domingo, 22 de abril de 2018

Especial Stefan Zweig: algunas reseñas recuperadas

Recuperamos una serie de reseñas de libros de Stefan Zweig firmadas por Luis Fernando Moreno Claros, aparecidas hace ya unos años en el suplemento cultural ABC Cultural (diario ABC) y en el suplemento cultural Babelia (diario El País). La afición y el entusiasmo en España por la obra de Stefan Zweig no decrece, sino que incluso aumenta cuanto más lectores la conocen; por eso no resultará baladí recordar aquí algunas de las reseñas que sin duda ayudaron a animar tal entusiasmo.


ABC Cultural publicó el siguiente artículo y la reseña que lo acompaña ( La piedad peligrosa) el sábado 5 de junio de 1999, con él dio comienzo la recuperación de la obra de Stefan Zweig en España.


Stefan Zweig: escritor de éxito,
ciudadano del mundo y pacifista


Stefan Zweig en 1900



En las décadas de los años veinte y treinta del presente siglo, Stefan Zweig (1881-1942) era el escritor más célebre de Europa. Conocido prácticamente en cualquier punto del globo, las tiradas de sus libros se multiplicaban sin cesar mientras se traducían a más de cincuenta lenguas. Thomas Mann afirmó en 1954 que, desde los tiempos de Erasmo, ningún otro autor europeo había llegado a ser tan leído ni tan popular como este austriaco de origen judío. Hijo de un acaudalado hombre de negocios establecido en Viena, Zweig pudo dedicarse desde muy joven a la literatura con el consentimiento y el amparo de su padre. Publicó artículos, poemas y reseñas en los mejores periódicos de la activa capital de los Habsburgo; simultáneamente se doctoró en filosofía y literatura y viajó sin cesar por toda Europa trabando amistad con las personalidades más relevantes del mundo cultural del viejo continente (Verhaeren, Rolland, Rilke; luego, Freud, Hesse, Mann, Gorki). Desde muy joven, profesó el europeísmo y el cosmopolitismo; consideraba que ningún ser humano merecía ser despreciado a causa de su origen, religión u otras particularidades suyas o de su nación. 

Como judío, sostuvo que la diáspora había fomentado la integración de los de su raza en el mundo; miraba con recelo el sionismo, que pretendía crear una nación judía, aglutinar a sus miembros y, diferenciándolos, predisponerlos al enfrentamiento con otras naciones. Zweig era pacifista, creyó en el ideal de Tólstoi y en la posibilidad de una paz duradera para Europa si triunfaba en ella la cultura y se superaban los odios nacionales. Pensaba en la creación de una «república espiritual» de las artes, las ciencias y las letras, que indudablemente vencería a la otra de los estadistas absurdos y la sinrazón. Sin embargo, durante los sesenta años que duró su vida, Zweig tuvo ocasión de asistir al paulatino desmoronamiento de sus ideales. 

La Gran Guerra de 1914 aniquiló las antiguas monarquías y destruyó definitivamente un mundo que ya no habría de regresar jamás. Pese a ello, Stefan Zweig se esforzó por alentar a sus congéneres en la necesidad de una fe aún más intensa en la potencia creadora de los seres humanos, pues sólo esta fuerza podría oponerse al poder ciego y destructivo que había conducido al embrutecimiento del espíritu. A semejanza de Goethe, Zweig cifraba su apasionado amor por la existencia en esa curiosidad y esa admiración incesantes suscitadas por el milagro humano de engendrar y concebir. Tras la catástrofe bélica, la imagen del hombre creador lo obsesionaba, pues sólo en él veía la potencia capaz de hacer avanzar a la Humanidad hacia nuevos horizontes. Aunque el espíritu de la cultura hubiera sido derrotado un vez más por las fuerzas del mal, el ejemplo de los artífices de tal espíritu seguía aún vivo tras la derrota. De ahí su interés por la gran literatura y los grandes creadores de todas las épocas, entre los que contaba a Balzac, Dostoyevski, Nietzsche, Hölderlin o Dickens. Entre 1925 y 1940, Zweig dio al mundo lo mejor de su producción literaria: apasionadas biografías de personajes históricos como Fouché, María Antonieta o Erasmo de Rotterdam, ensayos como los célebres sobre Mary Baker, Freud o Montaigne y un número considerable de relatos apasionantes en la más pura tradición novelística de los grandes narradores del siglo XIX y la corriente literaria austriaca encabezada por Schnitzler. Su estilo sobrio y ágil, la fuerza psicológica de sus argumentos y la incisión con la que trata a sus personajes, le depararon un éxito desconocido hasta entonces por otros escritores de su generación. 

Cuando los nazis accedieron al poder y en las ciudades universitarias alemanas comenzaron a arder piras de libros proscritos por el régimen, también se inmolaron las obras de Stefan Zweig; sólo en contadas bibliotecas, ocultos en el denominado «armario de los envenenados», se consignaron algunos ejemplares para uso «científico», esto es, a fin de que los necios eruditos a sueldo de aquel Estado fantoche los denostaran y escribieran mamotretos plagados de injurias acerca de la insania de un autor «no alemán», «ajeno al nuevo espíritu germánico». En 1934, la hermosa villa que Zweig poseía en Salzburgo, que constituía un centro de atracción de las más grandes personalidades de la época (Joyce, Wells, Werfel, Valéry, Richard Strauss, Alban Berg, Bruno Walter o Toscanini son sólo un ejemplo de quienes la visitaron), fue prácticamente asaltada y registrada salvajemente por la policía secreta que acusaba al pacifista Zweig de tráfico de armas para instigar un levantamiento socialista. 


El escritor se sintió impotente ante el vandalismo y la arbitrariedad de la acción, y desde ese momento sospechó la inminencia de la tragedia que se cernía no ya sobre Alemania y Austria, sino también que amenazaba a Europa entera. Decidió establecerse en Londres. Pero cuando estalló la Segunda Guerra Mundial también en esa nación sintió cómo lo consideraban un «enemigo de habla alemana» y emigró a los Estados Unidos, donde hizo lo imposible por organizar la salvación de muchos de sus compatriotas. A sus sesenta años, en 1942, y a pesar de todos sus esfuerzos y sus luchas, era ya un hombre que descreía de la fortaleza humana para rechazar y superar el mal. Los espectaculares avances del ejército alemán en la piel de Europa lo sumían en la depresión y la angustia perpetuas; a ello se añadía la pérdida de libertad para viajar por las amadas ciudades del querido y viejo continente. Exiliado en un Brasil que lo había acogido como a un héroe nacional, se sentía prisionero y alejado de un mundo que se quebraba sin remedio: lejos de sus amigos, sin ni siquiera libros que consultar, decidió que si otros eran dueños de su vida, sólo él lo era de su muerte. Acompañado de su segunda mujer, Lotte Altmann, el día 22 de febrero de 1942, ambos se quitaron la vida ingiriendo veronal.
                                                                                       

Apasionante melodrama


Stefan Zweig
Versión castellana de Carlos Fortea.
Editorial Debate, Madrid, 1999.

[Nueva edición: Impaciencia del corazón, trad. de Joan FontcubertaAcantilado]

Edición en Debate
«La piedad peligrosa» es el título bajo el que se publicó la novela Ungeduld des HerzensImpaciencia del corazón») en su versión inglesa, el año 1939; apareció simultáneamente, en Londres, Ámsterdam y Estocolmo. Se trata de la obra de ficción más extensa de toda la narrativa de Stefan Zweig, que se compone más bien de relatos largos o, si se prefiere, de novelas cortas. «La piedad peligrosa» es, ante todo, un homenaje a un mundo quebrado: la Austria de los Habsburgo; además, en ella se retratan unos ideales caducos, predominantes en una sociedad clasista e inhibida en la que, sobre todas las cosas, predominaba la futilidad de aquéllos antes que el sentido común, la reflexión o el interés por descubrir las verdades interiores que individualizan y liberan a los seres humanos. 

En su obrar narrativo, Zweig acostumbra elegir como personaje principal de sus relatos a un hombre o a una mujer «normales» e insignificantes en apariencia y pertenecientes por lo general al mundo de la burguesía acomodada o de una clase media pudiente y habitante de la gran ciudad. Éstos, a partir de un suceso o un encuentro inesperado en sus vidas, sufren una transformación interior que, poco a poco, los incita a tomar conciencia de su índole más íntima. Por lo general, suele ser este viraje hacia la lucidez, unido al empuje de los hechos circunstanciales, lo que proporciona coherencia y sentido a las acciones extremas de los personajes. El genio fabulador de Zweig, unido a su agudeza y talento psicológico, logra que tal metamorfosis interior se adhiera como un elemento más de intriga y suspense a la acción externa y que el lector «sufra» como una peripecia propia la experiencia vital del personaje. 


ABC Cultural, nº 391, sábado 5 de junio de 1999, pág. 8

La novela que nos ocupa es un claro ejemplo de ello. Por otra parte, nada superfluo se interpone entre la trama y la atención del lector, ni descripciones tediosas ni digresiones intelectuales, sólo la acción trepidante, tanto exterior como íntima, de un alma abandonada al descubrimiento de sí misma y de sus debilidades. Zweig se propuso esta vez describir también a través de su protagonista la psicología de un carácter austríaco típico del período inmediatamente anterior al estallido de la primera Gran Guerra, época en la que, tras el optimismo suscitado por los adelantos técnicos que abarrotaban el siglo, asomaba cada vez más la podredumbre moral de una sociedad que se negaba a reconocer la pérdida de sus vínculos con unos ideales que únicamente se mantenían en pie ya como vanas máscaras. Representante, pues, de ese mundo aún aparentemente hermoso es el joven teniente Hofmiller, el cual será, a su vez, el narrador omnisciente del relato y quien abra el interior de su alma al escrutinio del lector. Aclamado como héroe por su valor bélico una vez concluida la guerra europea, el militar fue, sin embargo, un hombre poco heroico en su dimensión humana. Quien recuerde el final de «La montaña mágica» de Thomas Mann, advertirá que Hans Castorp se lanza gozoso al campo de batalla para suplir con el ajetreo y el riesgo de la guerra la falta de sentido de su vida civil. Hofmiller se transforma también en héroe porque previamente ha fracasado como ser humano. Es el teniente, un hombre elegante enfundado en su impecable uniforme, alegre camarada, un tanto inconsciente y fatuo. Nunca se ha revelado contra lo establecido y ni siquiera ha meditado esa posibilidad, ni tampoco ha tenido jamás por qué. Pero un día ocurre en su vida lo inesperado, eso que Goethe caracterizó como condición indispensable para el nacimiento de una buena historia. Hallándose acuartelado en una pequeña guarnición en algún lugar de Hungría, se aburre lo indecible hasta que una noche es invitado a cenar por la familia Von Kekesfalva, de gran categoría social, y en cuya casa solariega los agraciados huéspedes creían hallarse «como en la Corte». La velada transcurre alegremente. El joven se achispa un poco y baila y se siente embargado de optimismo y felicidad. De súbito lo asalta una idea. Recuerda vagamente que al comienzo de la fiesta le fue presentada la hija del anfitrión y que aún no la ha invitado a bailar, lo cual se le antoja en ese momento una insólita descortesía. Ni corto ni perezoso se acerca a la joven que se halla un tanto retirada del bullicio, sentada en otro aposento desde el que contempla a los bailarines. Por desgracia, el jovial teniente no ha podido percatarse de que la joven a quien desea agasajar con su gesto es una inválida. La muchacha reacciona de forma adversa; el oficial, abrumado por la vergüenza, huye a refugiarse en el cuartel. Pero a la mañana siguiente decide disculparse y remediar en lo posible su torpe comportamiento. 


La impaciencia del corazón
Únicamente el mejor Dostoyevski, los más soberbios Turguenev o Chéjov habrían sido capaces de tramar lo que prosigue. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitan vertiginosamente. Edith von Kekesfalva resulta ser un personaje malcriado, de una voluntad caprichosa, que desde su postración tiraniza a quienes la rodean. Su padre, un anciano judío millonario, llevado por su ilimitado afán de agradarla, le concede todo cuanto pide y, en el colmo de la dependencia, se rebaja hasta el punto de solicitar de los demás que actúen como él. Hofmiller, empujado siempre por el afán de agradar, dejándose arrastrar por súbitos arrebatos sentimentales, por esa su «impaciencia del corazón», va poco a poco adentrándose en una tela de araña que él mismo contribuye a tejer. Las concesiones a las que se presta el joven para con el padre y la hija las motiva únicamente su afán de huir de ese desgarro del alma de carácter momentáneo que le suscita la conmiseración por Edith y el anciano judío. Sólo esa piedad, que se torna a la postre demasiado peligrosa, obnubila la voluntad del teniente que, atenazado por un maremagno de sentimientos, es incapaz de cualquier razonamiento lógico y objetivo; sus reflexiones se someten al vaivén de sus arrebatos emocionales y así, sin él quererlo, termina provocando un daño irreparable. Luego, cuando llega el arrepentimiento, es ya demasiado tarde. Hofmiller obtiene así su revés vital y, de golpe, también el esclarecimiento y la desnudez de la esencia de su ser. Frente a esa labilidad del teniente, la carencia de severidad del padre y la tiranía de la hija se alza una figura extraordinaria: el doctor Condor. Sólo él sabe cómo tratar con su propio sentimiento de compasión, y es capaz de mantener la cabeza fría y de actuar con severidad cuando hay que hacerlo; no obstante, también el sensato médico acaba haciendo concesiones. Con el Nacionalsocialismo devorando Europa en la época en que Zweig escribió la novela, nada es tan fácil como establecer a posteriori algunos paralelismos. Muchos fueron también los que entonces se dejaron arrastrar a la catástrofe apasionadamente, ofuscada su razón por sus sentimientos e ignorantes de toda reflexión; luego, tuvieron que lamentarlo. Consideraciones ociosas aparte, Zweig acertó si pretendía describir unos caracteres humanos que, debido a su universalidad, fácilmente se convirtieran en arquetipos. «La piedad peligrosa» (particularmente prefiero el título «Impaciencia del corazón»), novela clásica en todos los sentidos, resulta apasionante. Un melodrama de la mejor clase, cuyos episodios, magistralmente trabados, perduran vigorosamente en la memoria e incitan voluptuosamente a volverlos a saborear.
         
Hay que recuperar a este gran escritor que fue Zweig, postergado y casi olvidado en nuestro país en las últimas décadas; tanto su obra ensayística como sus magníficos relatos (la mayor parte de ellos llevados a la pantalla), «Novela de ajedrez», «Amok», «Veinticuatro horas en la vida de una mujer», «Ardiente secreto», «Miedo»… y su interesante autobiografía: El mundo de ayer, son piezas magistrales de suspense psicológico. La aparente sencillez de sus argumentos oculta siempre una serie de sorpresas y transforman lo cotidiano en un problema humano de primer orden. Actualmente, la Editorial Juventud desempolva sus viejas traducciones, esperemos que Espasa Calpe haga otro tanto con las que posee en su catálogo. Carlos Fortea, con su excelente traducción, no desdora en lo más mínimo la intensidad y el vigor, la velocidad y la sencillez del ritmo y el estilo de la prosa original de Zweig: su versión es magnífica en todos los sentidos. Buen comienzo para una posible recuperación. [1999]

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Tres fanáticos del infinito


Stefan Zweig
Traducción de Joaquín Verdaguer
Acantilado. Barcelona, 1999.

Uno de los primeros éxitos de ventas con los que comenzó la fama europea de Stefan Zweig –autor que parece gozar de una justa recuperación editorial en nuestro país– lo constituyó una pequeña obra titulada Tres maestros (Leipzig, 1921). Contenía tres ensayos biográficos de corta extensión dedicados a Balzac, Dickens y Dostoyewski, y era la primera entrega de un ciclo ensayístico titulado Baumeister der Welt, «constructores (o arquitectos) del mundo». Las dos partes restantes aparecerían en 1925 y 1928 respectivamente, bajo los epígrafes: La lucha contra el demonio, que contenía otros tantos ensayos dedicados a Hölderlin, Kleist y Nietzsche, y Tres poetas de sus vidas, donde Zweig celebraba esta vez las figuras de Casanova, Stendhal y Tólstoi. El autor austríaco se proponía atraer la atención del público sobre la particular psicología de la personalidad creadora, que abordaba desde una perspectiva subjetiva de intérprete y admirador apasionado. Zweig, amante de las miniaturas históricas y los retratos literarios, describía los entresijos de la personalidad creadora, las diversas formas que el carácter del genio artístico –en este caso, literario-poético– adoptaba para expresarse y que podían ser diferenciadas casi tipológicamente sólo con estudiar las vidas de unos cuantos autores, a quienes Zweig consideraba  verdaderos «épicos espirituales».
Hölderlin, Nietzsche, Kleist
         Con una claridad de ideas poco común, característica principal de la escritura de Zweig, que en ocasiones suele confundirse con superficialidad de diletante, esos nueve ensayos biográficos  eran, ante todo, un homenaje a la personalidad creadora, una descripción de las intensas emociones y el sufrimiento que son inseparables de esos gigantes espirituales sin cuya existencia el mundo sería menos rico de lo que es. El análisis detallado de la obra de los autores elegidos pasaba a ser una cuestión secundaria en comparación con la relevancia del análisis psicológico de cada uno de ellos; su personalidad, que era siempre singular, distinta de las mentalidades dominantes en sus épocas, cobraba tal importancia para Zweig que, en su opinión, era sólo ésta la que determinaba el trazo general de las obras creadas. Sumergirse en las revueltas aguas de las personalidades de estos hombres geniales iluminaba las interpretaciones de sus obras, además de constituir una verdadera revelación para conocer los intersticios del universo psicológico humano. En claro antagonismo con su gran amigo Sigmund Freud, que veía «enfermos mentales» por todas partes, Zweig analizaba la aflicción nerviosa, la «manía» creadora y sus síntomas como verdaderos dones divinos al manifestarse en caracteres tan especiales, acaso de orden «superior».
         Cada tríada de autores elegidos por Zweig poseía cierto denominador común que los acercaba y servía para ubicarlos dentro de la idea general de un tipo paradigmático de personalidad creadora; así, Balzac, Dickens y Dostoyewski encarnarían el tipo de los maestros novelistas por antonomasia, de personalidad arrolladora, geniales y meticulosos observadores de la realidad exterior y los caracteres humanos. Casanova, Stendhal y el conde Tólstoi presentarían personalidades más hedonistas, devotas de sí mismas y de sus sensaciones, pero que supieron extraer de sus vidas y avatares grandes testimonios literarios; finalmente, Hölderlin, Kleist y Nietzsche pertenecerían al tipo de seres vapuleados por su demonio interior, los «fanáticos del infinito», personalidades cautivas de su sensibilidad y de la abundancia, del exceso de sus mentes, incesantes productoras de ideas excéntricas y vigorosas, condenadas a la embriaguez, a la enfermedad psíquica que destroza su voluntad cuando ya han dado lo mejor de sí mismos para luego, exhaustos, precipitarse al abismo de la locura o el suicidio. Quizá sean precisamente los ensayos incluidos en La lucha con el demonio los más logrados. Pintan la personalidad de tres verdaderos desarraigados, incomprendidos en vida, desposeídos de cuando hace soportable la existencia: una familia, una profesión, una patria en la que afincarse. El demonio que acecha a todo creador, que para Zweig se encarnaría en esa fuerza que pugna por elevarlo sobre el mundo de lo cotidiano y lo induce a describir o a interpretar la realidad, a ir más allá de las apariencias –cada cual en proporción a sus medios y sus dotes– y que la mayoría de los creadores son capaces de dominar, se apoderó de esta tríada de desesperados, que al pactar con él, se olvidaron de sí mismos.
         Hölderlin, autor de ese magnífico y delirante idearium que es Hiperión y considerado por muchos como el poeta alemán más grande de todos los tiempos, fue un ser incapaz de tener los pies sobre la tierra. El ansia de pureza que lo animaba, de libertad en todos los ámbitos a la que su espíritu aspiraba, su idealismo exacerbado, su fe ciega en la poesía, lo convirtieron en un inútil social, en un paria de la razón. Vivió durante casi treinta y siete años prácticamente de la caridad de una humilde familia, recluido en una torre a orillas del Neckar, privado por completo de sus facultades mentales. Heinrich von Kleist, una estrella solitaria en el cielo literario alemán, incapaz de arraigarse en ningún lugar, inducido por su anhelo infinito, por su inquietud existencial, a convertirse en el mayor dramaturgo de su tiempo, acabaría pregonando las delicias de la muerte voluntaria, conminando a sus conocidos a que se suicidasen con él poco antes de acabar consigo mismo de un pistoletazo, a orillas del Wansee berlinés. Y, finalmente, Nietzsche, sin duda uno de los más conspicuos pensadores de todos los tiempos. Su demonio más tiránico fue el insaciable anhelo de verdad que lo embriagaba; su pasión patológica, la sinceridad; un orgullo innato y una férrea seguridad en el poder de su inteligencia acabaron por apartarlo del mundo y condenarlo a la más absoluta soledad, la de quien descubre verdades como martillos, como puños que sólo a él golpean.
         Tales personalidades solitarias, inarmónicas, cuya trayectoria vital termina en tragedia, siempre a disgusto con sus logros artísticos, que consideran meros jalones en una prueba de fuerza con el infinito, la contrapone Zweig a otro tipo de carácter creador: el olímpico y sobrio, representado por Goethe. La suya es una personalidad armónica, que supo descubrir al demonio allí donde se ocultaba: en la embriaguez de la pasión o en la música (en cuyo paroxismo tanto Hölderlin como Nietzsche perdían la voluntad) y cuyo influjo dominó siempre a tiempo huyendo hacia la razón comedida, dirigiendo sus afanes hacia menesteres prácticos como la observación de la Naturaleza y de la vida cotidiana, hacia el hedonismo moderado que procura un adecuado «arte de saber vivir» en el que acabó siendo un maestro. El efecto, el contraste que produce la confrontación del carácter del gran hombre con el apasionamiento de aquellos otros fanáticos espirituales es sumamente aleccionador.
Estos admirables ensayos de Zweig, preñados de subjetivismo, que proporcionan trazos e ideas generales de crucial importancia para la interpretación, supondrán con seguridad un deleite para quienes deseen enfrentarse a la obra de Hölderlin, Kleist y Nietzsche. El perfil que Zweig proporciona sobre cada uno de estos autores, de tono épico, pleno a veces de patetismo, plagado de metáforas, se dirige más a conmover la voluntad y el corazón de los lectores que a estimular una razón a veces excesivamente academicista y a la que no le queda más remedio que elegir entre rendirse o soslayar el cuadro excesivamente vivo de personalidades tan inquietantes. La antigua traducción de Joaquín Verdaguer, recuperada y un tanto remozada para esta edición, contribuye a transmitir fielmente el pathos del que participa la prosa de Zweig, tan vigorosa y accesible. Sería magnífico que a estos tres ensayos ahora recuperados, le siguiesen pronto los seis restantes que completan el ciclo Constructores del mundo.


Obsesión monomaníaca

Stefan Zweig
Traducción de Manuel Lobo.
Acantilado, Barcelona 2000.

[Reseña publicada el sábado 10 de junio de 2000 en ABC Cultural nº 437, pág. 18]
           
Esta pequeña obra maestra que es Novela de ajedrez (Die Schachnovelle) se publicó el año 1942, en Argentina. Stefan Zweig la terminó poco antes de concluir su famosa autobiografía, El mundo de ayer, apenas unos meses antes de quitarse la vida junto a su segunda esposa, en febrero de aquel mismo año, en la ciudad brasileña de Petrópolis. El escritor, uno de los más célebres del mundo por aquellas fechas, había dejado Austria en 1934, partiendo hacia el exilio, cuando la vida de los ciudadanos de origen judío –y la suya particularmente– comenzaba a tornarse insoportable en una Europa dividida casi a partes iguales entre la fascinación y el horror que provocaba el auge de los totalitarismos. La publicación, en plena II Guerra Mundial, de “la última novela del recién desaparecido Zweig” fue celebrada como un gesto postrero de resistencia por parte del escritor frente al terror nazi, como una sutil crítica psicológica del nacionalsocialismo.
Novela de ajedrez
Fue la afición que el autor de Amok sentía por el juego del ajedrez, ya desde la época anterior al exilio y, sobre todo, el hecho de que en Petrópolis adquiriese un libro donde se detallaban las mejores partidas de los grandes maestros y se entretuviese en jugarlas con Lotte, su mujer, lo que le motivó definitivamente para escribir una historia donde aquel juego tuviese el papel principal. Pero el ajedrez es el vehículo mediante el que se expresa el verdadero fondo de la novela, en definitiva, la confrontación de dos mentalidades antagónicas: por un lado, la del individuo autónomo, culto y dotado de espíritu, fiel a los principios de una educación humanista y abierta, y, por otro, la mentalidad obtusa e implacable del ser limitado, contumaz y obsesionado por una sola idea, ciego para otros afanes distintos de cuantos no sean los que le dicta la lógica férrea de su personalidad agarrotada en un entorno intelectual mínimo, reducido y solipsista.
Un narrador omnisciente (claro trasunto del propio Zweig), a bordo de un trasatlántico en ruta desde Nueva York a Buenos Aires, es el encargado de presentarnos, en primer lugar, a Mirko Czentovicz, campeón mundial de ajedrez que se encuentra de gira por el mundo y, un poco más adelante,  al señor B., noble austríaco ex cautivo de los nazis, quien tras su liberación se ha visto obligado a abandonar Europa y parte hacia el exilio. Ambos personajes, que no se conocen entre sí, mantienen, debido a circunstancias muy distintas, una singular relación con el ajedrez.
Czentovicz llama la atención del narrador debido a los chismes que se cuentan sobre lo extraño de su personalidad. Enseguida se nos presenta como un monomaníaco, vanidoso e incapaz de mantener relaciones normales en un mundo donde los demás sólo son para él contrincantes o aclamadores… en suma, es el perfecto retrato de un dictador en miniatura; pero tal nulidad posee el don de jugar al ajedrez con la eficacia de un autómata invencible. El narrador, que no conoce de nada al campeón, enterado de que está en el barco, se siente fascinado por la posibilidad de estudiar más de cerca su psicología; para ello deberá ingeniárselas para entrar en contacto con él, algo que logrará fácilmente sirviéndose del orgullo de un millonario americano que acabará por financiar una partida entre el campeón y un grupo de pasajeros. Mientras Czentovicz, que ha vencido a sus contrincantes en apenas unas pocas jugadas, está a punto de ganarles una segunda partida propuesta y abonada de nuevo por el magnate yanqui, aparece el señor B., que se inmiscuye en el juego y pone en un serio aprieto al campeón mundial… Lo que sucede a partir del encuentro de ambos hombres es tan apasionante que deberá descubrirlo el lector por sí mismo… Baste decir que, antes del desenlace, Zweig introduce una segunda historia en el relato principal mediante la cual explica de dónde surgió la relación de este misterioso señor B. con el ajedrez; en la recreación de dicha historia incide principalmente la estupenda película homónima que el director alemán G. Oswald rodó en 1960.
Este señor B. fue detenido por los nazis y aislado durante meses en una habitación de hotel por sus captores. Al borde mismo de la desesperación, habría caído en la locura si la casualidad no se hubiera cruzado en su camino: durante uno de los fatigosos interrogatorios a los que se le somete periódicamente, logra hacerse con un libro, que resultará ser un manual donde se detallan 150 partidas de ajedrez, que acabará por aprender de memoria y jugar “a ciegas”, esto es, sin la referencia material del tablero; de esta forma conseguirá mantener la lucidez mental que el prolongado encierro pretendía destruir, pero también el ajedrez se convertirá para él en una tarea obsesiva que amenazará con desvincularlo de toda actividad humana normal. El enfrentamiento del austríaco con Czentovicz supondrá otra dura prueba para  la dañada mente de aquel hombre casi destrozado por los sicarios nazis. La mezcla de todos estos elementos logra un relato vigoroso y sumamente entretenido. En contra de la opinión de Zweig, que lo calificó de “muy abstracto para el gusto del gran público”, Novela de ajedrez es la más recordada y popular de las obras del autor austríaco.
Algún crítico ha visto en el campeón Czentovicz un “retrato psicológico de Hitler” y en el señor B., el símbolo de todo lo que aquel criminal mistificador pretendió destruir. Lo que sí se advierte es el eco de ciertas narraciones de E. T. A. Hoffmann, Dumas, Dostoyevski o Schnitzler, autores que trataron de forma magistral tanto la pasión por el juego como este tipo de personalidades psicopáticas, monomaníacas en extremo y cuyo estudio es, a menudo, tan aleccionador para la vida real.

 Pasiones y ocasos


Stefan Zweig
Traducción de J. Fontcuberta
Acantilado, Barcelona, 2003.

El escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) fue un maestro del relato breve, de esa narración intensa que mantiene en vilo al lector desde las primeras líneas. Este nuevo volumen que presenta “Acantilado” —editorial que sigue apostando con éxito por popularizar a un autor que es todo un clásico moderno— contiene varias pequeñas obras maestras, presentadas en nueva y excelente traducción. Bajo el título genérico de “Amok” (“locura”) se recogen siete relatos publicados originalmente en 1922 (Amok. Novellen einer Leidenschaft) y cuyo denominador común es la semejanza del tipo de pasión desaforada que acomete a los personajes que los protagonizan, una excitación nerviosa tan extrema que terminará por conducirlos al delirio exaltado o a la locura.
Amok, Stefan Zweig
En modo alguno se trata de historias cargadas de simbolismo que inviten u obliguen a ser descifradas: Zweig es un maestro de la ficción realista tanto como de la miniatura histórica, siempre directo y comprensible. El lector sólo necesita dejar que la acción lo envuelva y esperar a que ella misma lo arrastre hacia el desenlace. Clásico, pues, en la forma, el propio Zweig admitió al referirse a sus nouvelles que su inveterada inclinación por Balzac y su “comedia humana” ejercieron una clara influencia en estos relatos; por lo demás, es indudable que el autor de El mundo de ayer se sitúa en la mejor tradición de los geniales Poe, Maupassant o Chéjov.
  De entre los siete relatos brilla con luz propia la extraña e inquietante historia “Amok” (su título original es “Der Amokläufer” o “el loco homicida”), considerada como una de las mejores narraciones breves de su autor. Ambientada en Malasia, donde existe la tradición de que la locura ataca inesperadamente al hombre más tranquilo tornándolo repentinamente en un colérico asesino, un médico blanco escéptico e improductivo, afincado en medio de la selva desde hace años, será afectado de una pasión singular a raíz de su encuentro con una arrogante lady inglesa. La atmósfera es sofocante y la tensión psicológica, casi insoportable. “Historia de un ocaso” revive la confusión de una poderosa dama de la Corte de Luis XV, intrigante y casquivana, caída repentinamente en desgracia y desterrada a un castillo alejado de París. “La cruz” es otra magnífica miniatura histórica, esta vez ambientada en la época de la Guerra de la Independencia española e inspirada en Goya y sus “Desastres de la guerra”. En “Leporella”, Zweig crea un personaje femenino de inquietante repugnancia, digno de Henry James. En cuanto a los relatos restantes, “Un vago”, “La calle del claro de luna” y “Episodio en el lago Leman”, describen a tres pobres infelices llevados a la desesperación extrema por la incomprensión de cuantos los rodean.
En suma, Amok es de lectura obligada para los admiradores de Zweig, pero también un medio idóneo para quienes deseen iniciarse en la entretenida y aleccionadora literatura de este gran escritor.

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La dicha de agradecer


Stefan Zweig
El legado de Europa
Traducción de Claudio Gancho.
Acantilado, Barcelona, 2003.


El 22 de febrero de 1942, pocos meses después de terminar su célebre Novela de ajedrez, el escritor austríaco Stefan Zweig se quitaba la vida junto a su segunda esposa, Lotte Altmann, en la ciudad brasileña de Petrópolis. Tenía sesenta y un años y hacía casi una década que había abandonado su patria y el continente europeo, amenazado por el incipiente terror nazi.


El legado de Europa
Brasil fue su último destino después de un largo periplo que lo llevó de Londres a Nueva York y hasta Uruguay. Entre viaje y viaje, Zweig leía en público sus obras e impartía conferencias en instituciones privadas o en congresos de escritores, y en todas partes era recibido como la gran personalidad que era: el autor de fama mundial cuyos libros se vendían por cientos de miles en todos los países del globo, pero, sobre todo, el lúcido pacifista consecuente, el individualista que no militaba en ningún partido, que se mantenía fiel a sí mismo en aquella época de catástrofe.

En 1942, todo lo que Zweig había rechazado y combatido a lo largo de su vida, el obtuso nacionalismo, los análisis irreales de la realidad y, en suma, la estulticia elevada a razón de Estado, lo veía encarnado en los nuevos bárbaros totalitarios alemanes, cuya brutalidad aplastaba cualquier brote de pensamiento libre y autonomía individual en el continente europeo.
Cansado de su vagabundear, Zweig se instaló finalmente en Petrópolis; las noticias que le llegaban de los avances del ejército alemán por Francia, los Países Bajos y hasta de las agresiones aéreas a Inglaterra le hicieron temer lo peor: que el diabólico Leviatán terminaría por adueñarse del mundo entero. Entonces, en aquella tierra amiga pero extraña, el gran cosmopolita comenzó a sentir un profundo desarraigo al saberse desgajado de lo que amaba sobre todas las cosas, al verse privado de aquello que nutría su nervio característico, de aquella Europa sin fronteras de antaño, unida por unos anhelos culturales y unas convicciones que la hacían libre y avanzada, y que parecía haber dejado de existir.
En su aislamiento, disponía de algunos libros, pocos para él, que poseyó tantos volúmenes. Sabemos que en medio del agarrotamiento intelectual de aquel paraíso veraniego, Zweig regresó a Homero, Shakespeare y Goethe; y que también volvió a encontrarse con Montaigne.
De joven había leído los Ensayos sin que le causaran mayor impresión, pero en esta ocasión, cercano ya el ocaso de su vida, sería distinto. El Zweig maduro se sintió seducido de inmediato por la idiosincrasia de aquel Michel de Montaigne (1533-1592), cuya ascendencia semijudía lo había dotado igual que a él de ese sexto sentido para los asuntos del intelecto. En Montaigne vio “un libre penseur y citoyen du monde, de espíritu libre y tolerante, hijo y ciudadano no de una raza ni de una patria, sino un auténtico ciudadano universal, más allá de los países y de los tiempos”. A semejanza de Erasmo o Castellio, aquel hombre independiente, mesurado y original se erigía en figura emblemática de la mejor cultura europea: humanista e ilustrado antes de tiempo, supo ser humano en una época de inhumanidad, en la que también “los fanatismos sociales y nacionales destruían el mundo de un cabo a otro”. El autor de La lucha contra el demonio halló en el gascón un alma gemela. Así que concibió de inmediato la idea de dedicarle uno de sus magistrales estudios históricos.
También Montaigne detestó la sinrazón y la violencia de su tiempo y, horrorizado por la barbarie de las guerras de religión, frente a las matanzas que perpetraban hugonotes y católicos, optó por retirarse del mundo con treinta y ocho años de edad, a fin de emplear el resto de su vida en aquello que merecía la pena: la calmada lectura de los sabios autores antiguos. Encerrado en una torre-biblioteca del castillo familiar con más de mil volúmenes como compañía, Montaigne logró vivir durante casi una década libre de los dolorosos afanes de la época, y compuso sus Ensayos. El atrincheramiento en la “ciudadela” interior fue su forma de buscar la paz en medio de la tempestad mundana. A Zweig, en cierto modo, le hubiera gustado hacer lo mismo, pero no lo soportó: la catástrofe era demasiado gigantesca como para pretender ignorarla.
Una premonición y un aliento fue para Zweig la sentencia de Montaigne sobre la muerte voluntaria, acto extremo de libertad individual: “La vida depende de la voluntad de otros, la muerte, de nuestra voluntad”. Si bien el autor francés murió en su lecho por enfermedad, Zweig, sano y consciente, puso en práctica la máxima: tras una visita al carnaval de Río, y mientras Hitler parecía adueñarse de Europa y amenazaba con dominar el mundo, el escritor y su mujer se suicidaron con veronal. El mensaje que dejó a sus amigos, escrito de su puño y letra, terminaba con estas palabras: “¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá que todavía puedan ver la aurora tras la larga noche! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos”.
Las páginas que dejó escritas sobre Montaigne son espléndidas en su sencillez; Zweig, con su claridad y economía estilística características, rememora al francés con breves y firmes pinceladas, situándolo en medio de su ambiente sin esfuerzo y sin carga alguna para el lector. A cuantos conocen a Montaigne, les incitarán a la relectura de su obra; mientras que quienes aún desconozcan a este autor imprescindible obtendrán una imagen inolvidable del padre de la introspección y la intimidad modernas.
 Junto a «Montaigne», El legado de Europa recoge una miscelánea compuesta por textos más breves: prólogos, reseñas, necrológicas, homenajes, que datan de distintos períodos de la vida de Zweig. El culto editor judío Richard Friedenthal —autor, entre otras obras, de una memorable biografía de Goethe— los reunió en este volumen póstumo (1960) de título tan certero, pues remite, en efecto, a lo mejor del legado europeo, a la cultura de la libertad y el cosmopolitismo, de la tolerancia y la humanidad tan bien representada por Zweig y por los personajes de las letras y la política  a los que éste dedica sus artículos; se trata de una herencia espiritual que nunca dictadura alguna ni terroristas locales o planetarios podrán erradicar.
Encontramos en este volumen varias joyas: una estupenda reseña de Las mil y una noches; los soberbios retratos de Romain Rolland, Walther Rathenau y Jaurès (aprovechados para El mundo de Ayer); el esclarecedor ensayo sobre Jakob Wassermann; los prólogos a los libros japoneses de Lafcadio Hearn y a la novela Niels Lyhne de Jacobsen, así como a un cuento de E.T.A. Hoffmann. Emotivas necrológicas como las dedicadas a Gustav Mahler, Josep Roth, Reiner María Rilke y a otros personajes hoy casi desconocidos pero importantes en la época, tales como el poeta rural Peter Rosegger o el actor Ramuz.
Un denominador común une a todos estos textos, tan variados y amenos: la luminosidad que otorga la dicha de agradecer. Zweig, optimista por naturaleza, europeo infatigable en un continente que carecía de pasaportes y fronteras, que trabó amistad con los intelectuales más relevantes, que sintió curiosidad por todo lo humano, mantuvo siempre la cualidad de recordar la felicidad que le proporcionaron con su sola existencia las personas a las que admiró y los libros que le habían gustado: fue por ellos que su vida mereció vivirse, y sus magníficos artículos dan cabal cuenta de ello.  

Europeo, humanista y cosmopolita



 Stefan Zweig

Traducción de Rosa S. Carbó
Paidós, Barcelona, 2005.

Noche fantástica
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
Acantilado, Barcelona, 2005.


El escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942) consideró al humanista Erasmo de Rotterdam (1467-1536) un modelo intelectual y personal. De él admiraba su mesura, tolerancia y benevolencia naturales, su amor a los libros y la escritura; aunque se sentía ajeno a él en otras cosas —Erasmo era poco sensible a la música y a las bellas artes—, pensaba que el espíritu que animó las reflexiones de aquel ilustrado precoz debía erigirse en símbolo y luz de Europa. Los ideales que el gran humanista ya había propugnado a comienzos del siglo XVI —cultura, sabiduría, razón, lucha contra el oscurantismo y el fanatismo religioso y político— debían ser los propios de un continente cuyo futuro habría de contemplar la unión de todos sus Estados y naciones.
Erasmo de Rotterdam
El buen europeo que fue Zweig, un hombre civilizado, culto, libre y cosmopolita, hijo agraciado de la mejor tradición del “mundo de ayer” anterior a la I Guerra Mundial, veía en las ideas difundidas por Erasmo y el “erasmismo” el código ético, el cuaderno de bitácora que debía servir de proyecto a una Europa unida por ideales comunes que insuflaran vida a un verdadero “todo” supranacional y supralinguístico.
Igual que el pacífico y tranquilo Erasmo en la convulsa época que le tocó vivir, también el pacífico y tranquilo Zweig temía el fanatismo, la cerrazón nacionalista, las escisiones culturales y el racismo, el belicismo y la violencia política, tan comunes en la Europa de entreguerras. Como el pensador de Rotterdam, también el escritor vienés creyó socráticamente que la ilustración, el contacto con el arte y la sabiduría, la “Cultura” en definitiva, tenían que hacer mejores a los seres humanos. Su temperamento, afín asimismo al de otro gran sabio humano y mesurado como Montaigne, jamás se identificó con el furibundo y revolucionario Lutero: a Zweig no le iban esos exabruptos exaltados de odio aunque fueran en nombre de la “Verdad” y la “Justicia”, sino más bien la serenidad y armonía que deben acompañar a todo saber profundo.
Hoy sabemos que tanto Erasmo como Zweig se equivocaron en sus anhelos idealistas. Ambos se dieron de narices contra esa obtusa realidad que enseña que aun siendo cierto que el saber nos vuelve más tolerantes y nos hace mejores para con nosotros mismos y los otros, una gran parte de la humanidad se le resiste y prefiere vivir en la ignorancia, secundar los dictados de la estulticia de moda o seguir los que le impone el poder de turno; hombres extasiados e imbuidos de odio, excluyen de su alma a quienes no hablan su lengua o a cuantos no piensan igual que ellos y prefieren antes el voceo de consignas en masa que la reflexión individual.
      Fue el triunfo de Hitler en Alemania, en 1933, lo que impulsó a Zweig a iniciar su biografía de Erasmo —que también puede ser considerada una especie de autobiografía intelectual—. Entonces era ya un hecho consumado que una inmensa masa de europeos había tomado partido por la sinrazón. El escritor retrataba en su Erasmo a un alter ego, y con la historia de su vida y desvelos presentaba una defensa desesperada del ideal clásico de humanidad en una Europa ciega e inhumana. Como unos años más tarde haría en su magnífico libro Castellio contra Calvino (Acantilado) —asimismo de imprescindible lectura—, en la biografía de Erasmo Zweig destacaba principalmente la tenaz aunque callada lucha del hombre mesurado, del homo pro se o individuo completo, verdaderamente civilizado y culto, contra el poder implacable del totalitarismo y el fanatismo, contra el poder de los hombres-masa. Que el retrato de Lutero no salga bien parado históricamente y que incluso pueda identificarse vagamente con la encarnación del fanatismo nacionalsocialista, como sucede también con el repugnante retrato de Calvino, parecido a Hitler en su locura totalitaria, era una mera licencia poética del autor, que necesitaba personificar la ofuscación rayana en locura de manera comprensible para un público amplio que fácilmente pudiera extrapolar las figuras históricas al presente. El Zweig biógrafo era, antes que un erudito historiador, un genio singular de la alta divulgación histórica, y sus personajes medio inventados se tornaban más creíbles que los verdaderos.
Por otra parte, el Zweig narrador fue uno de los autores más leídos de la Europa de entreguerras y el que mejor supo reflejar los anhelos y los miedos de sus contemporáneos. Noche fantástica, este nuevo volumen de relatos breves, procedentes de diversas épocas de su vida (desde el año 1900, e incluso un relato póstumo), es un magnífico complemento a otros volúmenes publicados también Acantilado: Amok, Ardiente secreto o Novela de ajedrez. Este digno sucesor de Chéjov y Balzac, aun a pesar de la desigualdad de algunas de sus narraciones, se muestra siempre certero en la expresión de los sentimientos y en el retrato psicológico de sus personajes, pero, sobre todo, en el arte de no dejar jamás indiferente al lector.

La desbordante vida de Balzac

 Stefan Zweig
 Balzac
Traducción de Arístides Gamboa, Miguel Martínez-Lague
y R.S. Carbó.
Paidós, Barcelona, 2005.


El gran escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942) publicó memorables biografías de personajes históricos tales como María Antonieta o Fouché, por citar dos de enorme éxito; así como magníficos ensayos sobre Nietzsche, Hölderlin o Dostoyewski. Su acusado don para recrear épocas históricas y dar credibilidad psicológica a las figuras de su interés logró que sus obras cautivaran a millones de lectores, y aún hoy están más vivas que nunca.


La novela de una vida

Este Balzac que ahora edita Paidós, en una antigua traducción revisada, es un proyecto de “gran biografía” que Zweig sólo concluyó en parte. Exiliado en la carioca ciudad de Persépolis, el autor de Amok se quitó la vida ante el implacable avance de los nazis en Europa. Poco antes de tan lamentable decisión le había pedido a su editor de entonces, Richard Friedenthal —el célebre biógrafo de Goethe—, que le enviara el manuscrito del Balzac a Brasil a fin de revisarlo y concluirlo. Zweig llevaba media vida reuniendo materiales sobre el “Napoleón de las letras francesas”. Desde hacía años pensaba elaborar un exhaustivo estudio dividido en dos tomos: vida y obra. El abultado manuscrito de lo que sólo iba a ser la primera parte del trabajo llegó a su destino unos días después del suicidio de su autor y, finalmente fue Friedenthal quien se hizo cargo de editarlo, completando él mismo algunos pasajes, según las diversas anotaciones y planes que dejara el amigo desaparecido.
Zweig había leído las obras de Balzac en su primera juventud, y continuó frecuentándolas a menudo “para seguir aprendiendo de ellas”. La inmensa personalidad del prolífico autor galo lo había obsesionado siempre tal como lo obsesionaron esos tipos psicológicos que él consideraba “demónicos” o tocados por el genio trágico. Ya en sus breves semblanzas biográficas tituladas Tres maestros (Acantilado) publicó un agudo ensayo sobre Balzac, pero aquello sólo fue el tibio reflejo de un rotundo amor de por vida. Cuando Zweig partió al exilio brasileño tuvo que abandonar en Londres su gran archivo sobre Balzac y los preciosos manuscritos del genio que había comprado por precios desorbitados, lo mismo que los esbozos y las notas para la biografía.
Ayudado por su fiel segunda esposa, Lotte, que murió junto a él, Zweig había redactado hasta tres veces lo que tenía que haber sido el primer tomo de su “Gran Balzac”; esta última copia, casi definitiva, que llegó a Brasil en vano fue la que sirvió a Friedenthal para editarlo póstumamente. De modo que la maestría de aquel Zweig aún no desesperado de la vida y la hábil injerencia del amigo editor proporcionaron como resultado un relato biográfico poderoso, que atrapa desde los primeros párrafos, que repasa la vida desbordante de un ser harto particular, feliz y desgraciado, ingenuo y ambicioso, perspicaz y espontáneo; arrastrado por sus pasiones y animado por el ímpetu vital que sacudía su corazón y su fantasía.
Oriundo de Tours, hijo de familia acomodada, Honoré Balzac (1799-1850) se trasladó pronto a París; estudió derecho, fue pasante de un notario y, hastiado de la vida anodina de probo burgués, comenzó a escribir guiado por su pasión libresca, su inteligencia fuera de lo común y su desbocada imaginación. Quiso ser famoso de inmediato, primero como pensador y literato, así que pergeñó obras de filosofía y de teatro que fracasaron, pero también novelas de folletín que le dieron alguna ganancia y lo introdujeron en el mundo editorial de París. A la vez, Balzac soñaba con hacerse rico para vivir como un sibarita, y pronto emprendió negocios que prometían ser lucrativos: editor e impresor, propietario de una fundición tipográfica, dueño de un periódico… Pidió créditos y se arruinó; todo negocio que acometía fracasaba, ocasionándole pérdidas enormes y deudas que tendría que pagar durante el resto de su vida, precisamente ejerciendo el único oficio para el que parecía estar dotado: el de escritor, con el que cosechó grandes éxitos más allá de Francia. Durante quince años Balzac se entregó a verdaderas orgías literarias, a extenuantes maratones creativos; escribió novelas como un poseso. Creó más de mil personajes, un centenar de obras de diversa extensión, ese vasto “conjunto orgánico” que con tanto acierto llamó La comedia humana, y todo ello no por amor al arte ni al conocimiento, sino porque tenía que ganar dinero para vivir como a él le gustaba: a todo tren. Nunca reparó en gastos para gozar de la vida ni para satisfacer sus pasiones favoritas, el amor y el lujo; imitaba a los acaudalados aristócratas, a los sibaritas y erotómanos rodeándose de caprichos que no podía pagar (cabriolé, apartamentos suntuosos, antigüedades…); con aquel boato gozaba sin reparar en las consecuencias. Tuvo numerosas amantes y amigas fieles que lo adoraron y confortaron, mientras que careció de amigos leales, sobre todo entre los literatos. Durante las últimas décadas de su vida, exhausto de trabajar para ganar el vil metal que movía el mundo, decrépito y arruinado, alimentó un solo anhelo: casarse con una mujer que lo liberara de todas sus penurias, con una aristócrata de fortuna, cultivada y sensible… El malicioso azar satisfizo su deseo, pero más que como premio, como castigo, y finalmente —en una aventura increíble, digna del mejor Balzac—, logró seducir a aquella amada evanescente y desposarla. Lo que pasó antes de la boda y lo que sucedió después lo relata Zweig con su sensibilidad y magia características.



 Tres poetas de sus vidas

Traducción de José Aníbal Campos
Backlist, Barcelona, 2008.


¡Qué entretenido y sabio es Stefan Zweig! Y lo mismo en sus ensayos que en sus novelas. El autor austriaco (1881-1942) sorprende con su magia, de ahí esta merecida recuperación de su obra en España.

Tres poetas de sus vidas
         El título que ahora publica Backlist pertenece a la serie ensayística Los constructores del mundo, que consta de otros dos libros: La lucha contra el demonio, sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche; y Tres maestros, sobre Dickens, Balzac y Dostoiewski (ambos, en Acantilado). Tres poetas de sus vidas trata de Casanova, Stendhal y Tólstoi, autores que, aun siendo tan dispares de carácter, tuvieron en común la necesidad de rememorar sus vidas, cada cual a su manera, e impulsados más por el gusto de contárselas a sí mismos y de conocerse que por afán de publicidad.
El veneciano Giaccomo Casanova, vigoroso y aventurero, nos legó la excepcional Historia de mi vida, varios tomos de episodios tan enjundiosos como vitales. Este “homo eroticus” fue un ser poco espiritual, un gozador nato, adorador del sexo femenino, de los viajes y de la picaresca de guante blanco. Abatido por la vejez, la ruina y el aburrimiento, compuso sus memorias para degustar de nuevo al menos en esencia los placeres de su juventud, y sin saberlo creó un monumento literario tan entretenido como espontáneo. Distinto en arrojo, pero no menos agraciado en fantasía que Casanova, fue el tímido y soñador Henry Beyle, el francés “Stendhal”, otro enamorado del amor y de la mujer que para hablar de sí mismo y de sus pasiones compuso Vida de Henry Brulard y Recuerdos de egotismo. Escritor por casualidad, impulsado sólo por el placer de desentrañarse, el autor de novelas como Rojo y negro supo aplicar la frialdad lógica a lo que el corazón le revelaba en su ebriedad romántica, de ahí que su descripción de sentimientos sea memorable. Zweig lo describe en sus viajes y en los salones elegantes por los que paseaba su poco agraciada figura, brillando con su ingenio como única arma con la que seducir a las damas que anhelaba conquistar su timidez.
Y el gran Tostói, el conde ruso con faz y físico de campesino, otro apasionado degustador de la existencia que llegó a ser el mejor escritor ruso del siglo XIX y que, tras una crisis en la que se le reveló el sinsentido de la existencia, decidió vivir como un santo malhumorado. También él escribió memorias, si bien su personalidad se revela toda en su inmensa y dispar obra: sus novelas, “sus relatos, sus diarios y correspondencia nos van desvelando su autobiografía y, al mismo tiempo, el autorretrato más variado, vivo y continuo que haya dejado un ser humano en nuestro siglo”, afirma Zweig. Nunca antes estos “poetas de sus vidas” o personajes de sí mismos aparecieron tan soberbios en su humanidad como en este libro indispensable.
 Stefan Zweig más cerca

Traducción de Pedro Álvarez.
Papel de Liar, Barcelona, 2009.

Stefan Zweig y Hermann Hesse
Traducción de José Aníbal Campos.
Acantilado, Barcelona.


 A menudo es cierto que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. En el caso del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), su primera esposa, Friderike von Winternitz (1882-1971), desempeñó ese papel durante los treinta años durante los que convivieron. Se conocieron en 1913, ella tenía dos hijas, fruto de un matrimonio fracasado. Una súbita atracción mutua los unió, alquilaron una magnífica casa en el Kapuzinerberg de Salzburgo y allí vivieron años felices; en 1920 se casaron.
Zweig se bastaba solo para crear su obra, su mujer no influía de manera directa en su actividad, pero ejercía de factotum cuidando de que no le faltase de nada: ante todo, la tranquilidad necesaria para su trabajo, el cual Zweig amaba sobre todo lo demás. También Friderike era autora de novelas y traducciones, trabajos que acometía con energía y suficiencia mientras soportaba las crisis de “pesimismo” que asediaban a su célebre marido, más frágil en sus emociones que ella. Gozaron juntos de años de éxitos y cambios; sin embargo, cuando hacia 1937 la situación política en Austria se complicó y Zweig vió que tendría que emigrar a París o Londres, Friderike pasó a un segundo plano y optó por separarse de ella, empujado, al parecer, por la insistente dependencia de su joven secretaria —treinta años menor que él—  y que estaba “loca de amor”: Lotte Altmann, la mujer con la que contrajo matrimonio apenas se divorció de Friderike y que lo acompañaría a la muerte, puesto que ambos se suicidaron en Brasil, en 1942.

Destellos de vida
Friderike, valiente y serena, continuó su existencia recordando al famoso autor, a quien intentó comprender. Dejó varias obras testimoniales, tales como su Zweig, tal como yo lo conocí y una Biografía en imágenes del escritor, así como este Destellos de vida que aparece ahora en notable traducción castellana. Antes que otra biografía, es una remembranza de la vida de Frederike junto a Zweig y después de él. Recuerda a su esposo con cariño, aunque más que describir su carácter o sus costumbres se centra en la descripción a grandes rasgos del mundo que los rodeaba. Como “buenos europeos” y cosmopolitas, los Zwerig pasaban temporadas en Italia, Francia o Suiza; conocieron a las personalidades intelectuales de su tiempo: Romain Rolland, Albert Schweitzer, Arturo Toscanini o Joseph Roth eran amigos muy queridos.

Terminado el relato de la época de convivencia, Friderike deja entrever las razones de la separación; recuerda los últimos meses de vida de Zweig, un hombre acosado por confusiones interiores y hasta con cierto trastorno bipolar, e insinúa más de lo que dice. A Zweig lo mató su pesimismo, junto al poco arrojo de su segunda mujer, por lo visto víctima a su vez de una enfermedad inclurable; pero también su muerte fue un último gesto de libertad: así prefirió verla Friderike. Ella, luchadora incansable, salió de Europa en compañía de sus hijas y rehizo su vida en Norteamérica.
         
Hesse-Zweig
Coincidiendo con la publicación de estas memorias aparece ahora en una excelente edición la correspondencia de Zweig con Hermann Hesse, otro osado pacifista y “gran europeo”, cuya personalidad artística se forjó asimismo a comienzos del siglo XX. Iniciaron su relación en 1903, cuando Hesse escribió a Zweig, cuatro años más joven que él, para pedirle un libro de poemas de Verlaine traducidos por aquél, ya que era demasiado “pobre” para comprarlo. El intercambio epistolar, de mayor o menor intensidad según qué épocas, duraría treinta y cinco años. El respeto y la admiración mutuas fraguaron una amistad que se fortaleció a pesar de las mutuas diferencias: Hesse se refugiaba en apacibles localidades rurales mientras Zweig recorría el mundo y amaba las grandes ciudades. Pero siempre tuvieron algo que decirse y los libros que ambos publicaban eran fuente de alegría compartida. Un extraño goce acompaña a la lectura de este epistolario, el que brota de constatar que dos personas que han llegado hasta una elevada altura moral consideran obvias las mismas cosas.

En suma ambos libros son imprescindibles para los admiradores de Zweig y Hesse, también, para quienes se sientan atraídos por aquel fructífero período cultural que floreció en Europa a comienzos y mediados del siglo XX, la misma época en que se confabulaban las ominosas fuerzas que pugnaban por devastarla.


Stefan Zweig
Traducción de Carlos Fortea Gil.
Acantilado, Barcelona, 2011.

Fouché
El gran escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), además de ser autor de magníficos relatos y novelas con el trasfondo del conflictivo mundo psicológico de las primeras décadas del siglo XX europeo, publicó insuperables semblanzas biográficas de escritores y personajes históricos. Con su claro estilo, su ingenio y su moderada erudición nos legó maravillas literarias tales como los magníficos retratos de Hölderlin, Casanova, Nietzsche, Montaigne o Erasmo, así como biografías en toda regla, como las inolvidables de María Antonieta o María Estuardo. Cualquiera de estas obras logra encandilar a los lectores, envueltos de inmediato en torbellinos de acción y perspicacia psicológica.
         El Fouché que ahora publica Acantilado en la excelente traducción de Fortea es de absorbente lectura. Zweig narra con su acostumbrado vigor las vicisitudes de aquel homo politicus por excelencia que fue el maquiavélico y correoso Joseph Fouqué (1759-1820). Según Zweig, la Historia ha sido injusta con este político francés, que lo ha tildado sin más de espía y traidor sin comprender la singularidad de su maligna relevancia. Balzac fue de los pocos que reconoció su genio, y como Zweig admiraba tanto al autor de la Comedia humana, también sospechó que Fouché tendría algo de admirable. Tras meticuloso estudio de testimonios y memorias, su Fouché apareció en 1929.
         El camaleónico personaje se las trae. De furibundo jacobino, regicida y “ultracomunista” (escribió un verdadero “manifiesto comunista” antes de Marx, asegura Zweig), pasaría a ser Ministro de Policía de Napoleón y, luego, ennoblecido con el título de Duque de Otranto, efímero ministro de Luis XVIII. Como todo lo que escribía Zweig (que exclamaba un ¡hurra! cuando era capaz de tachar alguna línea superflua en sus escritos), su Fouché está exento de retórica, y con su estilo conciso y exultante bien podría leerse de un tirón. El lector se sumerge en el apasionante período de la Convención y el Directorio, con la caída en desgracia de Dantón y Robespierre —orquestadas por Fouché— para adentrarse a continuación en la intrigante atmósfera cortesana del despótico Napoleón Bonaparte. La encarnizada lucha de voluntades que sostuvieron ambos hombres fue titánica. A final fue Fouqué el taimado quien venció al abrupto Napoleón. El ministro de policía era correoso e infatigable: seco, callado y calculador. Servil cuando hacía falta, pero siempre independiente e imprevisible en su fuero interno. Trepa, espía, chaquetero... pero de algún modo admirable en su ausencia de dignidad y carácter, en su entera falta de idealismo y cruel pragmatismo. Zweig, como digno sucesor de Plutarco, quiso recordar al mundo a través de su apasionante retrato del “más extraño de los políticos” esa parte imperecedera y negra del alma de la política.


Stefan Zweig

Novelas 

[Ardiente secreto, Miedo, Carta de una desconocida, Los ojos del hermano eterno, Confusión de sentimientos, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, El candelabro enterrado, La impaciencia del corazón, Novela de ajedrez, Clarissa, La embriaguez de la metamorfosis].
Traducciones de Marina Bornas Montaña, Roberto Bravo de la Varga, Berta Conill, Joan Fontcuberta, Adan Kovacsics, María Daniela Landa, Manuel Lobo, A. Orzeszek, Berta Vias Mahou.
Acantilado, Barcelona, 2012.



Novelas
El pasado 22 de febrero de 2012 se cumplieron setenta años del suicidio del escritor austriaco de ascendencia judía Stefan Zweig (1881-1942); exiliado en Brasil, ingirió una fuerte dosis de veronal junto a su segunda esposa: Lotte Altmann. Ella estaba enferma, con escasa posibilidad de cura; y él, a sus sesenta años, padecía una honda depresión y el agotamiento de deambular de un país a otro, sin hogar, privado de su fabulosa biblioteca saltzburguesa, y sin sosiego para trabajar. Sufría de pesimismo y angustia por el destino de la Europa que tanto había amado: en 1942 Hitler parecía invencible. No quería seguir viviendo con la perspectiva de que su viejo mundo de cultura y libertad se desmoronaba llevándose consigo el humanismo de los buenos europeos, aquellas ideas que defendían los demócratas que masacraban los nazis.
Stefan Zweig era un escritor “superventas”, cuyas obras se habían traducido a más de cincuenta idiomas. Desde 1925 ningún otro autor vendía tantos libros como él, ni siquiera el gran Thomas Mann. Había triunfado entre el público culto de la época —que era muy exigente con sus lecturas— con unos magistrales ensayos biográficos sobre sus creadores predilectos: Nietzsche, Hölderlin, o Dostoyewski, lo mismo que con las insuperables biografías de Fouché, María Antonieta o María Estuardo (Esta última biografía la edita estos días Acantilado). Zweig no aportaba datos históricos nuevos pero era capaz de transmitir sentimientos, descubrir las pasiones y los arrebatos de la personalidad, así como los giros inusitados del destino que transforman las vidas. Nadie antes que él reflejó con tanto detalle las perplejidades del corazón, los trastornos del alma de los creadores geniales o de los personajes políticos. He aquí su fórmula mágica para atrapar a su público.
Además de biógrafo fue también poeta y traductor iniciándose en estas tareas durante su acomodada juventud en la brillante Viena de los Habsburgo; conoció y admiró a grandes escritores y se enamoró de la literatura francesa, sobre todo de Balzac. También Chéjov y Tolstói fueron sus admirados maestros. Siguiendo sus estrellas, Zweig comenzó a escribir relatos y novelas; y enseguida hizo gala de un estilo inconfundible: raudo y ágil, conciso y sin concesiones a la palabrería. Tampoco tuvo que ir muy lejos para descubrir el mapa de las aventuras que deseaba contar, pues éste se circunscribía al interior del ser humano: un terreno que él consideró más ilimitado y enigmático que cualquier otro.
         Zweig exploraba las pasiones de sus contemporáneos igual que hacía con la vida de las personalidades artísticas. Por ejemplo, sabía describir bien la psicología de sus personajes femeninos. Esposas seducidas o tentadas por la aventura con un extraño; muchachas llenas de anhelos inconfesables… sus novelas así lo confirman. Por lo demás, el escritor amaba al bello sexo, y en su vida privada tenía éxito con las mujeres. Rompía corazones de vez en cuando, aunque nunca fue un despreciador ni un misógino, a la manera de su conciudadano Arthur Schniztler, sino todo lo contrario, se hallaba más cercano al feliz gozador que fue Casanova, a quien también dedicó una magnífica semblanza biográfica.
         El triste aniversario del suicidio de Zweig conlleva, sin embargo, una buena noticia para los editores: a partir de ahora, sus obras quedan libres de derechos: podrán editarse en todo el mundo sin restricciones. Mientras tanto, en España es la editorial barcelonesa Acantilado la que se lleva la palma en cuanto a editar a Zweig en castellano.
         A finales del pasado año Acantilado lanzó un espléndido tomo que contiene una buena muestra de quién fue Zweig como novelista: “Alguien incapaz de escribir mal” —según lo ha definido JavierRodríguez Marcos—. El lector encontrará aquí las novelas más representativas de Zweig. Todos los títulos que se presentan son dignos de lectura —cualquier escrito de Zweig lo es—, aunque destaco Ardiente secreto, La impaciencia del corazón, La embriaguez de la metamorfosis y Novela de ajedrez. Quien lea la primera de las citadas se prendará para siempre de la escritura de Zweig: el balneario, el niño a solas con la madre y el seductor que se interpone entre ambos como un demonio revulsivo; el pequeño traicionado por los adultos y su venganza. ¡Una maravilla! La piedad peligrosa es un apasionante melodrama —igual que la conmovedora Carta de una desconocida— ambientado en la Viena finisecular, con un joven fatuo como protagonista que encontrará su merecido existencial por su confusión de sentimientos en medio de una dramática situación que se le escapa de las manos. Zweig sabe ser tierno con las debilidades humanas, sin que por ello se muestre menos duro con la inmadurez y la falta de compromiso de sus personajes, que son por lo general personas “normales” de aquella clase media-alta austriaca, acomodada y cosmopolita que gozaba de ciertas libertades modernas aunque viéndose aún encadenada por ominosas represiones burguesas.
En La embriaguez de lametamorfosis una simple muchachita empleada de Correos tiene la oportunidad de vivir durante unos días un sueño: alojada como huésped en un caro balneario de montaña conocerá una vida de lujo y diversión para la que no está destinada; el lector gozará con ella de esa ilusión de cambio vital y también deseará que el idilio no termine nunca. Esta magnífica novela quedó interrumpida con la muerte de Zweig, igual que Clarissa; no obstante, su lectura es absorbente, pues si algo caracteriza a estas novelas —a todas— es que atrapan con su sorprendente suspense psicológico, con su vertiginosa épica de los sentimientos.

         Pocos meses antes de morir, aislado en la ciudad de Petrópolis, sin libros que consultar para terminar su gran estudio sobre Balzac, Zweig leía a Montaigne —un volumen de Los ensayos que al azar había caído en sus manos— y mataba el tiempo con Lotte jugando al ajedrez. Muy productivo a pesar de su pesimismo, todavía justo antes del fin escribió su inapreciable libro de memorias El mundo de ayer, y también la sorprendente Novelade ajedrez, la más popular de sus novelas breves, un relato perfecto en el que Zweig mostraba su sutil repulsa hacia el nazismo: un campeón mundial de ajedrez, romo y de ideas fijas, pierde una partida ante un misterioso personaje, el Dr. B., un hombre culto machacado por la Gestapo pero que supo conservar su integridad y libertad interiores cuando a su alrededor el mundo se derrumbaba: tal fue el heroísmo de Erasmo o el de Castellio —figuras tan caras a Zweig—, y su propio heroísmo. En estos tiempos de insania política merece la pena leer y releer a Zweig y, a la vez, conocer su exitosa y trágica existencia. Esperemos que Acantilado publique pronto la imprescindible biografía escrita por D. A. Prater: Stefan Zweig. La vida de un impaciente: Stefan Zweig, demasiado humano para un tiempo de inhumanidad.

A punto de cerrar la edición de este blog nos enteramos de la reciente aparición de una nueva traducción de ensayos políticos de Stefan Zweig. Con el título genérico de 
La desintoxicación moral de Europa, la editorial Plataforma reúne en este volumen (traducido con excelencia por José Aníbal Campos) un grupo de ensayos que tienen que ver con la idea de Europa, tan querida a Stefan Zweig, cosmopolita empedernido, humanista y abogado de la unidad europea en unos tiempos en lo que la razón no tenía nada que hacer contra los abanderados de la tiranía, ni tampoco contra la guerra entre las naciones.

Ensayos políticos
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