miércoles, 13 de octubre de 2021

 

Stefan Zweig más cercano que nunca

          (Reseña publicada en "Babelia" el 30 de julio de 2021) 


Stefan Zweig

Diarios

Edición de Knut Beck

Prefacio de Mauricio Wiesenthal

Traducción de Teresa Ruiz Rosas

Acantilado, Barcelona, 2021, 425 páginas, 32 euros.

 

En 1984 la editorial alemana Fischer publicó por primera vez los Diarios de Stefan Zweig. Era un solo volumen en octavo de 600 páginas, de las cuales 200 contenían los comentarios del editor: Knut Beck. Captaron el interés del público porque Zweig nunca compuso obras autobiográficas, exceptuando El mundo de ayer. Cuando el escritor y su segunda esposa, Lotte Altman, abandonaron Europa para siempre, los nueve cuadernos que contenían los diarios quedaron en la casa de la ciudad de Bath, en Inglaterra. Gracias a su publicación póstuma pudo conocerse a Zweig más de cerca, porque estos escritos contenían confidencias e impresiones inmediatas nunca antes divulgadas. Nacían de la espontaneidad e impulsadas por el ardor del momento.

Zweig nunca fue un diarista apasionando, al estilo de André Gide o de Thomas Mann. En varias etapas de su vida intentó someterse a esta disciplina cotidiana, aunque se cansaba pronto. Solía empezar un diario con ocasión de efemérides concretas que creía dignas de mención para ser recordadas en un futuro: situaciones personales, algunos viajes o la guerra y la situación política. Pero su temperamento fogoso era inconstante, pasaba raudo de la exaltación al desánimo y, a menudo, sólo encontraba la calma refugiándose en su obra y olvidándose de todo lo demás. Esa inconstancia se aprecia en estos apuntes, a menudo muy intensos, pero fragmentarios y llenos de lagunas temporales.

El estupendo volumen de Acantilado, traducido con eficacia y enriquecido con comentarios que actualizan los de Beck, comprende todos los diarios que se han conservado. Al parecer, falta algún cuaderno correspondiente a los años mozos del escritor, perdido ya en vida de Zweig. Los editados datan de 1912, 1914 y 1918; luego pasan a 1931, 1935 y 1936, para finalizar en 1939 y 1940.

Zweig nunca fue proclive a comentar sus propias obras, y esta ausencia se refleja en los diarios, que tampoco contienen reflexiones filosóficas o pensamientos sobre literatura, se centra en consignar acontecimientos del momento. Aún así, constituyen una fuente biográfica e histórica inestimable para conocer las sensaciones del escritor frente a la Gran Guerra y la catástrofe europea del advenimiento del nazismo, aunque también reflejan dos gozosos viajes a Nueva York y Brasil.

El tono mundano de las entradas del primer diario (1912 a 1914) es muy distinto del resto. Zweig tenía treinta y un años cuando las consignó, vivía en Viena en un apartamento propio y con un criado; saboreaba sus incipientes éxitos literarios. Como hombre atractivo, cosmopolita, libre y rico, al estilo de su admirado Casanova, entusiasmaba a las mujeres. Su autorretrato de esta época bien pudiera ser el del personaje masculino de Carta de una desconocida: apasionado en el amor de una noche, pero frío de sentimientos e incapaz de comprometerse con relaciones duraderas. Zweig adoraba París. El diario recoge una apasionada estancia en la ciudad de la luz, en la que, a la vez que visitaba a buenos amigos como Romain Rolland, trababa amistades femeninas en tranvías y parques. En uno de sus paseos conoció a la joven modista Marcelle, con la que viviría «noches tórridas», según anota el apuesto donjuán. Es posible que la muchacha quedase embarazada y que abortara —las palabras a este respecto son crípticas—. Al poco tiempo, Zweig regresó a Viena y se despreocupó del asunto. En 1914 volvió a París y encontró a Marcelle «más bella que antes» y sin ningún atisbo de reproche. La relación con la chica francesa no le impidió mantener a la vez un romance con la austríaca Friderike von Winternitz, una belleza en la treintena, casada insatisfecha y madre de dos niñas, que lo enamoró mediante una carta anónima. Pese a que Zweig quería sobre todas las cosas «ser libre e independiente», se comprometerá con Friderike, se casarán y luego se divorciarán, pero nunca dejarán de ser amigos y ella siempre será un apoyo para él: la calma de su tempestad interior. Pero esto no aparece en ninguno de sus diarios.

Esta frivolidad de señorito privilegiado del imperio austrohúngaro de la que Zweig hacía gala en 1912 desapareció en los años posteriores: la I Guerra Mundial marcó el final de su mundo de ayer y tuvo que madurar. Las anotaciones de los dos primeros años de guerra son tristes, llenas de malos presentimientos, trágicas; ya desde el primer día de las hostilidades, Zweig mostró su rechazo a una guerra que supo perdida e inútil. En 1914 quedó libre de servir como soldado, en 1915 entró a formar parte del servicio de propaganda en el Archivo de Guerra. Junto con otros escritores, entre ellos Rilke, cooperó como redactor y censor en la retaguardia. Nunca vio el frente, lo atisbó de lejos en un viaje que hizo a Galitzia, devastada por los rusos. Dejó notas vibrantes del trayecto; de los trenes atestados de valientes soldados que iban al frente cantando, intuyendo que quizá no sobrevivirían o que regresarían con terribles heridas como las que él mismo pudo ver en un estremecedor hospital de campaña. Las impresiones de los años de guerra forjaron el pacifismo militante que Zweig exhibiría antes de que terminara la contienda y en su drama Jeremías.

            Entre finales de 1917 y principios de 1918, Zweig pasó unos meses en Suiza. Allí, junto a Friderike, halló tranquilidad y pudo dedicarse a escribir. Afianzó su gran amistad con Rolland, a quien admiraba por su integridad de hombre ejemplar; conoció a escritores como Fritz von Unruh o Hans Carossa; se hizo amigo del grabador belga Frans Masereel, y trató a exiliados de varios países. En esos meses, Zweig exultaba optimismo al encontrarse de nuevo en un ambiente literario y cosmopolita. En cambio, a finales de 1918, con Europa devastada y disuelto el imperio de los Habsburgo, le invadió un profundo pesimismo: «La guerra se ha cobrado una terrible venganza contra quienes la deseaban: emperadores, reyes, diplomáticos, militares, capitalistas… su mundo se desmorona. Nos hallamos ante un cambio como el de la Revolución francesa, con la única diferencia de que todo ha adquirido unas dimensiones monstruosas. Tendremos que aprender a vivir de otro modo, no queda más remedio». Y Europa es la que le dolerá de nuevo en 1931, cuando inicia otro diario al verla otra vez en peligro: «Nuestro continente no volverá a ser habitable hasta que esté unificado y ofrezca en su espacio libertad de movimientos».

            Ya en 1935, en un cambio de escenario, en Nueva York, Zweig rebosa entusiasmo en sus notas, está fascinado por la ciudad: le encantan los inmensos edificios y la apertura de miras de aquel «crisol de todas las culturas». Asiste a conciertos, junto a la elite cultural neoyorquina, es amigo personal de Toscanini y de Bruno Walter. Imparte conferencias ante un público numeroso, aunque le invade el pánico escénico; lo que de verdad ansía es deambular a solas por las avenidas. Visita el Metropolitan Museum y el Cotton Club, donde lo cautiva el claqué de los bailarines negros.

            Un embeleso semejante sintió también en su primer viaje a Río de Janeiro, en 1936; allí sus obras gozaban de gran fama. Curiosamente, la primera escala de esta travesía fue Vigo; acababa de estallar la guerra civil en España, había falangistas y soldados insurrectos por las calles; pero al escritor le arrebató la belleza de las españolas: «He visto más chicas guapas en dos horas en España que en Inglaterra en los meses que llevo viviendo allí». Una vez en Río quedó prendado de la ciudad. Lo trataron de maravilla. El dictador Getúlio Vargas lo recibió en privado, hablaron de Austria y de las operetas de Léhar. Todo eran elogios y parabienes públicos; Zweig pronunció una conferencia a la que asistieron dos mil personas. Le alegraba la «libertad» de los brasileños, la mezcla de razas, la falta de prejuicios que observaba a su alrededor; la belleza de las mulatas. Le entusiasmaron el paisaje, la luz, la selva, las montañas, el mar. Por todo ello Brasil no se le iría ya nunca del corazón; y hasta escribió un libro sobre aquella maravilla: Brasil país de futuro. Qué ironía que fuera precisamente en Brasil, en la ciudad de Petrópolis, donde Zweig y Lotte se suicidaron en 1942, cuando habían perdido la esperanza en el «futuro».

            Ese triste final lo auguran los apuntes desesperanzados de 1939 y 1940; Zweig cree que Europa está perdida, que Hitler lo conquistará todo y que no tendrá piedad con los vencidos, y menos con judíos como él y su esposa. Los diarios terminan cuando París ha caído en manos de los nazis y se teme una invasión de Inglaterra. Los Zweig han comprado una casa en Bath, en la que sólo han vivido unos meses. Aunque les han concedido la naturalización inglesa, a efectos de convivencia diaria se los ve como «austriacos», enemy aliens. No quieren vivir así, sin respeto ni amistades. Tienen un escape: Brasil; atrás dejarán un mundo irrecuperable. Zweig cumplirá pronto sesenta años; pesimista y desilusionado, se siente «viejo» para volver a empezar; durante unos meses todavía hará un último esfuerzo por recuperarse en el exótico país, pero será en vano. Luis Fernando Moreno Claros



 



viernes, 24 de septiembre de 2021

Reseñas breves de algunas novedades de septiembre y octubre


La conquista de México por Hernán Cortés fue una gesta heroica, pese a lo que actualmente digan algunos dirigentes mexicanos y sus corifeos en Europa. De entre las crónicas que se escribieron para narrar aquella peripecia destaca la de Francisco López de Gómara (1511-1566). 


    La magnífica Biblioteca Castro publica ahora en una lujosa edición de esta obra imprescindible de la historia de España y Latinoamérica. Pero Gómara no sólo narró la leyenda de Cortés y Moteczuma, empezó con su crónica de Indias desde la llegada de Colón y prosiguió con las aventuras de Pizarro en el Perú.

     Con un estilo elegante y sumamente preciso y sobrio, narró las gestas y los desmanes y trucos de los conquistadores para hacerse respetar en aquellas tierras tan parciales y particulares, tan hermosas como inhóspitas. Las costumbres de los indígenas, las rarezas de la fauna y la comida, la orografía… todo lo describió Gómara con gran plasticidad, como si él mismo hubiera sido testigo; si no lo fue, sí que se valió de las mejores fuentes para describir su historia. 

    Magnífica edición, con una introducción breve pero interesantísima de Belinda Palacios, la responsable de tan excelente edición, y unos mapas muy útiles.  


Juan Pablo Fusi, Pensar España. En torno al pensamiento español del siglo XX, Arzalia Ediciones, Madrid, 2021



José Ortega y Gasset vio como uno de los grandes problemas de los españoles España misma. Preguntarse por el ser de España y por su razón de ser debería primar como uno de los cometidos mayores de nuestros intelectuales. Hoy se habla de España (o se quiere evitar ese nombre) pero no se piensa en ella. Pocos son los que hacen buen pensamiento en España -crítico o no crítico, da igual, el pensamiento bien argumentado siempre es pensamiento- y muy pocos son quienes se atreven a pensar sobre ella sin las orejeras de las ideologías o las limitaciones que impone el nacionalismo militante. 
    
    El eximio historiador Juan Pablo Fusi propone una revisión particular y original de la historia intelectual de España desde los inicios del siglo XX hasta casi la actualidad. Pensadores e intelectuales como Unamuno y Ortega, Azaña o Jorge Semprún, aparecen en estas páginas que hablan del dolor de España y de la imposibilidad de llegar a conclusiones firmes sobre su ser y su idiosincrasia. Juan Pablo Fusi rememora la Guerra Civil, la Transición, el terrorismo de ETA, las ansias de independencia de Cataluña… todo ello con mirada desapasionada y despegada de ideología, pero con enorme lucidez, con la sabiduría de historiador que se remite a hechos y a testimonios, no a falsos argumentos ni a tópicos pasionales. El libro es breve pero revisa bien unos años de conflicto y perpetua zozobra. Aporta una visión de un panorama peliagudo: por más que se piense en España siempre quedan cabos por atar. Es una tarea incesante y necesaria, ningún filósofo, ningún intelectual debe desatenderla, porque ya se encargan de eso nuestros (cada vez más) nefastos gobernantes. 


El libro negro del comunismo, Stéphane Courtois (et alii), Arzalia Ediciones, Madrid, 2021

El libro negro del comunismo
Libro espeluznante donde los haya: el relato de algunos de los crímenes más atroces del comunismo. La ideología totalitaria y antihumana que venía a salvar a la humanidad, pero que, en la práctica, sólo buscaba destruirla. La resolución 1481 del Consejo de Europa condenó duramente los regímenes comunistas (totalitarios) por la violación sistemática de los derechos humanos. Comunismo es igual a fascismo y nazismo. Reedición de un clásico moderno en el que se denuncian las infamias de los atroces crímenes en nombre del pueblo y de la clase obrera perpetrados a lo largo y ancho del mundo. Impresionantes son los capítulos dedicados a Pol Pot y los Jemeres Rojos por su brutalidad… pero no se quedan cortos los que tratan de los Bolcheviques en 1917 ni tampoco las atrocidades en la China Maoísta o en el Perú del Partido Comunista Sendero Luminoso (crímenes que hoy quieren blanquear, por cierto, el nuevo gobierno peruano, de nuevo en manos de los comunistas). Es un libro que deberían leer todos los desinflamados que ingenuamente creen que los Partidos comunistas se proponen traer «libertad y prosperidad a todos los trabajadores (y trabajadoras)»… 


Después de un libro tan terrible como el anterior (aunque absolutamente necesario) recibimos como una bocanada de aire una nueva traducción de un clásico de la biografía: Thomas de Quincey, Los últimos días de Immanuel Kant, prefacio de Marcel Schwob, traducción de Julia García Olmedo, editorial FIRMAMENTO. El texto apareció en 1827 en la revista Blackwood's Magazine. Era arte de una serie dedicada a los clásicos de la literatura y el pensamiento alemán. De Quincey era admirador de la filosofía alemana, aunque no dejara de criticar nunca su oscuridad en comparación a la claridad de la filosofía que se estilaba en las Islas Británicas: más clara y menos especulativa, más alejada de la metafísica. Este ensayo pasa por ser uno de los mejores del autor de Confesiones de un inglés comedor de opio, se ha convertido en una joya literaria por la gracia de su narración por la brillantez de su prosa (De Quincey fue considerado por Borges «el mejor prosista inglés del siglo XIX»). De Quincey no inventó nada, su narración tan emotiva y llena de simpatía por el anciano Kant, está basada en las memorias de un discípulo del filósofo: Ehregott Andreas Christoph Wasianski (1755-1831), teólogo y clérigo, amigo de Kant que, además, fue su amanuense y cuidador durante los últimos años de la vida del filósofo. Wasianski recopiló sus recuerdos del Kant anciano y en ellos encontró inspiración De Quincey para proporcionarnos su retrato tan humano y convincente del gran hombre que fue Kant, tan gran pensador, tan modesto y entrañable como persona, tan honrado en su búsqueda de la verdad. 

    Las notas que De Quincey incluye como explicación o glosa de algunos pasajes o términos de su texto son muy explicativas e ingeniosas y nos muestran su pensamiento en multitud de asuntos de diversa magnitud. La nueva traducción se lee muy bien y la edición está cuidada y es bonita en su elegante sencillez.


lunes, 25 de enero de 2021

 Conciencia contra violencia

 

 

Stefan Zweig

Jeremías

(Poema dramático en nueve cuadros)

Traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga

Acantilado, Barcelona, 2020, 288 páginas, 18 euros.

 

 

 

sta reseña apareció en "Babelia", suplemento cultural del diario "El País" el bajo el título de "Stefan Zweig, pacifista y clarividente" el 8 de diciembre de 2020].


La obra escénica de Stefan Zweig (1881- 1942) es apenas conocida en España e Iberoamérica. Tersites (1807), La casa junto al mar, El comediante transformado (ambas de 1912), y la adaptación de la comedia Volpone, del inglés Ben Johnson (1926), no constan en las mal denominadas Obras completas de Stefan Zweig que publicó la barcelonesa Editorial Juventud entre los años 1952 y 1955. Los cuatro gruesos tomos de esta celebérrima edición recopilan la suma de lo aparecido en castellano (principalmente, en Argentina) del autor austríaco; pero en modo alguno recogen su «obra completa» —ni siquiera en alemán existe una edición crítica que recoja la inmensidad de cuanto escribió Zweig—. Cabe suponer, por lo tanto, que las piezas teatrales mencionadas nunca han sido traducidas al español. En cambio, al final del tomo I, que contiene las «Novelas», nos encontramos por sorpresa con el drama Jeremias.



Edición de "Obras completas" de Zweig en editorial Juventud


El traductor suizo, naturalizado argentino, Alfredo Cahn —amigo personal de Zweig—, trasladó Jeremías al español aún en vida de su autor, aunque la traducción se publicó en 1942. Es la única con la que hasta ahora contábamos los hispanohablantes.

La nueva versión del experimentado Roberto Bravo de la Varga es más poética y más cuidada en el estilo que la de Cahn; sobre todo, la vuelve actual; Zweig emuló el lenguaje bíblico y su patetismo, con sus tonos exaltados y trágicos; y esta cuidada traducción da naturalidad y viveza a ese lenguaje, devolviéndole la fuerza del drama padecido por el pueblo judío que se negó a escuchar a su profeta.

Zweig concibió esta obra en 1915, en plena I Guerra Mundial, mientras Europa se desangraba y él veía, atónito, cómo día tras día las naciones se empeñaban en agredirse unas a otras con saña y ferocidad.

Al comienzo y en medio de la vorágine europea, muchas veces rememoró Zweig al personaje bíblico que, ya en tiempos ancestrales, también clamó contra la guerra. Sus conciudadanos, ciegos a sus palabras de advertencia, embriagados de orgullo y de excitación ante una «gloriosa contienda» que iniciar, lo tacharon de «derrotista» —aunque entonces se dijera simplemente «traidor»—; y poco faltó para que lo asesinaran por sus críticas. Zweig sintió necesidad de reescribir aquella historia, porque en realidad la entendía como una parábola premonitoria de la circunstancia de Europa.

El drama transcurre en Jerusalén (siglo VI a. C.); comienza poco antes del asedio de la ciudad —que duró ocho meses, según la Biblia—, y concluye con su destrucción y el éxodo de los judíos. Los ejércitos caldeos de Nabucodonosor II consumaron el asalto, el saqueo y la masacre posterior de buena parte de sus habitantes. El temible rey babilonio ordenó matar a los dos hijos de Sedecías, monarca absoluto de Jerusalén; además, quemarle los ojos al rey después de obligarlo a presenciar el sacrificio de sus vástagos.

Jeremías oyó la voz de Yahvé y profetizó lo que habría de suceder si Sedecías rompía su alianza con Nabucodonosor II y, apoyando al faraón de Egipto, le declaraba la guerra. Los esfuerzos del profeta por convencer a sus conciudadanos y a su rey de que debía prevalecer la paz sobre la guerra fueron vanos; el pueblo llano estaba azuzado por otro profeta rival, Ananías —un «populista» de entonces—, al que apoyaba el ejército; y éste sembraba por doquier la semilla de las falsas ilusiones, prometía victorias épicas y supuestas ventajas futuras nacidas de aquella guerra que señalaba como necesaria para obtener la libertad de la nación oprimida.

Los hechos se precipitan y, como era de esperar, muy pocos escucharon las palabras de cautela y conciencia que pronunciaba Jeremías; mientras que fueron muchos los que se dejaron seducir por los apasionados cantos de sirena que celebraban la violencia. Al ferviente profeta se lo tachó de farsante y saboteador. Pero al final, cuando ya era demasiado tarde, los maltrechos judíos sobrevivientes de la guerra vieron con pavor la verdad de sus profecías.

 La tragedia —en una versión más breve que la aparecida en libro— se estrenó en el Teatro Estatal de Zúrich el 27 de febrero de 1918. El triunfo fue apoteósico. Los espectadores quedaron atónitos y sobrecogidos por la fuerza del drama. Zweig fue equiparado a Shakespeare. 

Sin embargo, él se había limitado a expresar a sus contemporáneos con muchas dosis de enfado y pasión, con poderosas cadencias versificadas y distintos recursos literarios, lo que sucedió en Europa en 1914, cuando la mayor parte de las naciones parecían sedientas de guerra. También entonces, se ninguneó y proscribió a las pocas voces que se alzaron contra la catástrofe que se avecinaba.

Además de inspirarse en el libro homónimo de la Biblia para crear la figura del profeta Jeremías, Zweig se fijó en su gran amigo Romain Rolland. El autor galo fue uno de los mayores críticos contra la guerra, un pacifista a ultranza; y se erigió en el máximo defensor público de «la conciencia de Europa», la que hermana a los pueblos y los mantiene unidos en los antiguos ideales de tradición grecorromana y cristiana. 

Pero también el propio Zweig, altamente sensibilizado por la postura antibelicista y las ideas de Romain Rolland, se veía reflejado simbólica e idealmente en la figura profética de Jeremías. Años más tarde, en 1934, cuando los nazis se destacaban en el horizonte como señores de Europa, y el comunismo trazaba sus crueles planes para el exterminio de cientos de miles de personas en la Unión Soviética, otra figura con conciencia tomó forma en libro, gracias a la maestría narradora de Zweig; en esta ocasión se trató de Erasmo de Rotterdam. Esta biografía del gran humanista del siglo XVI navegaba en la misma estela que su Jeremías. Ambos personajes expresaban la personalidad del autor que los recreaba. Por eso, Zweig aseguró que tanto el drama teatral como su Erasmo eran sus obras «más personales y privadas», porque expresaban su neta postura de «eminente pacifista» y de humanista.

Con la publicación de Jeremías en forma de libro —en 1917, en la editorial Insel— comenzó la fama meteórica de Stefan Zweig como escritor de éxito, pues alcanzó unas ventas inusitadas para la época. Éste afirmo en sus famosas memorias —bajo el título de El mundo de ayer—, que hasta la aparición de Jeremías, todo cuanto publicó anteriormente empalidecía como mera bagatela, frívola e inmadura. A partir de su publicación, en cambio, mostró su conciencia moral y esa postura comprometida con la paz mundial que habría de ser su sello personal a partir de entonces. Zweig fue tan pacifista que nunca se manifestó en público ni siquiera en contra de la Alemania hitleriana; sólo en el último gran relato que escribió, Novela de ajedrez, asestó un golpe abierto al nazismo y a sus secuaces. Pero quedó para la posteridad.

       Cuando se publicó Jeremías y, más aún después de que se estrenara en los escenarios europeos, la sensibilidad de europea era la adecuada para recibirlo: el Viejo Continente estaba harto de sangre y fuego; hastiado de las atrocidades y de las miserias de la guerra. Y fue Zweig quien se atrevió a decir lo que muchos ocultaban en su fuero interno: que la Gran Guerra había sido una estéril crueldad, una magnífica estupidez que costaba millones de vidas … para nada. Pese a ello, al mismo tiempo que Zweig expresaba esta verdad en su drama sobre el denostado profeta judío, la obra aportaba esperanzas de futuro: pues ocurre a menudo que de los vencidos emana una fuerza de reacción que para sí quisieran los vencedores. Y esto era lo que también proclamaba Zweig con la potencia de convicción de su personaje. Tal vez pudiera aprenderse algo de aquella nueva catástrofe —venía a decir el autor—, y de tamaña y mortífera derrota, acaecida en realidad a la humanidad entera, pudiera quizá nacer cual ave fénix una futura vida mejor en la que no hubiera más guerras. Zweig creía entonces que Europa despertaría de su pesadilla y que algún día conformaría una unidad cultural única, exenta de nacionalismos y divisiones.

En sus mencionadas memorias, escritas unos meses antes de morir, el tono de Zweig era más escéptico y hasta pesimista: «…he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea». A esas alturas sabía ya que para aquella «peste» no había vacuna. L.F.M.C.




miércoles, 16 de diciembre de 2020

The Paris Review: Entrevistas geniales

Acantilado publica una fabulosa edición de una selección de entrevistas literarias de la célebre The Paris Review. 

The Paris Review, fundada en 1953, se hizo famosa entre los aficionados a la literatura por las entrevistas que número a número iban publicándose de un escritor de altura. Eran conversaciones largas, elaboradas de tal forma que en ellas destacara la personalidad del entrevistado y las peculiaridades de su obra literaria. Muy cuidadas en el estilo, el goce para el los lectores estaba asegurado.

Tal disfrute nos lo ofrece ahora Acantilado al ofrecernos 100 de estas entrevistas completas repartidas en dos espléndidos volúmenes guardados en un lujoso estuche, bajo el título de: «The Paris Review» Entrevistas (1953-2012).

The Paris Review
100 entrevistas 

  La selección corre a cargo de Sandra Ollo, actual editora de la editorial Acantilado. Fascinada por el descubrimiento de esta revista —según contó ella misma en la presentación de estos volúmenes—, hace ya varios años, tuvo la idea de reunir las entrevistas que más le gustaban y publicarlas, pero fue el desaparecido y celebrado editor Jaume Vallcorba (el fundador de Quaderns Crema y Acantilado) quien secundó la idea de Sandra Ollo y le dio el visto bueno para el levar a la práctica el proyecto. Se gestó a lo largo de ocho años y, finalmente, ha concluido en estos dos volúmenes sin parangón.      

Con las 100 entrevistas seleccionadas se consigue dar un panorama muy variado, pero también exquisito, de lo que fue la cultura literaria occidental de la segunda mitad del siglo XX en adelante. El lector entendido y maduro encontrará nombres que le son familiares desde hace mucho tiempo, mientras que para los lectores y lectoras de menor edad, el encuentro con estas entrevistas supondrá el descubrimiento de las voces más señeras de la literatura contemporánea. Unos y otros se animarán a leer sus obras. En fin, que todas estas entrevistas, además de proporcionar mucha información de cada autor sobre la manera de pensar y de enfrentar su obra, conducirá al descubrimiento de libros nuevos. Ya se sabe que los buenos libros llevan siempre a descubrir otros. 

«The Paris Review» Cambió el modo de entrevistar a los escritores. Las preguntas y las respuestas daban pie a que el entrevistado se explayase ampliamente sobre sí mismo y sus obras, con plena libertad. Los textos de las entrevistas se trabajaban durante semanas o meses hasta que el entrevistador tanto como el entrevistado quedaban satisfechos con el resultado. Eran trabajos casi más literarios que periodísticos; no se producían para consumir en un momento sino para releer al cabo del tiempo, al cabo de los años … tal y como podemos hacerlo actualmente. Con todo, las entrevistas conservan la frescura de lo espontáneo, dado el buen hacer y de los responsables de editarlas. 

Las traducciones de las 100 entrevistas están firmadas por cuatro voces distintas: Maria Belmonte, Javier Calvo, Gonzalo Fernández Gómez y Francisco López Martín. De esta forma se distinguen también más variedades de tonos entre los diversos entrevistados.  

Los volúmenes están cuidados al máximo, desde el cartón del estuche y las cubiertas (ilustradas por el pintor e ilustrador Perico Pastor), hasta la impresión de los libros, en ese papel tan agradable a la vista y al tacto elegido por Acantilado, además de su elegante tipografía. Así que estos dos volúmenes en estuche son una verdadera joya de la edición, que proporcionaran entretenimiento asegurado.

En cuanto a las entrevistas, ¡son una delicia para el lector! Conozcas o no la obra de los autores seleccionados, leer sus opiniones es toda una experiencia. Enseguida dan ganas de leer o releer sus libros. Leemos la entrevista con Jack Kerouac, y de inmediato nos gustaría volver a releer En el camino,  la novela que tanto nos fascinó en la adolescencia; o la magnífica e irónica entrevista con el irreverente Vladímir Nabokov (martillo de bolcheviques y de la literatura de la corrección política), que nos lleva a releer Lolita; ¡qué frescas sus opiniones!, y qué actuales pese a que hayan pasado tantos años de aquellas entrevistas. 

A los entrevistados se les preguntaba sobre todo el oficio de escritor y sobre la literatura en general; sobre sus gustos y sus fobias … sobre sus ritmos creativos … Preguntas muy atinadas por parte de diversos entrevistadores dan a cada entrevista un sesgo propio. Hay entrevistadores que hablan más que otros que se muestran más parcos, pero todos hacen preguntas atinadas que dan pie al explayamento de los autores, que son los que verdaderamente tienen que expresarse. La mayor parte de éstos (y éstas), son personas curiosas; de ellas siempre tendremos algo que aprender quienes sentimos interés por los libros, en cada una de las entrevistas encontramos algo sobre lo que reflexionar. 

Sin darnos cuenta vamos leyendo entrevista tras entrevista, saltando primero a nuestros autores favoritos, dejando a los otros para más tarde; pero favoritos o no, cada cual revela algo importante de su escritura; conmueve también observar que muchos de ellos sufren al ejercer su trabajo tanto como disfrutan. El nerviosismo que les atenaza cuando son incapaces de escribir como desean, el placer de escribir la frase redonda, la frase perfecta … la frustración de no haber dado todo de sí mismos … En esto se muestran enteramente humanos y enteramente artistas…

Los escritores entrevistados son artistas, pesos pesados de la literatura (abundan los de habla inglesa, por cierto) por eso sus opiniones sobre su arte dan tanto que pensar … muchos dicen cosas parecidas aunque con un sesgo personal… Imaginación, inspiración y mucho de oficio … es algo en lo que muchos de ellos inciden al hablar de los pilares fundamentales del oficio de escribir, de la profesión y del arte… 

En fin, las entrevistas —muy bien elegidas, por supuesto— son muy entretenidas porque se refieren a lo esencial del arte de escribir; la mayor parte de estos autores no pontifican ni disertan sobre política o crítica social, no son "intelectuales", sino artistas; no tienen por qué ir vertiendo por ahí sus críticas al mundo. Ya lo hacen en sus novelas, los que lo hacen … 

La lista de autores seleccionados consta de cien nombres. Tenemos lectura para una larga temporada. El lector empezará buscando los autores que le son más afines, pero terminará por leerlos a todos, eso es seguro.   


Las entrevistas se abren con la primera de todas, dedicada a Foster y termina con la del editor y escritor 
Roberto Calasso “un guiño hacia uno de los grandísimos editores actuales, al frente de Adelphi, además de un autor extraordinario”, en palabras de Sandra Ollo. 


The Paris Review



El lector encontrará entrevistas, entre otros muchos autores y autoras, con Hemingway, Simenón, Graham Greene, Isak Dinesen, Truman Capote, T. S. Elliot, Robert Frost, Louis-Ferdinand Céline, Nabokov, Dorothy Parker, Isak Dinesen … Saul Bellow, Bashevis Singer, Auden, Isherwood, Gore Vidal, Heirich Böll … Raymond Carver …

Con Kundera, Koestler, Ionesco, Marguerite Yourcenar, Max Frisch, Iris Murdoch, Tom Wolfe, Toni Morrison, Primo Levi, P.D. James, George Steiner, Susan Sontag, Budd Schulberg, Martin Amis, Paul Auster, Haruki Murakami, Orhan Pamuk, Kazuo Ishiguro, John Banville, Ray Bradbury, Umberto Eco, Houellebecq … También, como una excepción, con el gran cineasta Billy Wilder, narrador de grandes historias cinematográficas.

Y entre los autores hispanohablantes se encuentran  Jorge Luis Borges, García Márquez, Octavio Paz, Cabrera Infante, Jorge Semprún, Javier Marías, Camilo José Cela y Julio Cortázar… Y muchos más hasta cien … Cien jugosas entrevistas, todas muy interesantes,  porque los autores y autoras también fueron y son personas interesantes, con mucho que contar sobre su oficio: el de la literatura. 
En suma: ¡una deliciosa maravilla periodística, literaria y humana!  L.F.M.C.