miércoles, 6 de mayo de 2020

Especial Joseph Roth



Joseph Roth en 1926



Las novelas y relatos del escritor austrohúngaro Joseph Roth (1894-1939) gozan de gran éxito de público en España y Latinoamérica, gracias en parte a que muy pronto empezaron a traducirse al castellano. Pero desde finales de 2019, una vez que la obra de Roth está libre de derechos en España (recuérdese, diez años mas tarde que en los demás países de Europa), estamos asistiendo a un renacimiento. A partir será normal que veamos una reiteración de nuevas traducciones de sus relatos y novelas en distintas editoriales; esperamos que toda nueva traducción tenga la calidad que este gran escritor se merece. En la actualidad, en este aspecto, se llevaba la palma el sello barcelonés Acantilado por tener publicadas bajo su sello casi todas las obras de Joseph Roth. Recientemente hemos visto que la editorial barcelonesa Alba publica una nueva edición de la gran novela La marcha Radetzky, y Alianza Editorial otra. Y también Alianza inaugura una de sus series de autor en libro de bolsillo dedicada a publicar las obras de Roth; la inicia  con dos títulos señeros: La leyenda del santo bebedor y Job. Historia de un hombre sencillo, ambos en nuevas traducciones de Adan Kovacsics.


Con ocasión de la publicación de dos versiones nuevas de La marcha Radetzky, el suplemento cultural del diario El País publicó un artículo-reseña el sábado día 24 de abril, dejo aquí el enlace a la reseña publicada y bajo estas líneas el texto original enviado al diario.



Nostalgia del Imperio
Joseph Roth de nuevo






Roth: La marcha Radetzky
Las obras del gran escritor austrohúngaro Joseph Roth (1897-1939), al igual que las de su compatriota y amigo Stefan Zweig, tienen éxito en España y Latinoamérica. La editorial Acantilado rescató al medio olvidado Zweig hace veinte años, y lo convirtió en un éxito de ventas; algo parecido sucede con Joseph Roth, otro autor estrella de Acantilado, que publica sus novelas Hotel SavoyFuga sin fin o la maravillosa Job, entre otras; sus relatos breves, la correspondencia y algún volumen con artículos periodísticos. Entre sus traductores se encuentran Feliu Formosa, Berta Vías o Javier Pardo, a quien se debe una versión ya añeja de la La cripta de los capuchinos. También editan a Roth la editorial Minúscula o Siruela.
            Acantilado no cuenta en su catálogo con la obra maestra de Joseph Roth: RadetzkymarschLa marcha Radetzky (1932). Esta novela magnífica en todos los sentidos, profundísima, de halo nostálgico y crepuscular, es equiparable en relevancia a otras grandes novelas de las letras germanas: a Los Buddenbrook, por ejemplo; o a esa madura y singular obra de Zweig: La impaciencia del corazón (1939). No es descabellado afirmar que tal vez éste se inspiró un poco en La marcha Radetzsky para componerla, puesto que ambas se desarrollan en escenarios cuarteleros, en pequeñas ciudades de la parte oriental del inmenso Imperio austro-húngaro de los Habsburgo. Ambas atrapan al lector desde las primeras páginas, lo embelesan llevándolo a otra época, con sus costumbres y hálitos, con sus esplendores y miserias humanas; son buena y recia literatura como la mejor de Balzac, Proust, Flaubert o Chéjov; los autores que tanto inspiraron a Roth.
            La marcha Radetzky. además de una nueva versión de La cripta de los capuchinos. Las dos novelas forman un pequeño todo, constituyen el homenaje de Roth al mundo perdido de su niñez y juventud: el del secular imperio supranacional habsbúrgico, disuelto en 1919, tras la Gran Guerra.

La marcha Radetzky
Coinciden ahora en las librerías dos traducciones nuevas de 
            El himno oficioso de la Austria actual, el broche de oro del concierto de Año Nuevo en Viena, La marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss (padre), que da título a la novela, simbolizaba para Roth la pompa y el estilo del viejo Imperio. El emperador y rey Francisco José I (esposo de Sissi) regía con marcialidad sobre vastas extensiones de Centroeuropa, habitadas por checos, húngaros, eslovenos, rutenos, judíos… todos hermanados bajo la enseña del águila bicéfala: cincuenta millones de súbditos en una Europa sin fronteras. El monarca reinó durante 68 años, arropado por un ejército engalanado y variopinto que desfilaba, enamoraba y no hacía la guerra.

Así describe Roth la impresión de la famosa marcha: “Redoblaban los secos tambores, silbaban las dulces flautas y restallaban los risueños platillos. En la cara de todos los oyentes se dibujaba una sonrisa confiada y plácida, y en sus piernas hormigueaba la sangre. Mientras estaban allí de pie creían estar marchando. Las jovencitas contenían el aliento y entreabrían los labios. Los hombres mayores inclinaban la cabeza y recordaban las maniobras militares de antaño. Las ancianas se sentaban en el parque vecino y sus pequeñas cabezas grises temblaban. Y era verano”. Todo era paz y aparente esplendor en el rutilante imperio, hasta que en julio de 1914 llegó la desgracia con el asesinato en Sarajevo del heredero al trono. 
            Protagonista de la novela es la nueva estirpe de los Trotta, oriundos de la imaginaria ciudad de Sipolje. Un joven teniente Trotta salva la vida al emperador Francisco José en la batalla de Solferino (1859); por ello es premiado con el ascenso a la nobleza, y con la protección del emperador para sus descendientes: el hijo de éste, un poderoso funcionario imperial, y el nieto, un teniente de Cazadores, son los protagonistas de la novela. Sus vidas siempre están ligadas a las del monarca, y también su declive. Nada más aparecer, el libro vendió 25.000 ejemplares. Y lanzó a Roth a la fama. Poco después, los nazis lo pusieron en la lista de literatura prohibida, por ser Roth judío. Y éste tuvo que exiliarse.

domingo, 19 de abril de 2020

Lecturas para un confinamiento III: Thomas Mann y La montaña mágica


Para estos días de confinamiento obligatorio puede ser un buen compañero. Sus novelas densas e inteligentes son capaces de transportarnos a otras épocas y otros espacios. Dejo a continuación algunas reseñas de dos de sus grandes obras: Los Buddenbrook  (publicada en mayo de 2008 en la revista Letras libres) y La montaña mágica (publicada en el suplemento cultural "Babelia", en 2005). Otra de sus Cuentos completos, y para quien desee saber casi todo sobre Thomas Mann, la reseña de una gran biografía que escudriña su personalidad y proporciona claves para entender mejor sus obras.



Thomas Mann en 1905




Decadencia de una familia burguesa



Los Buddenbrook



Thomas Mann (1875-1955) terminó Los Buddenbrook, su primera novela de larga extensión, en la primavera del año 1900, “después de dos años de trabajo frecuentemente interrumpido”, según recuerda en su breve autobiografía “Relato de mi vida”. Apenas cuatro años antes había decidido abrazar el oficio de escritor. El éxito obtenido por un rotundo primer relato, “La caída” (1894), le animó a ello. Era un estudiante desaplicado y la generosa asignación mensual obtenida de la liquidación del negocio familiar tras la muerte de su padre le permitía vivir como bohemio, a veces en Múnich y, otras, en Italia. Después de otra narración meritoria, “La voluntad de ser feliz”, apareció esa pequeña joya que es “El pequeño señor Friedemann”, un relato de mayor extensión que los precedentes, aceptado por la prestigiosa revista cultural Neue deutsche Rundschau, de la berlinesa casa editorial Fischer. Fue a raíz de esta obrita que el avispado Samuel Fischer, advirtiendo el talento del joven literato, lo animó a que compusiera una novela, con la promesa de publicársela bajo su sello editorial.
Durante el verano de 1897, en la pequeña ciudad italiana de Palestrina, Thomas terminó un primer gran esbozo de la novela y concluyó los primeros capítulos, y unos meses después, instalado de nuevo en Múnich, en pleno barrio de los artistas, el Schwabing, se dedicó a desarrollar y pulir aquella obra que no dejaba de crecer, pues su argumento se prestaba a ello: el joven se había propuesto contar ni más ni menos que la historia de la decadencia de una gran familia burguesa de comerciantes establecida y venida a menos en la ciudad hanseática de Lübeck: los Mann, su propia familia. Lleno de entusiasmo, a menudo leía fragmentos de la obra en curso a su madre, hermanos y amigos, y éstos los celebraban con alborozo; reían de buena gana con los pasajes caricaturescos de la historia, bordados con tanto acierto por el agudo artista, pero dudaban de que aquellas muestras de talento llegaran a cuajar en una obra de arte terminada y completa.

Los Buddenbrook
Thomas Mann contaba 25 años cuando terminó Los Buddenbrook; la asignación familiar daba para poco y, por entonces, se ganaba la vida trabajando como redactor en la revista literaria y satírica Simplicissimus, puesto que abandonaría enseguida, ya que trabajar para otros no era su fuerte. De pronto, su vida dio un vuelco hacia la fama con la publicación de la novela. Fischer recibió el voluminoso y enrevesado manuscrito con reticencia: “La desmesurada extensión de la obra no es que me seduzca, desde luego”, escribió al autor. Pero apenas comenzada la lectura se mostró interesado en publicarla si Mann consentía en acortarla; a este respecto no cupo discusión: el autor se mostró impasible y le aseguró que la extensión de la novela “constituía una de sus propiedades esenciales”.
Al fin Fischer apostó por ella y la publicó en dos tomos, en edición de 1.000 ejemplares y a un precio elevado. A pesar de ello la edición se vendió entera y, a comienzos de 1903, vio la luz en un solo volumen y a precio menor. Las ventas crecían de tal modo que en octubre de aquel mismo año hubo que lanzar una nueva edición, esta vez de diez mil ejemplares. Thomas Mann se convirtió en el escritor de moda; y el proyecto de vivir para y de la literatura se hizo realidad. La fama le abrió las puertas a la mejor sociedad de Múnich reportándole grandes beneficios para el futuro, entre ellos, su ventajoso matrimonio con la rica heredera de origen judío Katia Pringsheim. 
Siguieron otras obras, tales como Alteza real o las excelentes novelas breves Tonio Kröger y La muerte en Venecia, pero en 1929 la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de literatura a  Thomas Mann, “en especial por su gran novela Los Buddenbrook, que, en el curso de los años, ha obtenido un reconocimiento cada vez más firme, como una obra clásica de nuestro tiempo”. En 1930 alcanzaba el millón de ejemplares vendidos sólo en Alemania; en 1932, cuando arreciaba el nazismo, el gran escritor recibía una siniestra amenaza por correo: un ejemplar a medio quemar de Los Buddenbrook; así honraban los bestias el talento.
Andando el tiempo, esta novela tan popular se ha visto un tanto eclipsada por el fulgor de La montaña mágica y Doctor Faustus, ambas de factura “más intelectual”, lo cual no es justo, pues aquélla está a su altura e incluso las supera. “De ella sale todo el Mann posterior”, ha dicho Claudio Magris, quien también la califica de “obra maestra”. Más “amable” y convencional que las mencionadas, en modo alguno es una novela de tesis ni de sesuda filosofía —por cierto, la mención a Schopenhauer casi al final del libro, tan manida por los seguidores de este filósofo, aunque tiene su miga no deja de ser una anécdota, una mención de Mann a uno de sus autores favoritos y cuya metafísica desdeña el protagonista—. Los Buddenbrook, novela de corte decimonónico, se halla en la corriente de las obras de largo aliento de Zola, Balzac o Tólstoi —por lo visto, un retrato de este inmenso escritor acompañó a Mann mientras la redactaba— y hasta de la gran novela inglesa del siglo XIX. Se trata de un relato, en definitiva, muy bien contado, ecuánime y lleno de sorpresas, que atrapa al lector por su estilo desenvuelto, por la riqueza de detalles y la encantadora sensibilidad casi “femenina”, tan “proustiana”, de la que Mann hace gala en la descripción de objetos, ropas y personas.
El tema ya lo mencionamos, el propio autor observó: “Mi procedencia familiar está descrita con minucia en Los Buddenbrook”. El relato recorre las vidas de cuatro generaciones de Buddenbrook, “casa burguesa de renombre centenario”, desde el abuelo Johann, descendiente directo del fundador de la casa Buddenbrook, hasta el pequeño Hanno, el último vástago varón, fallecido en 1877. Pero aunque la estirpe familiar, unida a la empresa comercial que la sustenta, perdura durante algo más de cien años, Mann se centra en reseñar acontecimientos que cubren apenas cuatro décadas, periodo en el que los miembros de las distintas generaciones coinciden entre sí. A través de los representantes de la tercera generación, los hermanos Thomas, Tony, Christian y Clara, conoceremos a sus padres y a los Buddenbrook mayores, sus abuelos, y a los bisabuelos; pero también a los benjamines Erika y Hanno. Y junto a estos personajes principales, también a una variedad de figuras secundarias, tales como la comilona prima Tilda, la jorobada Sesemi Weichbrodt o la avinagrada parentela compuesta por Frederike, Henriette y Pfiffí. Abogados, senadores, alcaldes, párrocos y médicos; pescadores, damas y criadas pueblan la novela, también rica en ambientes, desde el salón burgués “de las estatuas” en el que invitan los Buddenbrook, hasta las rocas de la playa de la cercana y vacacional Travemünde.
Según afirma el tópico, suele ser la tercera generación de una familia la que dilapida la fortuna acumulada con tanto empeño por los predecesores, dotados con más ilusión y espíritu de sacrificio e impulsores de aquella riqueza. Tony y sus tres hermanos serán testigos del declive familiar, responsables a su vez, sin quererlo, de la liquidación de la empresa, pues la casa Buddenbrook se hundirá sin remedio. La familia tiene mala suerte; sus miembros dejan de estar a la altura de lo que se espera de ellos; tanto Tony como Thomas son los más conscientes de sus deberes para con el mantenimiento del esplendor que conlleva su apellido, pero ambos cometerán errores y a los dos los traicionará el destino. 
La despierta y alocada Tony se casará dos veces con personajes cada cual más ridículo: el señor Gründlich, un estafador, y el bávaro Permanender, un grosero bebedor de cerveza. Es madre de una niña insulsa, Erika, que tampoco será dichosa, al contraer matrimonio con un funcionario que acaba en la cárcel. El tercer hermano, Christian, es un pobre calavera, incapaz de algo serio, inconstante e histrión, la “oveja negra” de la familia. En cuanto a Clara, a ésta le da por la mística y se casa con un pastor protestante; pero se alejará y morirá pronto dejando su cuantiosa dote en manos de su espiritual marido.

domingo, 12 de abril de 2020

Lecturas para un confinamiento: Montaigne

Para estos días de confinamiento nada mejor que recurrir a la gran literatura de todos los tiempos: a Montaigne, por ejemplo y sus portentosos "Ensayos".



Michael de Montaigne (1533-1592)

Ediciones de los "Ensayos" de Montaigne hay varias en español, y desde hace muchos años; sin embargo, una de las mejores, por no decir la mejor, es la versión de Jordi Bayod, publicada por la editorial barcelonesa Acantilado en 2007. Es uno de los tremendos éxitos de esta casa editorial. El suplemento cultural "Babelia" publicó mi reseña de esta obra. A la par que los "Ensayos", Acantilado publicó la monografía del gran Stefan Zweig sobre Montaigne. Conocer a Montaigne a través de Zweig es casi una condición previa para quien no lo conozca ya, y la mejor introducción a la lectura de la obra señera de este gran hombre. 


Espléndido Montaigne



Michel de Montaigne





En 1568, el noble señor Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), de treinta y cinco años de edad, sufrió una caída de caballo que casi le cuesta la vida; estuvo varias horas inconsciente, pero se salvó. Su padre había fallecido hacía poco y el huérfano pasaba por un período de melancolía. Ya recuperado, y con una clara conciencia de la fragilidad humana y la inmediatez de la muerte, Montaigne dejó sus cargos en la magistratura de Burdeos para retirarse a sus posesiones en el Périgord y disfrutar de sí mismo y de sus seres queridos, de una existencia campestre y de su excelente biblioteca en la célebre torre circular de su castillo, en la que solía solazarse leyendo y reflexionando en libertad.
Los Ensayos
También plasmaba sus pensamientos de un modo desusado hasta entonces, al vuelo, saltando de un asunto a otro, según le dictara su ánimo o la imaginación, estimulada por los sucesos cotidianos y por las caprichosas lecturas de las obras de sus autores favoritos. Vivía en perpetuo diálogo con Platón, Epicuro, Séneca o Lucrecio, según le apeteciera, con los que se explayaba sobre el sentido de la vida y de la muerte, o acerca de sí mismo y los demás, de las pasiones, los goces y los misterios de la existencia. Lo mismo charlaba con ellos sobre la amistad que sobre el placer, los cálculos renales, la virtud o el canibalismo.
Montaigne llamaba al fruto de sus meditaciones “ensayos” —inaugurando con ello este género literario—; sus opiniones e ideas quedaban a disposición de familiares y amigosa la vez que le servían para conocerse a sí mismo, “lo más próximo”. En su persona hallaba un mundo, pero también los rasgos esenciales de la condición humana.
Aquel hombrecillo orgulloso y atento, inteligente y lúcido, buen conversador y que, aparte de recluirse entre sus libros, viajó por Alemania e Italia, había recibido de su padre una exquisita educación según principios erasmistas, y aprendió a cultivar su espíritu, sin prejuicios a la hora de pensar. Tolerante y precavido, brilló como una estrella solitaria en medio de la noche de una Francia oscurecida por brutales guerras de religión, en donde el crimen y las pestes eran moneda corriente. Filósofo sin academia, huyó de las abstracciones metafísicas y se limitó a comprender lo tangible y real. “Filosofar es aprender a morir”, suele ser su apotegma más citado, pero significa que primero hay que aprender a vivir con naturalidad, sin temor a ese final que es irremediable; una vida plena y lo más satisfactoria posible, evitando el mal, conducirá a una muerte digna.
Es probable que Shakespeare leyera Los ensayos, que, entre otros pensadores y literatos, influyeron mucho en Descartes y Pascal, Goethe y Emerson. Flaubert depositó el libro en el regazo de George Sand diciéndole: “Léelo de principio a fin y cuando termines vuelve a leerlo, es una maravilla”. Nietzsche sostuvo que en compañía de Montaigne la existencia le resultaría más soportable. Y Proust fue también uno de los más conspicuos herederos de quien, como él mismo, continuó escribiendo su obra hasta la misma hora de su muerte.
Los ensayos aparecieron en vida de Montaigne y gozaron de éxito. Captaron la atención de las mentes más abiertas de la época. Sin descreer de la fe católica ni atacarla, allí se incubaban los gérmenes de la revolución secular, hasta tal punto que, andando el tiempo, la Iglesia incluiría la obra en el Índice de libros prohibidos; el hedonismo, el sentido común humanista, el cultivo de la individualidad y, en suma, la modernidad que despedían chocaban con los intereses de la curia romana, siempre ávida de dogmas.
Zweig: Montaigne
Una culta joven parisina, Marie de Gournay, leyó a sus diecinueve años la segunda edición de Los ensayos y quedó prendada de ellos y del autor, a quien conocería cinco años más tarde y con el que trabó una singular relación. Montaigne, ya casi sexagenario, adoptó a Marie como hija, se convirtió en su guía intelectual y quizás hasta se amaron; lo cierto es que fue ella la encargada de reeditar la obra del maestro al morir éste, lanzando en 1695 una edición póstuma de Los ensayos basada en las anotaciones e indicaciones que dejó Montaigne. Esta edición fue considerada fiel y canónica hasta que, en el siglo XX, Fortunat Strowski estableció una nueva según un ejemplar de la obra descubierto en Burdeos, datado en 1588, con anotaciones manuscritas de Montaigne; entonces la edición de Gourney fue relegada. Sin embargo, especialistas como Antoine Compagnon han optado por reeditarla, entendiendo que es más completa y fiel a la última voluntad de su autor. Ésta es la que ahora publica Acantilado, superando con mucho a cualquiera de las escasas ediciones castellanas de las que disponemos. En resumen, una obra espléndida, editada con esmero, bien traducida y anotada, que tanto sirve al especialista como al lector común.
Junto a la extraordinaria edición de Los ensayos, Acantilado publica en volumen independiente la expresiva y ágil monografía que Stefan Zweig dedicó a su autor, la mejor introducción a su lectura; Zweig, humanista solitario en tiempos de indigencia, nunca se cansó de proclamar la necesidad del pensamiento individual y libre frente a las imposiciones totalizadoras de ideologías y demás locuras gregarias: el íntegro Montaigne fue su modelo. Luis Fernando Moreno Claros



jueves, 9 de abril de 2020

Literatura para un confinamiento: Los diarios de Victor Klemperer



La literatura es una gran compañera para un largo confinamiento. Rescataré algunas de mis reseñas antiguas para recomendar libros que no pasan nunca de moda; aunque no sean recientes, son relativamente fáciles de encontrar en librerías (de fondo, virtuales o de viejo); y hasta quizá haya alguien que los compró recién publicados y no ha tenido tiempo de leerlos como se merecen. Hoy recupero tres reseñas que publicó "Babelia" en su día sobre los extraordinarios diarios del judío-alemán Victor Klemperer, de su libro La lengua del Tercer Reich y de un curso de literatura. El bueno de Klemperer tuvo que vivir un confinamiento prolongado, pero además bajo la amenaza de no salir vivo de él. Sobrevivió de milagro. Cuenta su peripecia en este extraordinario testimonio. 

[Nota: los Diarios de Klemperer están agotados o a precios desorbitados de segunda mano. Hace falta una reedición]


Cronista del horror

Victor Klemperer




Cuando en 1995 se publicaron en Alemania los dos tomos de diarios del judío alemán Victor Klemperer (1881-1960) correspondientes al periodo nacionalsocialista, la acogida de crítica y público fue extraordinaria. El éxito se internacionalizó con su traducción al inglés y, con ello, el nombre de Klemperer, tal como en su día el de Ana Frank, se convirtió en símbolo de la resistencia del "individuo privado" contra la aplastante maquinaria del terror instituido y legalizado por un Estado criminal.

En España conocemos ya de este autor su obra LTI (Lingua tertii imperii), un estudio ameno y devastador de la lengua del Tercer Reich  (Minúscula, 2001), conocido en Europa, desde su publicación en 1947 como una joya del antitotalitarismo. Los dos magníficos volúmenes que ahora publican Galaxia y Círculo, en excelente traducción de Carmen Gauger, enriquecen incluso la cuidada edición alemana, pues la traductora ha añadido a las numerosas notas explicativas del original otras muy atinadas, dirigidas al lector hispanohablante. Por lo demás, estos diarios representan un acontecimiento en un panorama literario dominado por lo anecdótico o lo circunstancial. 
Diarios. Victor Klemperer, 2 vols.
La experiencia de Klemperer dista mucho de ser una historia más de supervivencia en un campo de concentración. Junto a su esposa Eva Schlemmer, una mujer "aria", pianista de profesión y que rehusó divorciarse de su marido cuando las autoridades del régimen de Hitler la invitaron a ello con toda clase de facilidades, este hombrecillo lúcido y observador padecería un tortuoso calvario sin salir de su propia ciudad, Dresde. Allí impartía clases de filología románica en la Escuela Técnica Superior hasta que en 1935 las leyes raciales antijudías lo obligaron a jubilarse.
En 1933, cuando Hitler accedió al poder, el profesor Klemperer era respetado entre sus colegas y estimado por sus alumnos.  Benedetto Croce, que lo trató en Roma, afirmó de él que era el "típico profesor alemán": serio, eficaz y consciente de su deber; limitado en cierto sentido, pero excelente dentro de los márgenes de su especialidad. Había publicado correctos manuales de consulta, entre los que destacan la Historia de la literatura francesa en los siglos XIX y XX , además de su monografía sobre Corneille. Antes de habilitarse en Múnich con el célebre romanista Karl Vossler, trabajó como periodista y escritor independiente, publicando incluso algunos volúmenes de relatos breves. 
Klemperer comenzó a escribir dietarios en su primera juventud, en 1897, siendo empleado en una tienda de complementos. En un principio, anotaba los argumentos para futuras novelas; más adelante, fueron un vivero imprescindible de observaciones e ideas, tan esenciales para su formación como el estudio y la lectura. Acostumbrado, pues, a escudriñar la realidad con ojos de experto, que extrae de cuanto acontece lecciones para su propia formación intelectual, y gran lector de pensadores franceses como Montesquieau, Rousseau o Voltaire, Klemperer se aferró a sus anotaciones diarias al llegar la barbarie. Con tenacidad, a veces de manera telegráfica y otras a modo de relato recopilatorio de varios días, tomaba nota, sobre todo, del horror que lo rodeaba en un mundo que se había vuelto loco. Su testimonio documenta por primera vez de forma exhaustiva el infierno de la vida cotidiana en el Tercer Reich. 
Gracias a su condición de judío "privilegiado", merced a que su matrimonio fue catalogado como "mixto" por las autoridades nazis, el profesor gozó de cierto respiro en los primeros años del régimen. Al amparo de esa circunstancia favorable aunque provisional, Klemperer escudriñó con suma clarividencia y rotundidad la demencia nacionalista que convirtió a un país civilizado en una cárcel donde reinaban la arbitrariedad y la ley de la selva y en la que tan víctimas eran los judíos como muchos "arios". Su diagnóstico, mediante el que trata de comprender la naturaleza del régimen totalitario a través de los inquietantes signos externos que observaba a su alrededor, constituye uno de los análisis más lúcidos del nazismo y, por extensión, de cualquier régimen totalitario.
Hitler y sus "patéticos bramidos de predicador" obnubilaron a las masas que, enceguecidas, ignoraban lo que se les avecinaba. "Impresiona ver cómo, día tras día, sin el menor rebozo, salen en calidad de decretos la pura fuerza bruta, la violación de la ley, la más repugnante hipocresía, la más brutal bajeza de espíritu", escribe Klemperer, quien también advirtió la verdadera esencia del nazismo. Con su fanfarronería cervecera, sus  proclamas grandilocuentes y eslóganes facilones, los nazis eran tan sólo una banda de criminales, de acomplejados y perturbados mentales que vivían en un mundo autista, y exento de matices. Su proverbial incultura se oponía por antonomasia a la tradición de la gran cultura alemana, heredera del más puro humanismo europeo. Klemperer, que se sentía alemán hasta la médula, proclamó con desdén que los nazis no eran alemanes, sino los únicos enemigos de Alemania.
Día a día, conforme el régimen iba arrojando sus máscaras y decretando leyes cada vez más vergonzosas, la vida de los Klemperer se tornó más angustiosa. Una serie de paulatinas prohibiciones absurdas —desde pasearse por parques públicos, comprar flores, fumar, viajar en autobús o en taxi, escribir, leer, poseer animales de compañía o coser y cortarse el cabello— convirtió la existencia del matrimonio en una prolongada tortura. Se les privó de su casa y de su coche —a los judíos se les retiró el carnet de conducir—, así que tuvieron que trasladarse con todas sus pertenencias a una "casa de judíos", donde tuvieron que someterse a toda clase de vejaciones por parte de la Gestapo. Las apasionadas lecturas a escondidas así como sus anotaciones, que Eva ocultaba después arriesgando la vida, mantuvieron a Klemperer con ánimos para seguir resistiendo. Sabía que su tarea se sustentaba en un imperativo moral: dar testimonio y consignar la crónica negra de aquel régimen demoníaco hasta el final.  
Los diarios concluyen en junio de 1945, con una Dresde devastada bajo toneladas de bombas aliadas. La hecatombe de la ciudad significó la salvación de los Klemperer, que un día u otro habrían sido deportados a un campo de exterminio. Al terminar la guerra recuperaron sus propiedades y el profesor volvió a impartir sus clases. Inducido por el odio a los nazis, por reacción, ingresó en el Partido Comunista Alemán, aunque temiendo que, con el tiempo, el régimen prosoviético fuera a diferenciarse escasamente del hitleriano. Tras observar en la calle un enorme cartel del "Mariscal Stalin", Klemperer anotó con agrio escepticismo: "Muy bien podría ser Hermann Göring". Pero esto pertenece ya a otra nueva época de su vida y a los diarios de 1945-1959. 
Luis Fernando Moreno Claros


In lingua veritas

Aparte de la narración de los penosos avatares cotidianos, quizás lo más aleccionador de los diarios de Klemperer sean sus singulares reflexiones sobre el lenguaje del Tercer Reich. El perspicaz profesor comprendió enseguida que la más sutil de las estrategias del nuevo régimen para dominar a la opinión pública y la mente del ciudadano privado consistía en acuñar nuevos términos lingüísticos que, poco a poco, iban inoculándose en los cerebros de todos —víctimas y verdugos— como mínimas dosis de arsénico, a largo plazo tan letales como la fuerza bruta de las órdenes y los decretos. 
La lengua del Tercer Reich
Un gobierno sustentado en las mentiras propaladas por un partido político de una ideología basada en la ficción y la irrealidad, tenía que recurrir a un lenguaje totalizador que otorgase visos de credibilidad a una política criminal. Klemperer desenmascaró el engaño ideado principalmente por el doctor Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler y, curiosamente, también filólogo de formación.
"El lenguaje del Tercer Reich no me deja en paz", escribirá el futuro autor de  LTI. "La verdad habla por sí misma, pero la mentira habla por la prensa y la radio". Ahora bien, como Klemperer sabía que la misión de la lengua es "sacar la verdad a la luz" y que todo lenguaje, aunque sea a través de mentiras, "descubre la verdad", confiaba que sólo analizando los nuevos términos, desde las consignas hasta las siglas que invadieron la nación por doquier, extraería la "esencia criminal del hitlerismo", cuya hybris  medular era el "odio de aldea contra el rascacielos". Así, frente al sinsentido de la ideología nazi, Klemperer se aferró al uso de las palabras acuñadas por la tradición, el símbolo evidente de la vida real. Se esmeró por escribir con exactitud, en buen alemán correcto y fiable: evitando usar las capciosas palabras de los nuevos amos eludiría sus trampas y podría vencerlos. L.F.M.C.




El judío Victor Klemperer (1881-1960) era catedrático de literatura francesa en Dresde cuando Hitler accedió al poder en Alemania. En 1935 lo expulsaron de su cátedra y no lo mandaron a un campo de concentración porque su esposa, la pianista Eva Schlemmer, era de pura sangre aria. Como ésta no quiso divorciarse de su marido, ambos fueron confinados en una “casa especial” destinada a albergar matrimonios “mixtos”, en Dresde. Klemperer residió allí hasta 1945, cuando la ciudad fue arrasada por las bombas aliadas. Desde el comienzo de su existencia en semicautividad llevó un diario en el que anotaba los avatares de la vida cotidiana en el III Reich desde una óptica novedosa: la del judío que, perdidos sus derechos de ciudadano, sufría el confinamiento en una ciudad donde la vida normal le estaba prohibida. Quiero dar testimonio hasta el final es el título bajo el que aparecieron estos diarios en Alemania, en 1995, con un éxito arrollador (en castellano los publicó Galaxia/Círculo). De inexcusable lectura es también el extraordinario libro que el destituido profesor dedicó al análisis del lenguaje de los nazis: LTI  La lengua del Tercer Reich (Minúscula). Sólo por estos dos títulos Klemperer ocupa un lugar destacado entre los grandes testigos/autores del siglo XX.
            
Literatura universal, Klemperer
Si algo revelan las dos obras mencionadas es la cordial inteligencia y la preocupación humanística de su autor; lo mismo se advierte en sus escritos académicos. Doctor en románicas, filólogo y especialista en literatura europea, Klemperer había publicado numerosos escritos antes de la era nazi, incluso relatos literarios, aparte de sus obras académicas; y después de 1945, colmado de honores en la RDA, continuó publicando estudios relacionados con su especialidad. Sin destacar por una especial originalidad en el contenido, sus obras académicas brillan, sin embargo, por su coherencia expositiva y su claridad; ejemplares son sus espléndidas monografías de Montesquieu, Rousseau y Voltaire o su historia de la literatura francesa en cinco tomos.
Acantilado presenta ahora en excelente traducción este breve y modélico ensayo literario de 1929. Klemperer parte del evanescente concepto de “literatura universal” esbozado por Goethe en conversación con Eckermann —“hay que dejar a un lado las literaturas nacionales y elevarse más allá de ellas hacia un ámbito universal”—, con el propósito de dilucidar su evolución y pervivencia a lo largo de la historia de la literatura en Europa, desde mediados del siglo XIX hasta la época posterior a la I Guerra Mundial. ¿Hay una literatura universal en el sentido goetheano?, se pregunta Klemperer; ¿es lo peculiar y exclusivo de cada país algo que competa a toda la humanidad? Y si esa supuesta literatura universal existe, ¿acaso no tendrá que ser poseedora y transmisora de una ética global que hermane a los seres humanos en un único sentimiento común de paz, bondad y belleza? La formidable cultura cosmopolita y humanista de Klemperer, así como su ágil manera de explicarse dotan de interés a un tema que lo conduce hasta introducirse en la esencia de obras fundamentales de Unamuno, Pirandello o Joyce. Lo alemán, lo romántico, lo francés, lo español… ¿hasta qué punto dota todo ello de universalidad a la literatura?
Lectura obligada, pues, tanto para lectores interesados en teoría literaria como para cuantos admiren los diarios de este hombre humilde y sabio, a quien en sus momentos más terribles lo salvó de la desesperación, además del amor que profesaba a su querida esposa, la confianza en la grandeza humana que veía expresada en la gran literatura de todos los tiempos. 
L. F. M. C.