponderarlas críticamente. 
         El filósofo francés Jean-François Braunstein (1953) —profesor en París, especialista en filosofía de la ciencia, en concreto, en filosofía de la medicina y ética médica— repasa las teorías de estos nuevos popes del pensamiento relacionadas con los tres temas mencionados al inicio. Además de los «animalistas» y de los teóricos del final dulce de la vida, destacan también algunas filósofas, férreamente feministas, cuyo mayor interés intelectual y vital  consiste en determinar y clarificar la variedad de alteridades sexuales que comienza a definirse en la sociedad, porque cierto número de individuos se siente en desacuerdo con su sexo biológico; según estas pensadoras, ya no cabe hablar de dos sexos, sino de múltiples géneros que definen lo que cada ser humano «quiere ser» desde el punto de vista sexual: homosexual, bisexual, transexual, asexual, etc. Así, pronto habrá tantos géneros como «colectivos» se fundamenten en la misma afinidad o fobia sexual.   
         Braunstein presenta con esta especie de bestiario intelectual un panorama de ideas que, en su opinión, son absurdas y contrarias al humanismo clásico, pero que de un modo igualmente absurdo están calando en el imaginario social.
Un botón de muestra: ahora se descubre lo ya sabido desde milenios, que los animales son «sensibles»; pero lo novedoso es colegir de ello que también son «humanos», y que deberíamos tratarlos como a tales (según esto, podríamos casarnos legalmente con un perro). Asimismo, se ve razonable facilitar la muerte a personas que ya no disfrutan de una vida placentera; pero lo que en un principio se pensó como solución piadosa para acortar los padecimientos de enfermos terminales, pensadores como Singer y sus seguidores lo han llevado a extremos deductivos peligrosos; tanto, que han coincidido con  el nazismo y la eutanasia selectiva.
         Braunstein es riguroso en sus críticas —no exentas a veces de cierta guasa—, y la visión que ofrece es desoladora. Lo preocupante es que ideas tan descabelladas se vean como progreso moral y terminen por condicionar la realidad en forma de «corrección política», sin ir más lejos. «El sueño de la razón produce monstruos», reza la rúbrica del célebre aguafuerte de Goya, y algunos filósofos y filósofas actuales producen engendros aún más dañinos, cabe añadir tras la lectura de este excelente ensayo, tan original como valiente. 
Luis Fernando Moreno Claros


miércoles, 6 de mayo de 2020

Especial Joseph Roth



Joseph Roth en 1926



Las novelas y relatos del escritor austrohúngaro Joseph Roth (1894-1939) gozan de gran éxito de público en España y Latinoamérica, gracias en parte a que muy pronto empezaron a traducirse al castellano. Pero desde finales de 2019, una vez que la obra de Roth está libre de derechos en España (recuérdese, diez años mas tarde que en los demás países de Europa), estamos asistiendo a un renacimiento. A partir será normal que veamos una reiteración de nuevas traducciones de sus relatos y novelas en distintas editoriales; esperamos que toda nueva traducción tenga la calidad que este gran escritor se merece. En la actualidad, en este aspecto, se llevaba la palma el sello barcelonés Acantilado por tener publicadas bajo su sello casi todas las obras de Joseph Roth. Recientemente hemos visto que la editorial barcelonesa Alba publica una nueva edición de la gran novela La marcha Radetzky, y Alianza Editorial otra. Y también Alianza inaugura una de sus series de autor en libro de bolsillo dedicada a publicar las obras de Roth; la inicia  con dos títulos señeros: La leyenda del santo bebedor y Job. Historia de un hombre sencillo, ambos en nuevas traducciones de Adan Kovacsics.


Con ocasión de la publicación de dos versiones nuevas de La marcha Radetzky, el suplemento cultural del diario El País publicó un artículo-reseña el sábado día 24 de abril, dejo aquí el enlace a la reseña publicada y bajo estas líneas el texto original enviado al diario.



Nostalgia del Imperio
Joseph Roth de nuevo






Roth: La marcha Radetzky
Las obras del gran escritor austrohúngaro Joseph Roth (1897-1939), al igual que las de su compatriota y amigo Stefan Zweig, tienen éxito en España y Latinoamérica. La editorial Acantilado rescató al medio olvidado Zweig hace veinte años, y lo convirtió en un éxito de ventas; algo parecido sucede con Joseph Roth, otro autor estrella de Acantilado, que publica sus novelas Hotel SavoyFuga sin fin o la maravillosa Job, entre otras; sus relatos breves, la correspondencia y algún volumen con artículos periodísticos. Entre sus traductores se encuentran Feliu Formosa, Berta Vías o Javier Pardo, a quien se debe una versión ya añeja de la La cripta de los capuchinos. También editan a Roth la editorial Minúscula o Siruela.
            Acantilado no cuenta en su catálogo con la obra maestra de Joseph Roth: RadetzkymarschLa marcha Radetzky (1932). Esta novela magnífica en todos los sentidos, profundísima, de halo nostálgico y crepuscular, es equiparable en relevancia a otras grandes novelas de las letras germanas: a Los Buddenbrook, por ejemplo; o a esa madura y singular obra de Zweig: La impaciencia del corazón (1939). No es descabellado afirmar que tal vez éste se inspiró un poco en La marcha Radetzsky para componerla, puesto que ambas se desarrollan en escenarios cuarteleros, en pequeñas ciudades de la parte oriental del inmenso Imperio austro-húngaro de los Habsburgo. Ambas atrapan al lector desde las primeras páginas, lo embelesan llevándolo a otra época, con sus costumbres y hálitos, con sus esplendores y miserias humanas; son buena y recia literatura como la mejor de Balzac, Proust, Flaubert o Chéjov; los autores que tanto inspiraron a Roth.
            La marcha Radetzky. además de una nueva versión de La cripta de los capuchinos. Las dos novelas forman un pequeño todo, constituyen el homenaje de Roth al mundo perdido de su niñez y juventud: el del secular imperio supranacional habsbúrgico, disuelto en 1919, tras la Gran Guerra.

La marcha Radetzky
Coinciden ahora en las librerías dos traducciones nuevas de 
            El himno oficioso de la Austria actual, el broche de oro del concierto de Año Nuevo en Viena, La marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss (padre), que da título a la novela, simbolizaba para Roth la pompa y el estilo del viejo Imperio. El emperador y rey Francisco José I (esposo de Sissi) regía con marcialidad sobre vastas extensiones de Centroeuropa, habitadas por checos, húngaros, eslovenos, rutenos, judíos… todos hermanados bajo la enseña del águila bicéfala: cincuenta millones de súbditos en una Europa sin fronteras. El monarca reinó durante 68 años, arropado por un ejército engalanado y variopinto que desfilaba, enamoraba y no hacía la guerra.

Así describe Roth la impresión de la famosa marcha: “Redoblaban los secos tambores, silbaban las dulces flautas y restallaban los risueños platillos. En la cara de todos los oyentes se dibujaba una sonrisa confiada y plácida, y en sus piernas hormigueaba la sangre. Mientras estaban allí de pie creían estar marchando. Las jovencitas contenían el aliento y entreabrían los labios. Los hombres mayores inclinaban la cabeza y recordaban las maniobras militares de antaño. Las ancianas se sentaban en el parque vecino y sus pequeñas cabezas grises temblaban. Y era verano”. Todo era paz y aparente esplendor en el rutilante imperio, hasta que en julio de 1914 llegó la desgracia con el asesinato en Sarajevo del heredero al trono. 
            Protagonista de la novela es la nueva estirpe de los Trotta, oriundos de la imaginaria ciudad de Sipolje. Un joven teniente Trotta salva la vida al emperador Francisco José en la batalla de Solferino (1859); por ello es premiado con el ascenso a la nobleza, y con la protección del emperador para sus descendientes: el hijo de éste, un poderoso funcionario imperial, y el nieto, un teniente de Cazadores, son los protagonistas de la novela. Sus vidas siempre están ligadas a las del monarca, y también su declive. Nada más aparecer, el libro vendió 25.000 ejemplares. Y lanzó a Roth a la fama. Poco después, los nazis lo pusieron en la lista de literatura prohibida, por ser Roth judío. Y éste tuvo que exiliarse.

domingo, 19 de abril de 2020

Lecturas para un confinamiento III: Thomas Mann y La montaña mágica


Para estos días de confinamiento obligatorio puede ser un buen compañero. Sus novelas densas e inteligentes son capaces de transportarnos a otras épocas y otros espacios. Dejo a continuación algunas reseñas de dos de sus grandes obras: Los Buddenbrook  (publicada en mayo de 2008 en la revista Letras libres) y La montaña mágica (publicada en el suplemento cultural "Babelia", en 2005). Otra de sus Cuentos completos, y para quien desee saber casi todo sobre Thomas Mann, la reseña de una gran biografía que escudriña su personalidad y proporciona claves para entender mejor sus obras.



Thomas Mann en 1905




Decadencia de una familia burguesa



Los Buddenbrook



Thomas Mann (1875-1955) terminó Los Buddenbrook, su primera novela de larga extensión, en la primavera del año 1900, “después de dos años de trabajo frecuentemente interrumpido”, según recuerda en su breve autobiografía “Relato de mi vida”. Apenas cuatro años antes había decidido abrazar el oficio de escritor. El éxito obtenido por un rotundo primer relato, “La caída” (1894), le animó a ello. Era un estudiante desaplicado y la generosa asignación mensual obtenida de la liquidación del negocio familiar tras la muerte de su padre le permitía vivir como bohemio, a veces en Múnich y, otras, en Italia. Después de otra narración meritoria, “La voluntad de ser feliz”, apareció esa pequeña joya que es “El pequeño señor Friedemann”, un relato de mayor extensión que los precedentes, aceptado por la prestigiosa revista cultural Neue deutsche Rundschau, de la berlinesa casa editorial Fischer. Fue a raíz de esta obrita que el avispado Samuel Fischer, advirtiendo el talento del joven literato, lo animó a que compusiera una novela, con la promesa de publicársela bajo su sello editorial.
Durante el verano de 1897, en la pequeña ciudad italiana de Palestrina, Thomas terminó un primer gran esbozo de la novela y concluyó los primeros capítulos, y unos meses después, instalado de nuevo en Múnich, en pleno barrio de los artistas, el Schwabing, se dedicó a desarrollar y pulir aquella obra que no dejaba de crecer, pues su argumento se prestaba a ello: el joven se había propuesto contar ni más ni menos que la historia de la decadencia de una gran familia burguesa de comerciantes establecida y venida a menos en la ciudad hanseática de Lübeck: los Mann, su propia familia. Lleno de entusiasmo, a menudo leía fragmentos de la obra en curso a su madre, hermanos y amigos, y éstos los celebraban con alborozo; reían de buena gana con los pasajes caricaturescos de la historia, bordados con tanto acierto por el agudo artista, pero dudaban de que aquellas muestras de talento llegaran a cuajar en una obra de arte terminada y completa.

Los Buddenbrook
Thomas Mann contaba 25 años cuando terminó Los Buddenbrook; la asignación familiar daba para poco y, por entonces, se ganaba la vida trabajando como redactor en la revista literaria y satírica Simplicissimus, puesto que abandonaría enseguida, ya que trabajar para otros no era su fuerte. De pronto, su vida dio un vuelco hacia la fama con la publicación de la novela. Fischer recibió el voluminoso y enrevesado manuscrito con reticencia: “La desmesurada extensión de la obra no es que me seduzca, desde luego”, escribió al autor. Pero apenas comenzada la lectura se mostró interesado en publicarla si Mann consentía en acortarla; a este respecto no cupo discusión: el autor se mostró impasible y le aseguró que la extensión de la novela “constituía una de sus propiedades esenciales”.
Al fin Fischer apostó por ella y la publicó en dos tomos, en edición de 1.000 ejemplares y a un precio elevado. A pesar de ello la edición se vendió entera y, a comienzos de 1903, vio la luz en un solo volumen y a precio menor. Las ventas crecían de tal modo que en octubre de aquel mismo año hubo que lanzar una nueva edición, esta vez de diez mil ejemplares. Thomas Mann se convirtió en el escritor de moda; y el proyecto de vivir para y de la literatura se hizo realidad. La fama le abrió las puertas a la mejor sociedad de Múnich reportándole grandes beneficios para el futuro, entre ellos, su ventajoso matrimonio con la rica heredera de origen judío Katia Pringsheim. 
Siguieron otras obras, tales como Alteza real o las excelentes novelas breves Tonio Kröger y La muerte en Venecia, pero en 1929 la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de literatura a  Thomas Mann, “en especial por su gran novela Los Buddenbrook, que, en el curso de los años, ha obtenido un reconocimiento cada vez más firme, como una obra clásica de nuestro tiempo”. En 1930 alcanzaba el millón de ejemplares vendidos sólo en Alemania; en 1932, cuando arreciaba el nazismo, el gran escritor recibía una siniestra amenaza por correo: un ejemplar a medio quemar de Los Buddenbrook; así honraban los bestias el talento.
Andando el tiempo, esta novela tan popular se ha visto un tanto eclipsada por el fulgor de La montaña mágica y Doctor Faustus, ambas de factura “más intelectual”, lo cual no es justo, pues aquélla está a su altura e incluso las supera. “De ella sale todo el Mann posterior”, ha dicho Claudio Magris, quien también la califica de “obra maestra”. Más “amable” y convencional que las mencionadas, en modo alguno es una novela de tesis ni de sesuda filosofía —por cierto, la mención a Schopenhauer casi al final del libro, tan manida por los seguidores de este filósofo, aunque tiene su miga no deja de ser una anécdota, una mención de Mann a uno de sus autores favoritos y cuya metafísica desdeña el protagonista—. Los Buddenbrook, novela de corte decimonónico, se halla en la corriente de las obras de largo aliento de Zola, Balzac o Tólstoi —por lo visto, un retrato de este inmenso escritor acompañó a Mann mientras la redactaba— y hasta de la gran novela inglesa del siglo XIX. Se trata de un relato, en definitiva, muy bien contado, ecuánime y lleno de sorpresas, que atrapa al lector por su estilo desenvuelto, por la riqueza de detalles y la encantadora sensibilidad casi “femenina”, tan “proustiana”, de la que Mann hace gala en la descripción de objetos, ropas y personas.
El tema ya lo mencionamos, el propio autor observó: “Mi procedencia familiar está descrita con minucia en Los Buddenbrook”. El relato recorre las vidas de cuatro generaciones de Buddenbrook, “casa burguesa de renombre centenario”, desde el abuelo Johann, descendiente directo del fundador de la casa Buddenbrook, hasta el pequeño Hanno, el último vástago varón, fallecido en 1877. Pero aunque la estirpe familiar, unida a la empresa comercial que la sustenta, perdura durante algo más de cien años, Mann se centra en reseñar acontecimientos que cubren apenas cuatro décadas, periodo en el que los miembros de las distintas generaciones coinciden entre sí. A través de los representantes de la tercera generación, los hermanos Thomas, Tony, Christian y Clara, conoceremos a sus padres y a los Buddenbrook mayores, sus abuelos, y a los bisabuelos; pero también a los benjamines Erika y Hanno. Y junto a estos personajes principales, también a una variedad de figuras secundarias, tales como la comilona prima Tilda, la jorobada Sesemi Weichbrodt o la avinagrada parentela compuesta por Frederike, Henriette y Pfiffí. Abogados, senadores, alcaldes, párrocos y médicos; pescadores, damas y criadas pueblan la novela, también rica en ambientes, desde el salón burgués “de las estatuas” en el que invitan los Buddenbrook, hasta las rocas de la playa de la cercana y vacacional Travemünde.
Según afirma el tópico, suele ser la tercera generación de una familia la que dilapida la fortuna acumulada con tanto empeño por los predecesores, dotados con más ilusión y espíritu de sacrificio e impulsores de aquella riqueza. Tony y sus tres hermanos serán testigos del declive familiar, responsables a su vez, sin quererlo, de la liquidación de la empresa, pues la casa Buddenbrook se hundirá sin remedio. La familia tiene mala suerte; sus miembros dejan de estar a la altura de lo que se espera de ellos; tanto Tony como Thomas son los más conscientes de sus deberes para con el mantenimiento del esplendor que conlleva su apellido, pero ambos cometerán errores y a los dos los traicionará el destino. 
La despierta y alocada Tony se casará dos veces con personajes cada cual más ridículo: el señor Gründlich, un estafador, y el bávaro Permanender, un grosero bebedor de cerveza. Es madre de una niña insulsa, Erika, que tampoco será dichosa, al contraer matrimonio con un funcionario que acaba en la cárcel. El tercer hermano, Christian, es un pobre calavera, incapaz de algo serio, inconstante e histrión, la “oveja negra” de la familia. En cuanto a Clara, a ésta le da por la mística y se casa con un pastor protestante; pero se alejará y morirá pronto dejando su cuantiosa dote en manos de su espiritual marido.