domingo, 19 de abril de 2020

Lecturas para un confinamiento III: Thomas Mann y La montaña mágica


Para estos días de confinamiento obligatorio puede ser un buen compañero. Sus novelas densas e inteligentes son capaces de transportarnos a otras épocas y otros espacios. Dejo a continuación algunas reseñas de dos de sus grandes obras: Los Buddenbrook  (publicada en mayo de 2008 en la revista Letras libres) y La montaña mágica (publicada en el suplemento cultural "Babelia", en 2005). Otra de sus Cuentos completos, y para quien desee saber casi todo sobre Thomas Mann, la reseña de una gran biografía que escudriña su personalidad y proporciona claves para entender mejor sus obras.



Thomas Mann en 1905




Decadencia de una familia burguesa



Los Buddenbrook



Thomas Mann (1875-1955) terminó Los Buddenbrook, su primera novela de larga extensión, en la primavera del año 1900, “después de dos años de trabajo frecuentemente interrumpido”, según recuerda en su breve autobiografía “Relato de mi vida”. Apenas cuatro años antes había decidido abrazar el oficio de escritor. El éxito obtenido por un rotundo primer relato, “La caída” (1894), le animó a ello. Era un estudiante desaplicado y la generosa asignación mensual obtenida de la liquidación del negocio familiar tras la muerte de su padre le permitía vivir como bohemio, a veces en Múnich y, otras, en Italia. Después de otra narración meritoria, “La voluntad de ser feliz”, apareció esa pequeña joya que es “El pequeño señor Friedemann”, un relato de mayor extensión que los precedentes, aceptado por la prestigiosa revista cultural Neue deutsche Rundschau, de la berlinesa casa editorial Fischer. Fue a raíz de esta obrita que el avispado Samuel Fischer, advirtiendo el talento del joven literato, lo animó a que compusiera una novela, con la promesa de publicársela bajo su sello editorial.
Durante el verano de 1897, en la pequeña ciudad italiana de Palestrina, Thomas terminó un primer gran esbozo de la novela y concluyó los primeros capítulos, y unos meses después, instalado de nuevo en Múnich, en pleno barrio de los artistas, el Schwabing, se dedicó a desarrollar y pulir aquella obra que no dejaba de crecer, pues su argumento se prestaba a ello: el joven se había propuesto contar ni más ni menos que la historia de la decadencia de una gran familia burguesa de comerciantes establecida y venida a menos en la ciudad hanseática de Lübeck: los Mann, su propia familia. Lleno de entusiasmo, a menudo leía fragmentos de la obra en curso a su madre, hermanos y amigos, y éstos los celebraban con alborozo; reían de buena gana con los pasajes caricaturescos de la historia, bordados con tanto acierto por el agudo artista, pero dudaban de que aquellas muestras de talento llegaran a cuajar en una obra de arte terminada y completa.

Los Buddenbrook
Thomas Mann contaba 25 años cuando terminó Los Buddenbrook; la asignación familiar daba para poco y, por entonces, se ganaba la vida trabajando como redactor en la revista literaria y satírica Simplicissimus, puesto que abandonaría enseguida, ya que trabajar para otros no era su fuerte. De pronto, su vida dio un vuelco hacia la fama con la publicación de la novela. Fischer recibió el voluminoso y enrevesado manuscrito con reticencia: “La desmesurada extensión de la obra no es que me seduzca, desde luego”, escribió al autor. Pero apenas comenzada la lectura se mostró interesado en publicarla si Mann consentía en acortarla; a este respecto no cupo discusión: el autor se mostró impasible y le aseguró que la extensión de la novela “constituía una de sus propiedades esenciales”.
Al fin Fischer apostó por ella y la publicó en dos tomos, en edición de 1.000 ejemplares y a un precio elevado. A pesar de ello la edición se vendió entera y, a comienzos de 1903, vio la luz en un solo volumen y a precio menor. Las ventas crecían de tal modo que en octubre de aquel mismo año hubo que lanzar una nueva edición, esta vez de diez mil ejemplares. Thomas Mann se convirtió en el escritor de moda; y el proyecto de vivir para y de la literatura se hizo realidad. La fama le abrió las puertas a la mejor sociedad de Múnich reportándole grandes beneficios para el futuro, entre ellos, su ventajoso matrimonio con la rica heredera de origen judío Katia Pringsheim. 
Siguieron otras obras, tales como Alteza real o las excelentes novelas breves Tonio Kröger y La muerte en Venecia, pero en 1929 la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de literatura a  Thomas Mann, “en especial por su gran novela Los Buddenbrook, que, en el curso de los años, ha obtenido un reconocimiento cada vez más firme, como una obra clásica de nuestro tiempo”. En 1930 alcanzaba el millón de ejemplares vendidos sólo en Alemania; en 1932, cuando arreciaba el nazismo, el gran escritor recibía una siniestra amenaza por correo: un ejemplar a medio quemar de Los Buddenbrook; así honraban los bestias el talento.
Andando el tiempo, esta novela tan popular se ha visto un tanto eclipsada por el fulgor de La montaña mágica y Doctor Faustus, ambas de factura “más intelectual”, lo cual no es justo, pues aquélla está a su altura e incluso las supera. “De ella sale todo el Mann posterior”, ha dicho Claudio Magris, quien también la califica de “obra maestra”. Más “amable” y convencional que las mencionadas, en modo alguno es una novela de tesis ni de sesuda filosofía —por cierto, la mención a Schopenhauer casi al final del libro, tan manida por los seguidores de este filósofo, aunque tiene su miga no deja de ser una anécdota, una mención de Mann a uno de sus autores favoritos y cuya metafísica desdeña el protagonista—. Los Buddenbrook, novela de corte decimonónico, se halla en la corriente de las obras de largo aliento de Zola, Balzac o Tólstoi —por lo visto, un retrato de este inmenso escritor acompañó a Mann mientras la redactaba— y hasta de la gran novela inglesa del siglo XIX. Se trata de un relato, en definitiva, muy bien contado, ecuánime y lleno de sorpresas, que atrapa al lector por su estilo desenvuelto, por la riqueza de detalles y la encantadora sensibilidad casi “femenina”, tan “proustiana”, de la que Mann hace gala en la descripción de objetos, ropas y personas.
El tema ya lo mencionamos, el propio autor observó: “Mi procedencia familiar está descrita con minucia en Los Buddenbrook”. El relato recorre las vidas de cuatro generaciones de Buddenbrook, “casa burguesa de renombre centenario”, desde el abuelo Johann, descendiente directo del fundador de la casa Buddenbrook, hasta el pequeño Hanno, el último vástago varón, fallecido en 1877. Pero aunque la estirpe familiar, unida a la empresa comercial que la sustenta, perdura durante algo más de cien años, Mann se centra en reseñar acontecimientos que cubren apenas cuatro décadas, periodo en el que los miembros de las distintas generaciones coinciden entre sí. A través de los representantes de la tercera generación, los hermanos Thomas, Tony, Christian y Clara, conoceremos a sus padres y a los Buddenbrook mayores, sus abuelos, y a los bisabuelos; pero también a los benjamines Erika y Hanno. Y junto a estos personajes principales, también a una variedad de figuras secundarias, tales como la comilona prima Tilda, la jorobada Sesemi Weichbrodt o la avinagrada parentela compuesta por Frederike, Henriette y Pfiffí. Abogados, senadores, alcaldes, párrocos y médicos; pescadores, damas y criadas pueblan la novela, también rica en ambientes, desde el salón burgués “de las estatuas” en el que invitan los Buddenbrook, hasta las rocas de la playa de la cercana y vacacional Travemünde.
Según afirma el tópico, suele ser la tercera generación de una familia la que dilapida la fortuna acumulada con tanto empeño por los predecesores, dotados con más ilusión y espíritu de sacrificio e impulsores de aquella riqueza. Tony y sus tres hermanos serán testigos del declive familiar, responsables a su vez, sin quererlo, de la liquidación de la empresa, pues la casa Buddenbrook se hundirá sin remedio. La familia tiene mala suerte; sus miembros dejan de estar a la altura de lo que se espera de ellos; tanto Tony como Thomas son los más conscientes de sus deberes para con el mantenimiento del esplendor que conlleva su apellido, pero ambos cometerán errores y a los dos los traicionará el destino. 
La despierta y alocada Tony se casará dos veces con personajes cada cual más ridículo: el señor Gründlich, un estafador, y el bávaro Permanender, un grosero bebedor de cerveza. Es madre de una niña insulsa, Erika, que tampoco será dichosa, al contraer matrimonio con un funcionario que acaba en la cárcel. El tercer hermano, Christian, es un pobre calavera, incapaz de algo serio, inconstante e histrión, la “oveja negra” de la familia. En cuanto a Clara, a ésta le da por la mística y se casa con un pastor protestante; pero se alejará y morirá pronto dejando su cuantiosa dote en manos de su espiritual marido.

Thomas, senador y último magnate de la saga familiar, trasunto quizás del padre del propio Thomas Mann, es un hombre cumplidor de su deber, la perfecta encarnación del burgués pulcro y acomodado, un aristócrata del trabajo, aferrado a los principios y exigencias de su clase, comprometido con su ciudad tanto como con su negocio y sus empleados, a los que trata con suma cordialidad. Su idealismo y hasta su poesía consisten en imaginarse fiel a un gran principio ético que lo conmina a sacrificar sus instintos por el bien de la familia y la empresa para perpetuar y engrandecer la exitosa obra que levantaron sus antepasados. Pero Thomas está solo con sus nobles principios; la responsabilidad lo desborda y, para colmo, cuando el infortunio acecha, no halla apoyo suficiente en ni en su inútil hermano ni en las mujeres de las que se compone la familia, cada vez más debilitada. Ni siquiera su matrimonio con la gélida Gerda Arnoldsen, bella intérprete de violín y entusiasta de la música de Wagner, aunque muy representativo, lo hace feliz. De este enlace nacerá Hanno, un niño de carácter y naturaleza opuestos a los del padre, un “alma de artista”, músico precoz y en extremo sensible, pero inútil para los negocios comerciales y sin la garra que necesitaría un digno sucesor. Resulta curioso descubrir a posteriori cuánto se parecerá este Thomas imaginario al puntilloso, reprimido y frío Thomas Mann escritor. Pero, por contraste, lo mismo ocurre con el pequeño Hanno, cuyos días de escuela, sus temores y hasta su amor de infancia recuerdan a las propias experiencias del sensible autor.
El declive de la familia fue inevitable, tal y como lo fue el de aquel mundo de burgueses que terminaría con la I Guerra Mundial y que supuso el final de “la edad de la inocencia”. Pesimismo fin de siècle en el que “todo se acaba”, tan bien contado por la sabia pluma de Mann, quien ya plasma sus obsesiones en la novela: sobre todo, se advierte su acuciante interés por los procesos de enfermedad y muerte, en los que abunda el relato; al fin y al cabo, la Parca es la que siempre llega para trastocarlo todo, y rara vez solo para conceder la paz y el silencio.
En suma, la historia de la familia Buddenbrook atrapa desde las primeras páginas, aun cuando lo único que se desarrolla en ella es el irrefrenable transcurso de la simple vida cotidiana y el paso de los años en que los miembros de la familia viven, envejecen y mueren. Y son justo las descripciones de estos acontecimientos, los matrimonios, los nacimientos y las muertes las que dotan de realidad a esta magnífica y grandiosa narración. Todo ello contado de una forma tan atinada que la lectura de esta novela conmueve y asombra, provoca una gozosa desazón y nos llena de melancolía. La nueva traducción de Isabel García Adánez —a quien también debemos una reciente versión de La montaña mágica— ayuda a ello. Contábamos hasta ahora con la traducción de Francisco Payarols, un buen traductor en su época, los años cuarenta del siglo XX, que tradujo a Stefan Zweig y Karl Jaspers; pero, al contrario que las obras inmortales, logradas de una vez por todas y para siempre, las traducciones de éstas necesitan renovarse de cuando en cuando so peligro de obsolescencia. La nueva versión aporta gran frescura y, tal vez, acerca algo más esta obra inmensa al lector actual, al que le asombrará la imperturbable grandeza de Thomas Mann. L. F. M. C.



En el mundo de arriba



La montaña mágica




En agosto de 2005 se celebra el cincuentenario de la muerte del gran escritor alemán Thomas Mann (1875-1955), y una nueva traducción castellana de la que acaso sea su mejor obra es un adecuado homenaje. Hasta ahora contábamos con una sola versión de La montaña mágica debida a la pluma del escritor mallorquín Mario Verdaguer, publicada en 1934 y reeditada sin cesar en España y Sudamérica por varias editoriles. Pero se trata de una traducción deficiente —quizás vertida del francés—, desarreglada y chirriante; aunque ello no impidió que cuantos la leímos hace veinte años quedásemos encantados con historia de Hans Castorp, Clavdia Chauchat, el doctor Behrens, Settembrini, Peeperkorn y tantos otros personajes inmortales de esta colosal novela. Sólo más tarde, al acceder al texto en su idioma original, descubrimos a ese Thomas Mann que maneja el lenguaje con la incisiva precisión de un cirujano, al perspicaz observador de la realidad, digno heredero de Dostoyewski y Tólstoi, y advertimos lo mediocre de aquella traducción castellana.
La montala mágica

Ahora, la entusiasta Isabel García Adánez (traductora también de Heine y Klaus Mann, entre otros) presenta un trabajo soberbio: el lector puede estar seguro de tener en sus manos al verdadero Thomas Mann en perfecto castellano y sin perder un ápice de su propio estilo original. Su intensa escritura, sensible y detallista, cargada de ironía, de gracia y hasta, a veces, de una pedante seriedad, queda reflejada a la perfección en esta nueva versión que deja obsoleta a la de Verdaguer (Edhasa continúa editándola en bolsillo, un contrasentido lamentable). Adánez ha conseguido la mejor versión posible de esta obra señera de la literatura universal, una maravilla que rebela a la perfección las sutilezas a las que se presta una trama tan sencilla como original.
Hans Castorp, un joven de veintidós años, estudiante de ingeniería náutica y de familia adinerada, visita a su primo Joachim Ziemssen, un militar de su misma edad, en la ciudad alpina de Davos, donde este último lleva varios meses como paciente en el sanatorio del doctor Behrens (a  1.530 metros de altitud) para curarse de su incipiente tuberculosis. El visitante tiene previsto permanecer tres semanas en el sanatorio, en el que tendrá que vivir según el plan que rige la vida cotidiana de los internos,  pero se quedará allí ¡nada menos que siete años! Algo insólito. ¿Qué le ocurre? ¿Qué lo seduce tanto como para permanecer en la montaña, en aquel “mundo de arriba” semejante período de tiempo? Sencillamente, la vida en ese nuevo universo poblado de enfermos y moribundos; esa actividad cotidiana consistente en comer cinco veces al día, pasear por los alrededores del establecimiento y reposar en el balcón respirando aire puro y midiéndose la temperatura. Una existencia marcada por una lógica distinta a la que rige en el valle, en “el mundo de abajo”, poblado por las personas sanas. El hospital de Davos es el reino de la enfermedad y la muerte y, a la vez, el de la ociosidad y la seducción. Pronto se inicia en las reglas del juego de aquel Hades dominado por el enérgico doctor Behrens y su tétrico ayudante, el psicoanalista Krokovski —Radamante y Minos respectivamente—. Ellos juzgan quién debe permanecer arriba, quién se ha curado y puede volver al mundo de abajo y quién no tiene salvación. Castorp se transforma pronto en uno de los habitantes más acoplados al nuevo universo, en el que puede entregarse al ensueño y a la reflexión, al conocimiento tanto de la muerte como de la vida. 
Pero hay algo más que encadena al “héroe” —así denominado por Mann con ironía— a ese lugar alpino en el que nunca pasa nada (el reino de la “eternidad estática”), donde el tiempo deja de medirse en proporciones cotidianas: el amor por madame Chauchat, una exótica paciente llegada del Cáucaso, de “ojos tártaros” y “andares de gata” que le inspira una pasión casi imposible, trenzada de vehementes anhelos tanto como de dulces y oscuros recuerdos homoeróticos. Por ella, en un reflejo mimético, masoquista y gozoso, Castorp terminará incluso por contraer la tuberculosis, el salvoconducto para permanecer entre la sociedad de muertos potenciales indefinidamente. Esta historia de amor (simbiosis entre Eros y Tánatos) resultará quizá insípida para los gustos actuales, pues salvo un encuentro íntimo en la noche de Carnaval entre el joven y la bella Clavdia convertida en Lillith, la relación entre ambos pertenece al reino de los deleites imaginarios y caballerescos. Es estupendo, por cierto, el extenso diálogo amoroso en que Castorp se declara, transcrito en francés, y hubiera sido de agradecer la traducción a pie de página.
Muchas más cosas hay en este libro además de esa relación. Por ejemplo, puede leerse como una macabra radiografía del espíritu burgués dominante en esa época europea que Stefan Zweig llamó “el mundo de ayer”. Castorp, “un joven mimado por la vida” con “talento para la enfermedad”, encarna el suave nihilismo ilustrado, la indiferencia del burgués hipersensible y esteta hacia los problemas reales, obnubilado por lo teórico y fantástico, actitudes nada inocentes frente a las convulsiones ideológicas posteriores.
Doce años tardó el autor de Los Buddenbrook en escribir la historia de Castorp (desde 1912 a 1924); a veces se abatía tremendamente porque era incapaz de terminarla, la abandonaba o añadía y tachaba capítulos y escenas sin cesar; pero el estallido de la I Guerra Mundial le ofreció el anhelado final que confería unidad al conjunto: también el anestesiado habitante de la mágica montaña tendría que abandonar su indolente mundo de arriba y regresar al de abajo para dejarse matar como un verdadero héroe de su tiempo —del tiempo de verdad—, apasionado ya, pero tan absurdo como tantos otros. Luis Fernando Moreno Claros


Epopeya personal

Lo que comenzó siendo un “apunte jocoso” inspirado por una breve estancia de Thomas Mann en la ciudad suiza de Davos, junto a su mujer Katia, y concebido como una contrapartida a la seriedad de Muerte en Venecia (1912); lo que pretendía ser el retrato del amor de un burgués en oposición a aquel otro del artista, terminó convirtiéndose en un proyecto monumental que absorbió a su autor durante uno de los períodos más críticos de su vida: los años de su cambio ideológico en los que pasó de ser “apolítico” y defensor de la revolución conservadora a republicano y demócrata. La novela creció lentamente hasta transformarse, más que en la epopeya espiritual de un personaje anodino (Castorp), en el fresco de una verdadera “comedia humana”. 
Todo lo que Mann leía, veía y experimentaba debía formar parte del libro; desde la mitología y el espiritismo hasta la música (su fascinación por el gramófono inspira uno de sus más célebres episodios); pero también sus conocimientos científicos ad hoc y, naturalmente, sus propias obsesiones vitales: el erotismo reprimido, esencialmente fantástico, o un morboso interés por la muerte y sus formas. Todo ello se refleja en esta obra de arte —artificiosa donde las haya—, sin olvidar las convulsiones ideológicas de la época, reflejadas en esas conversaciones —a veces tediosas y confusas— entre Naphta y Settembrini ante el atento Castorp, que parecen aclaraciones del propio autor consigo mismo.
La novela se las trae, pues está llena de ambigüedades, símbolos y paralelismos. Mann aconsejó a un grupo de estudiantes en Princenton que habría que leerla no dos veces sino diez, y con el lápiz en la mano; sólo así, un esforzado lector-intérprete podrá extraerle su jugo y desentrañar sus trabazones. Quizás no sea para tanto; si bien, en apariencia comprensible, nada en ella es inocente ni sencillo; los elementos más triviales —un lápiz, un reloj o un vestido— se transforman en objetos cargados de sentido; lo cotidiano se hace mágico. La novela fascina precisamente cuando asumimos su dificultad: las aclaraciones generales expresadas a la ligera —“relato de aventuras”, “canto a la vida”, “la filosofía de Schopenhauer hecha literatura”— siempre se quedarán cortas. L.F.M.C.


Hay que celebrar esta magnífica edición de los relatos y las novelas cortas del gran Thomas Mann (1875-1955) como un acontecimiento editorial. Reunida en un solo tomo encontramos toda la literatura breve del autor de La montaña mágica, dispersa hasta ahora en varios volúmenes, algunos descatalogados. Desde los primeros relatos del joven Mann, tan frescos como “La voluntad de ser feliz” o “Glaudius Dei”, hasta el último que publicó, “La engañada”, el estupendo retrato psicológico de una dama menopáusica enamorada, el volumen contiene asimismo los emblemáticos “Tonio Kröger” y “Tristán”, así como “La Muerte en Venecia”, la novela que más fama continúa granjeando a su autor e inspiradora de la melancólica película de Visconti. Junto a éstos encontramos “Señor y perro”“La ley” y “Las cabezas trocadas”, historias menos célebres que las anteriores; lo mismo que esa delicia titulada “Desorden y dolor precoz”.

Cuentos completos
En 1898 Mann publicó en la editorial Fischer su primer tomito de relatos titulado El pequeño señor Friedemann y tres años después saltó a la fama con Los Buddenbrook, una novela extensa y excepcional que conmocionó al público de la época. Con el éxito inicial Mann se consagró a la literatura. Su extraordinaria cultura y su sensibilidad dotaban a sus obras narrativas de una vigorosa altura dramática sólo comparable a la alcanzada en el siglo XIX en Rusia e Inglaterra, pero desconocida en Alemania, donde después de Goethe, Mann marcó un punto de inflexión y se erigió en representante de una “germanidad” a la que siempre trató con suma ironía y de la que se mofó con la más absoluta seriedad.
Sus novelas más extensas se leen sin pausa, al igual que los relatos, que remiten a un mundo propio pleno de sugerencias existenciales y estéticas. Miembro de la gran burguesía decadente, podrida en lo interior y refinada en lo externo, Mann planteó en su obra agudos problemas en nada ajenos a su propia vida. En sus relatos late la eterna confrontación del artista con la vida real, lo mismo que ese empeño en tratar a la muerte y la enfermedad como síntomas ineludibles de la vida que pugna por mantenerse y perpetuarse en una juventud eterna e inalcanzable.
El ambiguo Thomas Mann supo describir —lo mismo que Marcel Proust o Stefan Zweig— los goces y los sufrimientos del enamoramiento: lo confesable y lo inconfesable de las pasiones eróticas, sublimadas en el arte o alentadas por éste. Sus relatos están llenos de música y filosofía, de reflexiones sobre lo apolíneo y lo dionisíaco, sin ocultar las tendencias mórbido-románticas de su época; tras la aparente formalidad de un estilo magnífico, pulido hasta el extremo, se esconden un sinfín de símbolos y detalles; es una literatura densa, introspectiva, irónica y trágica, tanto como el mundo interior de aquel artista de insuperable talento.
            Las traducciones son de altura, así que la fidelidad a los textos originales está asegurada, así como el disfrute de la elegante y minuciosa prosa de Thomas Mann en estas espléndidas versiones al castellano. Luis Fernando Moreno Claros


Recuperación de una biografía de Thomas Mann:




Orden en el caos



Hermann Kurzke 

Thomas Mann


Esta densa biografía que con tan buen gusto y magnífica traducción publica ahora Galaxia Gutenberg es la primera de estas características que tenemos de Thomas Mann (1875-1955) en castellano. Quien hasta ahora deseara informarse sobre su persona o su obra en nuestro ámbito hispanoablante contaba tan sólo con dos títulos semiagotados: La familia Mann, de Marianne Krüll (Edhasa)  —de dudosa objetividad dado el ultrafeminismo militante de la autora—, y Thomas Mann y los suyos, de Marcel Reich-Ranicki (Tusquets), amena introducción a los miembros más sobresalientes de esta singular estirpe de artistas, pero de limitada profundidad.
Kurzke, Thomas Mann
El libro del germanista Hermann Kurzke (Berlín, 1943), sin que pueda compararse en extensión y riqueza de datos secundarios a esas otras biografías alemanas monumentales, la de Peter de Mendelssohn y la de Klaus Harpprecht, de cuyos hallazgos lógicamente se beneficia, aporta una visión más intimista y ceñida a la personalidad del gran escritor. Es el «hombre» (esto significa Mann), con todas sus debilidades y fortalezas, el que le interesa a Kurzke y no tanto las circunstancias que determinaron los actos del biografiado, de ahí que lo sepa todo sobre él: conoce sus escritos con detalle así como aquello que los motiva y se parapeta tras las palabras; cerca de veinticinco años de trato continuo con el legado manuscrito y testimonial de Thomas Mann y los suyos lo han capacitado, pues, para aportar un retrato convincente de quien, al igual que Heidegger, fuera apodado en vida como “El mago”. Y, en efecto, cual un mago ilusionista que trasforma la verdad mediocre de su vida real en arte y bella apariencia presenta Kurzke al autor de Los Buddenbrook
El libro contiene varias tesis contundentes. Una de ellas sostiene que prácticamente toda la producción literaria de Mann es autobiográfica. “El mago” manifestaba sus vivencias más íntimas detrás de personajes que son su alter ego, tales como Tonio Krüger, Gustav Aschenbach o Hans Castorp; también, fagocitaba a sus conocidos para calcarlos como personajes literarios. En este sentido, “inventaba” poco en sus obras; a semejanza de Shakespeare, buscaba y “encontraba” lo que le ofrecía la experiencia; tarea fácil para una persona que, desde su primera juventud, tuvo claro que deseaba ser escritor para proporcionar al mundo una imagen de sí mismo. Con esta idea fija, el pésimo estudiante (dos veces “repetidor”), soñador y “vago”, llegó a ser Premio Nobel de Literatura (1929).
La proverbial rigidez y el atildamiento de Mann, su apariencia pulcra y burguesa, ocultaban en realidad una naturaleza apasionada, un mundo íntimo que se bastaba a sí mismo por su exuberancia riqueza interior. El afortunado marido, casado con una rica heredera judía y padre de seis hijos, el esteta decadente e infatigable antihitleriano, uno de los hombres más celebrados de su siglo, que sólo reveló su intimidad de manera anticonvencional, como artista y en sus infatigables diarios privados, luchó siempre por dominar el caos interior que lo consumía, lo que estaba más “vivo” en su naturaleza y que pugnaba por aflorar a través de una superficie que lo constreñía. Toda la magia de Mann consistió en permitir la salida de lo interior informe de manera dosificada, en transformar la embriaguez dionisíaca y prohibida que anegaba su ser más íntimo en goce apolíneo permitido.
¿Y qué era lo embriagador, lo caótico y lo más profundo de la intimidad de Mann? Kurzke nos lo revela: el entusiasmo por “el encanto incomparable, no superado por ninguna otra cosa en el mundo, de la juventud masculina”; esto es, su condición homoerótica secreta, motivo central de la biografía y que Kurzke glosa de un modo inusual hasta ahora. Dicho entusiasmo se objetivó varias veces durante la vida del escritor en jóvenes concretos, pero siempre de manera platónica, ya que Mann fue también un maestro de la contención, la renuncia y la sublimación. Su vida fue una lucha por mantener estas dudosas virtudes, por el dominio de los “perros encerrados en el sótano” o los instintos reprimidos según Nietzsche. La plenitud amorosa homoerótica hubiera supuesto una embriaguez harto abrumadora, que entre otras cosas le hubiera privado del placer de soñar con lo inalcanzable y, con ello, de la insatisfacción básica de la que beben trágicamente sus obras de arte, fines que imponen orden y dan sentido al inmenso y caótico magma interior.
Al abandonar Alemania en 1933 camino del exilio, y tras una desgraciada peripecia en la que los cuadernos del diario íntimo estuvieron a punto de caer en manos de la Gestapo, Mann quemó gran parte de las anotaciones comprendidas entre 1896 y 1933: “de haberlas leído, entenderíamos mejor sobre qué abismos tuvo que erigir su artificio vital este hombre perseguido”. Kurzke intenta comprender y convence: su Thomas Mann, mezcla de pasión exultante y comedimiento represor, será inolvidable y de gran ayuda para interpretar mejor sus obras, explosiones narcisistas de un hombre de quien, como de Kafka, bien puede decirse que todo él fue “literatura”.
 La aparente desmesura con que Kurzke trata los años de juventud de Mann (principalmente, los amores reprimidos), comprensible por que fue el período de formación del genio, se compensa con el sobrio y preciso tratamiento de la época final de su vida: el tiempo glorioso de su antifascismo, el conflictivo exilio americano y la relación posterior con los intelectuales de una Alemania vencida y culpable. Mención aparte merece el conflicto con el hermano mayor Heinrich, ampliamente documentado. En cambio, las relaciones del escritor con su esposa e hijos merecerían más atención. Hay luces y sombras en una obra que, en definitiva, constituirá una fiesta intelectual para lectores avezados así como una inexcusable invitación a releer las obras de Thomas Mann con ojos nuevos. 
LUIS FERNANDO MORENO CLAROS












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